Jose Azalde

¿Por qué decir “populismo de derecha” es una tautología?

El populismo puede parecer la receta perfecta en situaciones de crisis

¿Por qué decir “populismo de derecha” es una tautología?
Jose Azalde
01 de septiembre del 2023


Tenemos que distinguir entre los mecanismos de acceso al poder y el ejercicio del poder en sentido estricto. El discurso populista, en cuanto propuesta discursiva para el acceso al poder, es políticamente agnóstico (como diría el nefasto Zaffaroni). En cambio, cuando surgen gobiernos populista, se impone un estilo en el arte de gobernar con particularidades identificables que tiene como elemento central el relacionamiento directo entre el caudillo y las masas. Este es, bajo nuestra consideración, el rasgo central del populismo.

En la discusión sobre el populismo suele tomarse como ciertas las posiciones que asume Laclau (leer “La razón populista”), identificando al populismo como un momento de recuperación de lo político. Coloca el populismo a la izquierda y los gobiernos socialistas autoritarios (que son todo menos boludos) utilizan el corpus “laclaudiano” como justificación teórico-doctrinaria. Todo ello muestra las limitaciones del discurso socialista en la era del pensamiento dúctil.

Pero el populismo “de izquierda” es un populismo travestido, un cajón de sastre donde encontramos malas lecturas de Marx, la Iglesia de los pobres o teología de la liberación, feminismos de la novena ola, movimientos eco-pachamamistas, onanismos mentales como las teorías decoloniales, etc. Es un jacobinismo romántico de izquierdas que encierra una mala suma de identidades contrapuestas(*). 

El populismo nace en la derecha. Como discurso es una idealización y cortejo al pueblo, como praxis política es un estilo de relacionamiento del político frente a la población, prescindiendo de los canales institucionales, los mismos que se muestran inadecuados o inútiles ya que el político es la encarnación de la voluntad del pueblo. Desde la antigua acclamatio, pasando por las teorías conciliaristas, Rousseau, el romanticismo político posterior a la Ilustración, los regímenes imperiales de Napoleón Bonaparte y de Luis Napoleón, hasta el autoritarismo populista de Bismarck y la seguridad social como respuesta a la irrupción del movimiento social, el populismo siempre pretendió el control de las masas. En su lado más oscuro, tienen el germen reaccionario. En ese sentido, el populismo siempre viene de parte de quien ostenta el poder y lo que determina su frecuencia (qué tan populista es un régimen) depende de la limpidez de la interpretación de los deseos (vitales y/o casi siempre tanáticos) de la sociedad por parte del líder.

El populismo, por tanto, se contrapone a todo lo que constituyen los mecanismos tradicionales de la representación política: el populismo no es una ideología, es un estilo de gobernar.

Y como estilo, no pretende desarrollar un corpus. La invocación populista puede presentarse una crítica al statu quo (el ascenso de Hitler y el desastre posbélico), al secuestro del estado (Mussolini luchando contra la irrupción del “terror” comunista y el concomitante desbordamiento del estado de derecho,), el desmantelamiento de estructuras burocráticas opresivas (Reagan, Thatcher y la defunción del agonizante estado de bienestar) u oligarquías políticas (Nixon representando a la mayoría silenciosa, igual que Trump frente a la hipocresía de los radical chic demócratas**). 

El líder populista promueve la política de la cercanía o proximidad: los populistas manifiestan encarnar los intereses reales de la población, no los de la casta política. 

El problema del populismo es su sostenibilidad: cuando se destruyen totalmente los instrumentos institucionales y se vuelve una relación directa entre el caudillo y el populus, a largo plazo el líder populista tiene que crear nuevas estructuras de representación, fundando un nuevo orden político. El reto es transitar de la confianza del pueblo en el líder a la recuperación de la confianza en el sistema.

Siendo un estilo y no un programa político, todos los gobiernos son más o menos populistas en cierta medida. Suele ocurrir, y existe mucha evidencia histórica para demostrar, que el populismo es una receta perfecta en situaciones de crisis: la crisis del pacto de Punto Fijo (la Venezuela prechavista), la hiperinflación y “lo que sea antes del diluvio” (Menem, Fujimori), irrupción indígena-cocalera (Evo y la irrupción de los antagonismos sociales, económicos, étnicos y políticos en la compleja Bolivia de Sánchez de Lozada), etc.

Lo cierto es que los tiempos cambian y catalogar, actualmente, a alguien de populista no es peyorativo. Hasta tiene su encanto. Desde luego ya no son los Ray-Ban de Daniel Ortega, los relojes de Fidel Castro o la pipa de Ernesto Cardenal los que dan ese fascinante sex-appeal. Son los pullazos mediáticos de Javier Milei en una Argentina inmensamente rica, pero con crisis macroeconómica e institucional, o un Nayib Bukele con su polémica política de mano dura que se encamina a su reelección, son los populismos del momento y es obligación de los políticos prestarle la atención debida.

 

* La política de la identidad es una rémora para los socialismos en tanto se olvida que por encima de las identidades (subalternas todas ellas) se encuentran las clásicas razones de clase. Por ello un “gay” adinerado tiene más libertad que un maricón pobre. Lectura sugerida: la crónica de Pedro Lemebel titulada “La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)”.

** Recomiendo leer “La izquierda exquisita” de Tom Wolfe.

Jose Azalde
01 de septiembre del 2023

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