Cecilia Bákula
Rosa de Lima, flor de peruanidad para el mundo
El 30 de agosto es la conmemoración oficial de la primera santa de América
La vida de Isabel Flores de Oliva transcurre principalmente en el siglo XVI (1586 – 1617), y a pesar de los siglos que han transcurrido desde su vida entre nosotros, ella es un personaje que no solo inspira la fe, sino que es esencia de peruanidad. Y, quizás, la mejor representante de nuestra esencia nacional en el mundo entero.
Ella es, en muchos aspectos, modelo y ejemplo de vida. Resalto, por ejemplo, cómo a lo largo de su vida, que no fue precisamente una secuencia de momentos fáciles, Rosa encontró en la profundidad de su fe y confianza en Dios la mejor respuesta para enfrentar con fortaleza esas dificultades. Hoy que gracias la poderosa comunicación constante que tenemos en el mundo, comprobamos la inmensidad de dificultades, desastres y problemas que se vive, pensar en la resiliencia de una persona, frágil pero con fortaleza espiritual, podría ser un referente para saber que luego de la tempestad viene la calma y que todo ha de ser visto desde la perspectiva del plan de Dios.
Así, en el Perú, en momentos en que enfrentamos las consecuencias de desastrosos gobiernos que han sacado a luz lo peor de muchos peruanos, de desastres naturales y de dificultades globales, podemos volver los ojos a la conducta de santa confianza que Rosa nos ha legado. El suyo es un ejemplo que habla al hombre de hoy, al joven y al adulto porque pareciera que la desesperanza pudiera calar en nuestros corazones y actitudes, cuando podemos hacer la vida más llevadera, poniendo nuestra confianza en Dios.
Santa Rosa destaca por muchas de sus acciones, pero quisiera resaltar solo su profunda vida de oración, su preferencia por los pobres y la conformidad con su propia vida. Quiso ser religiosa y no pudo serlo; quiso ser misionera y no estaban dadas las condiciones. Se le propuso una mejor vida a través de una adecuada alianza matrimonial, pero optó por el celibato y la sencillez de una cotidianeidad entre la oración, el servicio y las labores ocultas en su propio hogar. Quiso, seguramente, tener una larga vida, pero falleció a los 31 años de edad, habiendo tenido una fructífera existencia en la humildad y extraordinaria en el legado que todos reconocemos.
Mucho se ha escrito sobre Isabel Flores de Oliva, la santa peruana, la santa del mundo, la santa más conocida en todos los continentes; y “algo” debió tener esta mujer de extraordinario y sin duda, de presencia divina en su existencia, para que así haya sido y siga siendo. Sin duda, ella fue fruto de la evangelización en América, en donde la esencia de la fe cristiana obtuvo resultados de singular importancia, pues compartió el siglo con santo Toribio de Mogrovejo, san Martín de Porres, san Juan Macías y san Francisco Solano. De ese tiempo hay otras almas privilegiadas que conocemos menos, como Francisco del Castillo, sor Ana de los Ángeles Monteagudo que dan testimonio de esos frutos de fe.
De la vida de nuestra querida Rosa se ha querido inmortalizar, lamentablemente, los aspectos menos comprendidos e importantes y, por supuesto, ha habido no pocos intentos locales por desprestigiar no solo su virtud sino su voluntad de tener una existencia de servicio. Lo cierto y comprobado es que nació en el seno de una numerosa familia de clase media limeña en la que las penurias y dificultades no dejaron de estar presentes. Su padre, Gaspar Flores, llegó al Perú junto con el pacificador La Gasca en 1547 y aquí se casó con una mujer de raíces andinas, María Oliva, cuya familia se asocia a la hermosa ciudad de Huánuco; de ella debió aprender Rosa las artes del bordado y los oficios tradicionales que se les permitía, por entonces a las mujeres.
El nombre de Rosa le fue puesto el día de su confirmación en Quives, recibida de manos del arzobispo Toribio de Mogrovejo. En Quives la familia se enfrentó a problemas económicos severos y a la pérdida de Bernardina, una de las hijas del matrimonio a quien Isabel quería de manera especialísima; desde entonces, se perfeccionó en ella una profunda vida espiritual, emulando a santa Catalina de Siena quien fue se modelo de recogimiento y entrega y esta devoción de nuestra santa no es para nada un detalle menor porque al ser santa Rosa asociada a las virtudes de la gran Catalina, la fama de santidad de la nuestra, se expandió en el viejo continente pues aquí, se emuló las virtudes de la santa italiana quien fue también una laica que abrazó la condición de terciaria dominica y ejerció, del mismo modo, una importantísima influencia en el mundo de entonces.
¿Por qué destaca nuestra santa? Por un profundo compromiso con los más necesitados y por comprender que es en el servicio al prójimo, sin diferencia alguna en que se cumple el auténtico mandamiento cristiano. Ello le acarreó no pocos, más bien muchos problemas familiares y hasta el rechazo de su propia madre quien quería casarla para garantizar la supervivencia de la familia y ante ello, Rosa optó por el matrimonio místico con Cristo y es realmente emocionante su elevada capacidad mística unida de manera perfecta al servicio a los pobres y desposeídos que, en sus tiempos, eran sin duda indígenas y negros esclavos y a todos quienes pudieran requerir su ayuda, seguramente pequeña en lo material, pero intensamente valiosa en lo espiritual y sin duda, a los ojos de Dios. Esa entrega permanente, que superaba lo económico, requería de ella una activa vida de contemplación y oración y es por ello que le pidió a su hermano Hernando que le ayudara a construir una ermita, en donde ella pasaba horas en meditación y conversando, en íntima amistad con su “niños doctorcito”, que era Jesús mismo.
Santa Rosa no fue una monja de convento ni claustro; ella quiso vivir como una dominica, pero nunca ingresó formalmente al convento; asumió la regla de los dominicos, vistió ese hábito y se esforzó por hacer de su vida una simple existencia de servicio y vaya si esa simpleza dio gigantes resultados.
Su vida ha inspirado a muchas generaciones y debe seguir iluminando nuestro presente y, además, ha sido objeto de las más hermosas expresiones de arte en todas las regiones del Perú y en diversos lugares del mundo en donde se le rinde culto y devoción. Quisiera destacar solo algunas de las obras de arte que estimo son extraordinarias, siendo casi infinito el universo de representaciones que santa Rosa de Lima ha motivado. Destaco la representación escultórica de su muerte realizada por el artista italiano Melchiore Caffá que se puede apreciar en el convento de Santo Domingo en Lima y respecto a la obra pictórica, es imposible dejar de mencionar el retrato póstumo que le hizo Angelino Medoro; la imagen de la santa en un rapto místico, obra de Francisco Laso y la representación de los funerales de santa Rosa, de Teófilo Castillo.
El conocimiento de su vida y la infinidad de testimonios de santidad y obras extraordinarias que ella hacía, solo como instrumento humilde de Dios, permitieron que su proceso de beatificación fuera bastante rápido. Fue canonizada el 12 de abril de 1668 por el papa Clemente X y luego, se le declaró patrona del Perú, de América y de las Filipinas y es también, patrona de nuestra Policía Nacional y de las enfermeras de nuestra Patria.
El Perú debe volver los ojos a esos personajes que han marcado nuestra historia, que nos sirven de orgullo y referencia, con los que construimos una segura y profunda peruanidad y que nos permiten comprender que tenemos fuerza, garra y capacidad para superar muchos obstáculos, cuando ellos, que son nuestros mejores referentes son actualizados y puestos como valores eternos y dignos de imitar.
















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