Cecilia Bákula
Legitimar a Guaidó, ante la deslegitimación de Maduro
Veinte años de tiranía es demasiado tiempo

Parece un trabalenguas, pero es la realidad que debe definir Venezuela en los próximos días. Serán días de "tira y afloja" y de creciente represión ante las manifestaciones de una población que no solo ha perdido el miedo, sino que empieza a sentirse apoyada por muchos Estados y por una cada vez más creciente respaldo de las Fuerzas Armadas y la Policía. Y también por el reconocimiento importante de diversos países a la presidencia interina de este joven político que emerge como un rayo de luz y esperanza.
Pero lamentablemente nada está dicho. Guaidó requiere no solo del apoyo de la población, sino también del respaldo moral, político y económico de los gobiernos que lo han reconocido como legítimo gobernante de ese querido país que es Venezuela. Se entiende que él asume el compromiso de dar un viraje importante y notorio hacia una forma de gobierno que se aleje radicalmente de la nefasta propuesta impuesta por el régimen de Maduro. Es decir, él responde ante su nación y ante aquellos países que le manifestaron apoyo y reconocimiento.
Mi reflexión se refiere al proceso difícil y tenso de reconstrucción, pues en el supuesto negado de que Maduro se aferrara al poder utilizando todas las formas viles y más severas de chantaje y represión. Deseo que el pueblo, el aval creciente de los Estados y el debilitamiento innegable de su autoridad respecto a las Fuerzas Armadas, vayan mellando las posibilidades oníricas de Maduro de permanecer en un cargo que no le pertenece.
Es que 20 años de tiranía es mucho tiempo. La condición ilegítima de Maduro no se sustenta solo en el repudio que muestra la población, en el triste y creciente proceso migratorio de venezolanos (que dejan su tierra en busca de un rayito de futuro), sino en hechos objetivos de transgresión a las leyes y normas de esa Nación. El último proceso electoral, que supuestamente dio una nueva victoria a Nicolás Maduro, fue realizado haciendo gala de todos los vicios posibles de legalidad, lejos de ser convocado por la instancia correspondiente, lo hizo la Asamblea Constituyente que funge de un "semiparlamento". Y se impidió la presencia de los observadores internacionales que, como en otros países, acompañan los procesos eleccionarios, observando su transparente desarrollo.
Y para concluir con el tejido de irregularidades, la toma de posesión se realizó ante el espurio Tribunal Supremo de Justicia, ya que sus miembros legítimos se encuentran mayormente en el exilio. Las competencias de este Tribunal Supremo de Justicia no incluyen tomar el juramento al presidente electo; esto debió haberlo la Asamblea Nacional que preside legalmente nada menos de Juan Guaidó, joven líder político de 35 años, seguidor de la línea de lucha política por una Venezuela. Una lucha encabezada por Leonardo López, líder y activista ampliamente conocido por su enfrentamiento sin cuartel al gobierno de Maduro, lo que le ha costado largos periodos de encierro carcelario. A pesar de ello, se ha ganado un alto reconocimiento mediático, gracias en parte a la labor de su esposa Lilian Tintori.
El futuro de Venezuela pende aún de un hilo. Y lo que se viva en los próximos días será definitivo, pues Guaidó debe mantener la esperanza y la confianza del pueblo; tiene que crecer como un líder que arrastra y sigue arrastrando a las multitudes, a pesar de lo que posiblemente tengan que sufrir aun: represión, hambruna, inseguridad, etc. Y además, debe ser capaz de organizar las bases de la legalidad para convocar a elecciones libres en todo el país.
Esperemos que esta etapa oscura termine pronto y que en nuestro continente no exista más una amenaza contra del Estado de derecho, que en cada país debe garantizar la democracia, y las libertades y los derechos de todos los ciudadanos.
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