Juan C. Valdivia Cano
Mr. Jordan
Reflexiones en torno al mejor basquetbolista de la historia

Michael Jordan no es solo el mejor jugador de básquet en toda la historia de este multifacético deporte —como todos lo saben— sino también el hombre que se ha hecho «paso a paso», tanto gracias a sus inverosímiles condiciones naturales, como a su impecable instinto y a su enorme, casi facista, capacidad de trabajo. Y también a punta de eficaces ideas que explican sus extraordinarias performances individuales y colectivas, así como de sencillas como contundentes reflexiones sobre esas mismas performances. ¿Qué ideas son esas?
No quiero insinuar que Jordan es un intelectual y que sigue una dogmática con apariencia filosófica, que aplica a su vida y en especial al deporte que practica. Lo que insinúo es que sus méritos no solo son corporales sino también mentales. Jordan tiene una gran «voluntad de voluntad» y unas ideas muy razonables (fue asesor en diseño de la empresa Nike, según la revista Fortune). En la deportiva vida de este titán contemporáneo la razón tiene un papel muy claro y eficaz. ¿Qué cuenta Jordan, por ejemplo?: «Todos me decían que no eligiera la Universidad de Carolina del Norte, al salir de la preparatoria, porque no iba a poder jugar a ese nivel. Dijeron que debía asistir a la Academia de la Fuerza Aérea porque así tendría empleo al terminar los estudios. La gente tenía diversos planes para mí. Pero yo tenía el mío.»
Observe jugar a Jordan y re-flexione en sus desplazamientos defensivos y ofensivos, en la perfección felina de sus movimientos, tan cadenciosos que parecen lentos, de sus entradas, de sus pases, de sus bellos e imparables lanzamientos. Es famoso, muy imitado (Kobe fue su principal emulador, al lado de miles de basquetbolistas) y original el «jump shot» de Jordan, no solo porque logra suspenderse en el aire y mantenerse en él burlando la gravedad, como Nureyev, el bailarín ruso, sino porque además tira la espalda para atrás mientras se detiene en el aire para lanzar; lo que hace imposible el bloqueo, «plancha» o «tapa». Por la sensación de facilidad que provoca su ejecución, podría pensarse que no le cuesta nada o que nada le ha costado. Pero eso es sólo ilusión.
Quien conoce su trayectoria sabe muy bien que la mejor lección que ha dado Jordan es haber confirmado, como pocos, que el genio es uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración: «Que me consideraban el mejor jugador o el que más ganaba, hizo que me proponga hacer que todos estuvieran conscientes de que esos privilegios eran el resultado del trabajo duro. Quise que mis compañeros comprendieran que mi éxito no era el resultado de un accidente o de la fortuna (…)» Una lección de modestia y sencillez, si se ve bien; pero también de alta conciencia y responsabilidad. Como debe ser un sportman.
El básquet es un deporte rizomático. El rizoma es un anti modelo tomado de la botánica por un chamán abstracto con máscara de filósofo parisino: Gilles Deleuze: «(...) a diferencia de los árboles y de sus raíces, el rizoma conecta un punto cualquiera con otro punto cualquiera (...) el rizoma procede por variación, expansión, conquista, captura, picadura (...) el rizoma se remite a un mapa que debe producirse, construirse, siempre desmontable, conectable, invertible, modificable, con entradas y salidas múltiples, con sus líneas de fuga (...)» Como el movimiento de las ratas en su madriguera, como el desplazamiento de los equipos de la NBA enfocados desde la parte más alta del imponente coliseo. No hay puestos fijos, porque todo el mundo se corta, entra y sale amagando, y puede cambiar de posición constantemente y debe hacerlo.
Aún el pívot (el jugador del «centro») que no es un rígido árbol central, debe moverse mucho y ser muy vivo. En realidad no puede dejar de moverse todo el tiempo para recibir la pelota, o para crear peligrosos vacíos en el contrincante jalando gente hacia él o encortinando a un compañero. Sus desplazamientos son de bisagra, pero son desplazamientos. Son frenético movimiento. El «pívot» no se constituye en «poder central», no es el tronco alrededor del cual se enlazan los aleros y defensores. Los cinco jugadores tienen las mismas posibilidades. Hay lugar para la improvisación, para la variación, para la creación individual a favor del equipo. Los cinco pueden y deben lanzar, pasar, penetrar, atacar y defender.
Cualquiera puede asumir el liderazgo… compartiéndolo con todos. Cualquier miembro puede comunicarse con cualquier otro —directamente y sin intermediación ni representación— y debe hacerlo. Y Jordan lo sabe. Y sabe que en el básquet, y en toda actividad social, la estrella vale si sabe jugar en equipo. “Debe estar dispuesto a sacrificar ciertas metas individuales en caso de ser necesario para el equipo”, dice él. Solidaridad obliga.
Y ese es uno de los secretos de Jordan: él considera que el brillo individual pasa necesariamente por lo que la estrella pueda aportar al equipo, a lo social. En esto y en una lista de asuntos más, el básquet es una cátedra de vida; nos educa para ella a la vez que la ennoblece. Si la vida es lucha, es imitación del deporte y, el deporte, intensidad de vida, vida sin ripio, drama puro: sentido de sacrificio, fuerte trabajo individual y grupal, capacidad de ataque, habilidad y fuerza en la defensa, serenidad ante los fracasos y los éxitos, persistencia en los objetivos y metas, rapidez en la reacción, generosidad y honestidad con el enemigo, disciplina y autodisciplina, velocidad, potencia, coraje, etc. Hay que agradecer a ese modernísimo deporte. No se trata de brillar individualmente sino de campeonar. «El talento gana juegos, pero el equipo gana campeonatos», dice Jordan.
El anti ejemplo fue Allan Iverson, un genio de un metro ochenta y seis (un pigmeo para la NBA) que después de los 30 años quiso empezar a jugar en equipo. En su ex conjunto, el 76 de Filadelfia, a veces hacía cincuenta puntos, pero el equipo perdía. Cincuenta puntos, para quienes no lo saben, es el equivalente aproximado de 4 goles en un solo partido de futbol; sólo los puede hacer meter un superdotado, un «aborto de la naturaleza» (como decía el coach Luis Enríquez, de Arequipa. Pero Iverson no jugaba para el equipo sino para él mismo. Sin embargo, la entrega al equipo, en vez de anular el brillo individual lo resalta, para el que quiere verlo. Y así Jordan nos da una sabia lección de ética y política, diluyendo la falsa pero arraigada dicotomía aristotélica (asumida como irreconciliable por los tercos): el interés individual por un lado y el interés social por el otro.
Sin embargo, como en muchas actividades, si no en todas, en el basket no son incompatibles esos polos. El básquet es rizomático como el gras, el césped o el pasto, como muchas cosas buenas de la cultura norteamericana: el Jazz, la Coca Cola, los poetas beatnik, Bob Dilan , Abraham Lincoln, Henry David Thoreau o los Marsalis de New Orleans. El ingrediente de color –y la notoria euritmia– ha convertido el basket norte americano en un hermoso y elegante ballet postmoderno, una lección de armonía y cadencia a todo nivel. Como diría Borges: aquí también «el ambiente y la cadencia valen más que el sentido».
Otro de los secretos de Jordan es su concepción táctica de las metas. Ya habíamos mencionado «el paso a paso». «No concibo ninguna otra manera de lograr las cosas, agrega Jordan (…) Siempre me he propuesto metas a corto plazo. Al mirar atrás me doy cuenta que cada uno de esos pasos y éxitos parciales me llevaron al siguiente (…) Las metas alcanzadas me llevan a pensar en otras…» Idea que se puede concordar con esta otra de sentido idéntico: «Cuando uno alcanza su ideal, justo por eso va más allá de él». Así hablaba Zarathustra.
Pero el «secreto» básico de Jordan, más pedagógico o educativo, es su convicción sobre el dominio de lo básico, es decir, de los principios fundamentales y de su función –dentro y fuera del básquet– en todas las actividades humanas. Algo que se suele descuidar en casi todas ellas en nuestro bendito país (en la enseñanza del basquetbol, en la enseñanza del derecho, etc.): ¿Qué dice Michael al respecto?: «En el mismo instante que uno se aleja de lo básico, los cimientos se debilitan hasta derrumbar toda la estructura (…). Las cuestiones básicas fueron parte crucial en mi juego de la NBA. Todo lo que hice, todo lo logrado, depende de mi manera de asimilar lo básico para aplicarlo a mis habilidades (…). En realidad, los cimientos, las piedras o principios básicos, permiten que todo funcione. No importa cuáles sean sus actividades o metas, jamás podrá prescindir de lo básico si quiere ser el mejor». Pasar, driblear, lanzar.
Jordán es de los que predican con el ejemplo. Los atletas, físicos o mentales no se improvisan. Desde la preparatoria Jordan ha entrenado como otros trabajan en la oficina: ocho horas. Él lo dice: «Si sus palabras no están respaldadas por el trabajo duro, no sirven para nada». Se parece a una idea de Confucio: «Lo que escucho lo olvido. Lo que veo lo recuerdo. Pero lo que hago lo entiendo». O a una de David Fischman: «El liderazgo no se puede enseñar con discursos. Se requiere generar un entorno donde el alumno aprenda haciendo, experimentando y viviendo los conceptos.»
Pero además, agrega Jordan: «hay que tener proyectos, no descuidar el dominio técnico en cada actividad y saber que el miedo es una ilusión. A lo largo del camino usted debe tomarse el tiempo para determinar en qué cree y tiene que aferrarse a sus convicciones. Todas las personas como Denzel Washington, Spike Lee, Martín Luther King y mi padre — gente que admiro— crearon su propia visión. No permitieron que nada les distrajera o derrotara. Pusieron el ejemplo y fueron líderes».
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