Darío Enríquez

Darío Enríquez

Sobre la representación política y otras frivolidades

En el contexto de una agenda política crispada, agresiva y hasta violenta

Sobre la representación política y otras frivolidades
Darío Enríquez
10 de January del 2018

Sabemos que en el Perú y el mundo una institución como el Parlamento padece una seria crisis. Desde el siglo XVII, cuando se inicia la emergencia del poder plebeyo frente al mundo (occidental) de monarquías absolutistas, el proceso de democratización liberal cuenta con un Parlamento (de una o dos cámaras). En el medioevo las monarquías tenían controles propios de la necesaria restricción territorial y las relativas autonomías no eran una opción, sino la única manera racional de administrar la cosa pública.

Pero la mundialización se desencadenó y las monarquías europeas conquistaron reinos al otro lado del Atlántico. Una orden desde Europa, destinada a cumplirse en lejanos reinos anexos, tomaba al menos cuarenta días en llegar y otros cuarenta días en retornar con la conformidad o con observaciones. Un ida y vuelta “local” de Venecia a Roma tampoco no era poca cosa. Necesariamente, los espacios locales y regionales requerían una red de autoridad que actuaba en lo cotidiano con gran autonomía y discrecionalidad, aunque ceñida a reglas preestablecidas. Ni avión, ni auto, ni telégrafo, ni teléfono, ni fax, ni Skype. Lo del virrey en tierras americanas fue una gran innovación en control (difuso) político y territorial de posesiones urbi et orbi. No era mala poesía, trovas alambicadas ni antojitos de esos reyes y príncipes alborotados que solo existen en los cuentos de hadas.

Ya en la llamada era moderna, las monarquías devienen absolutas y los parlamentos, junto a las diversas estructuras consolidadas ideológicamente luego en la Ilustración, son el contrapeso plebeyo que va decantando —no sin serias dificultades, entre ellas dos grandes guerras mundiales y sangrientas revoluciones en Francia, Rusia y China— lo que hoy finalmente se conoce como la “democracia representativa” y sus variantes, con el concepto de tres poderes independientes y relaciones cruzadas de control y equilibrio político. El rey ya no es el soberano, sino el pueblo; ya sea que estemos en el extremo modelo republicano (donde desaparece), ya sea que se trate de la hibridación conocida como monarquía parlamentaria (con un rey que reina, pero no gobierna). En Rusia, luego de la implosión del socialismo real en la URSS, tenemos un modelo parlamentario autocrático;y en China, un híbrido entre híbridos: economía ultracapitalista y política de partido único comunista.

En el Perú el pueblo está representado en los poderes públicos gracias al Parlamento, el Poder Ejecutivo, los gobiernos regionales y locales, y luego —muy lejos— el Poder Judicial. En ese orden. Pero en nuestro país nunca estas ideas tomaron la fuerza ni el enraizamiento que tienen en otras latitudes. De modo que siempre tuvimos crisis de representatividad política. Siempre. Es un defecto de origen.

 

Tenemos una suerte de “cacicazgo electoral”, con un monarca “chicha” que se elige cada cinco años y un Parlamento desprestigiado por definición, haga lo que haga. Gobiernos locales y regionales que replican el modelo de cacicazgo a escala, incluidos concejos municipales o asambleas regionales que reflejan —con ciertas variantes— las mismas pequeñeces del Parlamento nacional. El aparato judicial, pese a diversos mecanismos supuestamente de gobernanza autónoma, sigue siendo fruto de conspiraciones, cofradías y componendas: corrompido y corruptor desde siempre. Está muy lejos de tener origen y validación —como debiera ser— desde la voluntad popular.

Sin duda alguna, nada representa en modo mayor y fidedigno al pueblo como su Parlamento, para bien y para mal. En el Perú los 130 congresistas tienen representación tanto demográfica como geográfica, pues cubren todo el territorio y es el voto popular el que consagra —más allá de tecnicismos aritméticos— tal representación. El Ejecutivo entroniza al cacique mayor de nuestro sistema y a sus dos vicepresidentes por voluntad popular, vía plancha presidencial, juntos y revueltos. El apetecible presupuesto público está en sus manos. El resto, desde puestos denominados “de confianza”, hasta los ministros, son nombrados arbitrariamente por el cacique que ocupa temporalmente Palacio de Gobierno.

 

En muchos países solo los parlamentarios pueden ser propuestos como ministros. Es un mecanismo de autocontrol, que obliga a los partidos a tener “ministeriables” en su lista de candidatos al Parlamento. También de soberanía popular, porque todo ministro debiera ser validado por la voluntad popular. En el Perú la elección de ministros es producto de un arbitrario acuerdo entre el presidente y su candidato a primer ministro, a quien tampoco nadie eligió. Por excepción o coincidencia, en algunos casos un ministro es a su vez parlamentario elegido por voluntad popular. Debiera serlo siempre.

En los últimos días, el Perú ha vivido momentos tumultuosos. En el ojo de la tormenta tenemos a un presidente como Pedro Pablo Kuczynski, que pudo superar un pedido de vacancia en el Parlamento, pero que ha perdido la confianza de la inmensa mayoría de ciudadanos y ya debería estar en casa, esperando el proceso judicial que podría llevarlo a la cárcel. Por otro lado, un indulto humanitario controvertido, que ha devuelto la libertad al ex presidente Alberto Fujimori, aunque su caso va a ser revisado por la CIDH en algunas semanas. Pese a que todo está previsto en las leyes y técnicamente no habría nada que objetar, las pasiones políticas imponen una agenda política crispada, agresiva y hasta violenta.

Pocos advierten que entre las idas y venidas del “todos contra todos” que muestra el ambiente político del Perú, subyace la minimización y hasta la negación de los atributos y la representatividad de los poderes públicos, en especial el Parlamento. Siendo el principal poder del Estado, no porque las leyes lo declaren sino por la directa e inapelable lógica de la voluntad popular, el Parlamento no puede ejercer siquiera las facultades explícitamente reconocidas por la constitución —cuando no las que provienen de la teoría del control difuso y del relativo pero real poder de la representación popular— sin que una ola de falsa indignación se levante. Esta representación popular termina siendo una frivolidad.

El presidente Kuczynski superó la vacancia gracias a extraños guarismos. Solo 19 de 130 votaron a su favor en el Parlamento. En cualquier democracia avanzada, un presidente que no puede alcanzar ni 15% de apoyo en el Parlamento debería renunciar y convocar a nuevas elecciones, porque habría perdido toda legitimidad en el poder y lo mejor ante estos casos es que el mismo pueblo decida. Por esas cosas raras en nuestras leyes y reglamentos, se define una carambola aritmética para vacar o no vacar al presidente. Se requiere 87 de 130 votos en contra. La cultura “anti” está fuertemente enraizada en nuestro cotidiano y en nuestra legislación. Una vacancia presidencial debe darla un Parlamento simplemente como producto de una votación, sin necesaria expresión de causa. Es una cuestión de confianza, sostenida por la voluntad popular que el Parlamento ejerce. Además un presidente debería obtener 50% más uno de los votos en el Parlamento para que pueda sostenerse en el poder. En positivo. No 19 sino 66 votos deberían mantenerlo en el cargo. Sería una aritmética similar y un sustento lógico equivalente al que lo llevó al poder: la voluntad popular.

Darío Enríquez
10 de January del 2018

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