Eduardo Zapata
Metástasis democrática

Reflexiones para contruir convivencia civilizada y moral pública
¡Fiesta democrática! será el calificativo que muchos periodistas darán a los comicios que se realizarán el 05 de octubre. Porque de pronto pareciese que una verdadera fiebre de participación ciudadana se hubiese desatado por doquier y que miles y miles de ciudadanos hubiesen adherido a la democracia como forma ideal de gobierno. El milagro sería de tal magnitud que aun los que antes sostenían que el Poder nace del fusil, hoy hasta adherirían que nace de las urnas.
Sin ánimo de polemizar y guiado por las estrafalarias propuestas y los no menos folclóricos símbolos electorales, amén de los balbuceantes candidatos, creo que es deber del analista preguntarse –con legítima preocupación- si asistiremos a una fiesta democrática o a un ultimátum a la institucionalidad del país. Preguntarse si lo que estamos viendo y veremos acentuado a partir del 5 de octubre obedece a la llamada crisis de la representación política o a factores acaso más prosaicos derivados de nuestra improvisación partidaria y a la clara crisis de valores por la que transitamos.
Porque en el fondo de esta fiebre de participación ciudadana hallaremos la apresurada y nada técnica llamada regionalización. Y hallaremos también la ingente e irreflexiva transferencia de facultades y recursos a las instancias regionales y locales. ¿Resultado? Apetecibles feudos llamados democráticos que convocan ambiciones económicas de postulantes y de sus amigos. Que –bajo membretes como Frentes de Defensa de sabe Dios qué o movimientos que propugnan cambios nadie sabe hacia dónde- pugnan por una prostituida representación política que –en muchísimos, muchísimos casos- no constituyen cosa distinta que concebir el Poder local como ocasión de enriquecimiento pronto o, peor aún, de alcanzarlo para estar en aptitud de entretejer propuestas políticas nacionales que –bajo la forma de “alianzas o confluencias”- posibiliten conglomerados de cara a las elecciones del 2016.
La descentralización política y económica no ha hecho sino terminar por enfermar el conjunto de la vida orgánica política. Los males del centralismo los hemos esparcido al tejido nacional todo, multiplicando, así, las incompetencias en la gestión pública y alimentando la prostitución de su manejo.
En este contexto se plantea para los colectivos políticos -como urgencia de viabilidad democrática- la formulación de propuestas y estrategias propositivas para asegurar un país uno y vario que garantice convivencia civilizada y moral pública. Un reto que pasa necesariamente por reencontrar al discurso oficial político con la realidad del país.
Si los colectivos que se dicen serios no logran la exigencia anteriormente planteada y no consiguen motivar e incorporar en la propuesta a todos los actores sociales y económicos reales, no nos extrañemos de la insurgencia de propuestas autoritarias y centralistas que se posicionarán en el imaginario de la gente precisamente como antídoto a las incapacidades de gestión local, a las innecesarias fuentecitas de agua que se inauguran por doquier y a las agrupaciones (más bien bandas) que, en nombre de la democracia, constituyen –de facto y desde un principio- formas de asociación ilícita para delinquir.
Por Eduardo Zapata
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