Eduardo Zapata

Por si no lo viste

Por si no lo viste
Eduardo Zapata
09 de abril del 2015

Démonos tiempo para la comunicación y para la soledad y el ocio en el mundo real.

A propósito del mundo de instantaneidades veloces y efímeras en el cual nos sumerge la llamada realidad virtual  (más real que nunca, lo subrayábamos), decíamos en una nota anterior: ”La ilusión de la conectividad ha reemplazado a la comunicación”.

Y añadíamos: “Bueno sería que la escuela empiece ya a enseñar –desde cero- que en el principio era el verbo. Enseñar a conversar. Bueno sería también que las empresas e instituciones en general revaloren la importancia de conversar. Porque aun desde el punto de vista del costo/beneficio, al conversar se generan soluciones más prontas y concretas que estériles mensajes electronales (posts, bonitos power points…) que conectan, pero no comunican.

Y es que la conectividad parece haberse vuelto una urgencia existencial. Diría yo que hasta un pretexto para esconder la dimensión humana de nuestras vidas. Porque estamos atentos permanentemente a la noticia instantánea, al like gratificante, al trending topic, pero desatentos a nuestros mundos interiores y a los mundos interiores de los otros. Conectados sí, pero finalmente incomunicados.

Hemos reemplazado la realidad física por la realidad virtual. Sencillamente lo que no aparece en la pantalla no existe. Y por eso muchos se angustian cuando la señal de Internet se evanesce, cuando no llega el like (que sabemos artificial, pero apetecido), cuando no sentimos vibrar el celular, cuando –entonces- nos vemos hasta impelidos a reinventarnos porque nos sentimos desconectados.

En una nota aparecida en el New York Times hace poco, se alude a la aplicación ICYMI (siglas en inglés de Por si no lo viste). Si de pronto alguna información –considerada importante por ajenos- se nos pasó, las alertas de twitter e internet nos la recuerdan hasta convertirla casi en producto de primera necesidad.

Pero esa “primera necesidad” ocurre en la realidad virtual. Puede ser hasta irrelevante para nuestra vida en el mundo real, pero no lo es en el mundo virtual; convertido ya en tan real que su silencio nos preocupa y hasta angustia. No nos engañemos: la no conectividad no produce solo estrés, sino genera angustia. Esta sí en nuestro cuerpo real. Con todas las consecuencias psicológicas y aun físicas a ese silencio inherentes.

Asomémonos a las pantallas “inteligentes” de la realidad virtual. Constataremos allí la urgencia de conectividad, pero –en el fondo- ausencia de afecto. Más todavía: casi gritos por afecto. Todo discurriendo en el mundo de los likes, pero todo discurriendo en la incomunicación. “Nos vemos en tal sitio…quién está por el Regatas…Revocatoria ya”. Mensajes destinados a la conectividad, pero que suelen terminar –finalmente- en el solitario texteo. Aun cuando este ocurra face to face.

Recientes estudios demuestran la oposición entre alta conectividad y pensamiento creativo. Démonos, pues, tiempo para la comunicación. Y tiempo para la soledad y el ocio en el mundo real. A ver si conversamos un poquito más. No confiemos tampoco en que las aplicaciones que nos permiten bajar un libro reemplacen la importancia de comunicarnos.

Por Eduardo E. Zapata Saldaña
09 - Abr - 2015  

Eduardo Zapata
09 de abril del 2015

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