Javier Agreda
Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza
Reseña crítica de la más reciente novela de Stuart Flores
El periodista y escritor Stuart Flores (Huancayo, 1986) ha incursionado en casi todos los géneros literarios: cuento —los libros La muerte es una sombra (2013) y Aquello que agoniza entre nuestros dedos (2023)—; poesía —ele (2018)—; novela —La velocidad del pánico (2018)—; y ensayo —César Hildebrandt. Argumentos contra el poder (2019)—. Sin embargo, es en la narrativa en el que más ha destacado —obtuvo el Premio Copé 2018—, con relatos que parten de la realidad pero se enfocan sobre todo en las mentes de sus personajes, a menudo escritores o artistas. En esa línea se inscribe su más reciente novela Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza (Dendro, 2025), una de las más extensas (658 páginas) y ambiciosas de la literatura peruana reciente.
La historia que Flores propone esta vez encaja dentro de lo que podríamos llamar “novela de dictadura”, especialmente en la tradición de obras como La fiesta del Chivo, en las que no solo se perfila la figura del dictador, sino también todo el aparato represivo y las trayectorias de quienes, desde la clandestinidad, se enfrentan al poder. Aquí, sin embargo, no hay reconstrucción histórica: los hechos ocurren en un país europeo ficticio, Urojenia, y los protagonistas son el profesor Bogdan Tetmajer, su esposa Regina y Mieszko (hermano de Regina), miembros de la “resistencia”, cuyas vidas seguimos a lo largo de varios años, marcadas por la violencia y la crueldad del régimen. A ellos se suma, por supuesto, el “joven pianista”, cuya identidad constituye una de las principales revelaciones de la novela.
No obstante, más que narrar acontecimientos, el autor concentra sus esfuerzos en “transcribir” las reflexiones de los personajes y en desplegar largas y minuciosas descripciones de gestos, vestimentas y espacios. Se trata de pasajes extensos que, a diferencia de lo que haría un narrador realista, no resultan funcionales para el avance de la historia, sino que tienden a “desrealizar” los elementos de la ficción, de modo similar a como se ha procedido con los referentes geográficos. “En una mano sostiene un paraguas y, en la otra, una pistola. Está erguido sobre una enorme piedra mientras ve pasar el río y el tiempo, ambos cubiertos de luz y de lluvia tenue”, leemos en las primeras líneas. Y las propias acciones, muchas de ellas contadas desde varios puntos de vista contradictorios, terminan también por perder consistencia y realidad.
Estamos, entonces, ante una novela arriesgada y marcadamente verborreica, en la que casi cualquier situación da lugar a párrafos de gran extensión que giran sobre ideas a menudo opuestas, sostenidos por una prosa recargada de adornos y adjetivos, con claras pretensiones poéticas. El autor justifica esta tendencia en el hecho de que la mayoría de sus personajes, además de rebeldes, son escritores o artistas que interpretan su realidad desde claves artísticas. “El Poder es un exitoso novelista. Escribe el relato, lo hace público y la mayoría lo acepta porque la narración es digerible, se percibe en ella cierta pericia técnica y ofrece un momento ameno…”, afirma uno de ellos, en una reflexión que resume bien esta perspectiva.
Como consecuencia de esta vocación artística de los personajes, la novela incorpora largos poemas, escenas teatrales e incluso ensayos con notas a pie de página. El propio título surge de este entramado: Regina, impresionada por el pianista, escribe un poema titulado “Delirios de un joven pianista sin cabeza”, que luego él retoma como inspiración para su “Preludio a los delirios de un joven poeta sin cabeza”. Este juego intertextual deja ver con claridad la poética del libro, en la que temas como la dictadura, la violencia política y el abuso del poder quedan casi sepultados bajo gruesas capas de ficcionalización y verbalización. Y aunque algunos críticos han querido ver en esta diversidad de registros una “novela total”, esa etiqueta resulta forzada: una novela total aspira a representar de manera orgánica la complejidad de una realidad social, histórica y cultural, algo que aquí no sucede.
Hay que reconocer el esfuerzo y la valentía que supone la escritura de una novela como Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza. Flores apuesta por una ficción densa, deliberadamente alejada del realismo convencional, y construye un universo literario propio, sostenido por una prosa que en sus mejores momentos alcanza verdadera intensidad. Sin embargo, el exceso verbal, la acumulación de géneros literarios y la sistemática dilución de la realidad referencial terminan por agotar al lector y por debilitar el impacto de una historia que, de por sí, era importante y significativa. El resultado es una obra ambiciosa e interesante, pero que no llega a ser una novela plenamente lograda.
















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