Juan C. Valdivia Cano
Más que un doctor
William Morris, fundador de la Universidad Católica de Santa María

El título de Doctor Honoris Causa, el más alto en la vida académica, le fue concedido alguna vez al padre William Morris (1910-1999), fundador y primer rector de la Universidad Católica de Santa María, Y siempre me ha parecido que, con o sin devaluación de títulos, ese le quedó chico (como a Borges el Nobel). Supongo que lo que se le reconocía no eran solo los cincuenta años de dedicación exclusiva a la educación peruana. Solo esto ya muestra su propuesta por el otro que, para seres como él, precisamente es “el más próximo”, el de carne y hueso, sin importar lo remoto del origen o raza. La perspectiva de un católico irlandés nacido al sur de los Estados Unidos que vino a crear, vivir y morir en Arequipa.
Cincuenta peruanos años no son, sin embargo, suficientemente expresivos. Es un dato cuantitativo que no mide la fuerza, la tozudez, la convicción y la fe con que se han vivido. No hablan de lo que fue William Morris (aparte de lo que hizo, que es de público conocimiento). No mide, no puede medir el espíritu fundador de ese aventurero a lo divino, de ese gringo austero y frugal que aún se le siente pasear en su Buik negro 1953 por las calles arequipeñas, a menudo confundido con un taxi viejo, o tirando lampa en los jardines de la Universidad. Después de todo “católico” quiere decir universal, lo cual significa suma de culturas y tolerancia. Eso por lo menos emanaba del Padre Morris. ¿Qué le importaba a él la idea de nacionalidad, la posición ideológica, etc.? Sin embargo, su nacionalidad muestra precisamente algo muy irlandés, la universalidad de su aventurero espíritu y a la vez su amor a las aventuras del espíritu: fundar una universidad.
Puedo decir que he gozado de esa tolerancia y de la calidad a la que parece ir indisociada, cuando era alumno del padre Morris, todavía en la calle Santa Catalina. Y esto es lo que quiero agradecer especialmente en esta ocasión. Todavía cachimbo, gracias a su dirección y enseñanza y a los excelentes profesores que supo escoger en esa época, tuve el exclusivo privilegio de conocer el pensamiento de Manuel Gonzáles Prada y de José Carlos Mariátegui en magnífica forma, gracias a Enrique Ballón Aguirre; y lo mejor de la Literatura Latinoamericana y mundial, gracias a Raúl Bueno, que en todo el año solo nos exigió leer (explicó y comentó muy amenamente) La casa verde de Mario Vargas Llosa y El muro de Sartre.
Fue más que suficiente. Eran los tiempos en que los cursos eran anuales. Y no se quedaban atrás en sapiencia y fineza el hermano Roberto Wood en historia del arte, la señora María Elena Girardi en historia universal (elegante y culta como ella sola) Arsenio Guzmán y el doctor Quintanilla Paulet en filosofía, el incomparable hermano Thomas, en Teología, etc. Y siempre en los pasillos, con su adusta y seca aunque siempre saludable y limpia figura, el padre Morris saludando a cada alumno con escueta seriedad, y siempre con su típica voz a los John Wayne: “Ete… hola joven”.
Con esos cursos todos mis paradigmas parroquiales e infantiles se hicieron papilla. Y presiento que gracias a eso aprendí a querer el cambio. Fui tentado y pequé. ¿Es paradójico que se lo tenga que agradecer a un sacerdote católico? No importa, yo se lo agradezco cariñosamente.
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