Pablo Revilla

Cuando el crimen desafía al Estado

Las organizaciones criminales se disputan territorio, poder y soberanía

Cuando el crimen desafía al Estado
Pablo Revilla
31 de agosto del 2026

 

En diversas ciudades de América Latina, el crimen organizado ha dejado de operar únicamente en la clandestinidad. Hoy se extorsionan comercios, controla rutas y territorios, impone reglas propias y recurre a la violencia para someter comunidades enteras. Allí donde el Estado ve debilitada su capacidad para ejercer autoridad, estas organizaciones ocupan espacios y construyen estructuras paralelas de poder. El desafío, por tanto, trasciende la seguridad ciudadana y compromete directamente la autoridad y la soberanía estatal.

No se trata ya de organizaciones criminales que persiguen beneficios ilícitos y buscan evadir a las autoridades. En ciertos territorios, el crimen organizado aspira a moldear la vida cotidiana, controlar actividades económicas y decidir quién puede trabajar, circular o comerciar.

La extorsión constituye quizá la manifestación más evidente del nuevo desafío, ya que el pago extorsivo no garantiza solo la protección frente al delincuente, sino la posibilidad misma de ejercer una actividad bajo sus reglas. La violencia, en consecuencia, deja de ser un mero instrumento del delito y se transforma en un mecanismo de poder que desafía, en los hechos, el monopolio estatal del uso legítimo de la fuerza.

En este escenario emerge una dimensión particularmente inquietante: el uso del terror como herramienta de dominación. Atentados contra comercios, explosivos, asesinatos selectivos o amenazas públicas no buscan solo dañar a una víctima concreta, sino enviar un mensaje a toda la comunidad. El propósito es sembrar miedo, condicionar conductas y asegurar obediencia.

Surge así lo que podríamos denominar terrorismo urbano, ejercido por organizaciones criminales cuya naturaleza y finalidad principal no son terroristas, pero que emplean deliberadamente el terror como mecanismo de poder.

La defensa de la libertad —y, con ella, de los derechos ciudadanos— exige recuperar el valor de la autoridad legítima. Allí donde el Estado abdica, el vacío lo llena quien dispone de la fuerza para imponer sus propias reglas.

En ese sentido, frente al avance del crimen organizado, restablecer el control territorial, proteger a las víctimas y garantizar la seguridad de todos no es un gesto de autoritarismo, sino un deber esencial e irrenunciable del Estado.

Por tanto, la soberanía no se limita a proclamarse frente a otros Estados; se demuestra cada día, también dentro de las propias fronteras. En tal sentido, cuando la autoridad legítima se ejerce con firmeza, la ley prevalece sobre el terror criminal.

Pablo Revilla
31 de agosto del 2026

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