Darío Enríquez

La red mediática social-fascista que pretende controlar el Perú

Apuntes para una crónica de la infamia mercantilista en el siglo XXI

La red mediática social-fascista que pretende controlar el Perú
Darío Enríquez
13 de diciembre del 2017

Sin duda, no lo hace por amor. Actúa desde siempre, y es posible que podamos remontarnos incluso a los aciagos tiempos de la invasión de Lima por los chilenos, cuando logró instalar la triste y penosa frase: “Los chilenos antes que Piérola”. Articulaba intereses, pero lo hacía muchas veces de manera lateral y difusa. Cuenta en su pasivo haber apoyado a la dictadura militar socialista de 1968, aquella que desgració al Perú y nos llevó al borde de la inviabilidad en 1990, luego de casi un cuarto de siglo en que los felones militares golpistas y sus cómplices civiles —por acción u omisión— destruyeron nuestro tejido productivo, pauperizaron el campo, nos entregaron a las fauces terroristas y aniquilaron nuestra moneda haciéndola perder nueve ceros. Un pan que en 1968 costaba quince centavos, en 1990 llegó a costar nada más y nada menos que 150 millones, por efecto de la voraz hiperinflación y la maquinita febril.

En 1990 su candidato, largamente favorito durante casi 24 meses previos a la elección, se fue de bruces y perdió en forma aplastante frente a un desconocido “japonesito” que supo liderar la recuperación del país, su reinserción internacional, el control de la hiperinflación, la derrota del terrorismo y el fin del desabastecimiento de productos de primera necesidad, y que sentó las bases para la emergencia de esa gran nueva clase media que es la marca característica del Perú moderno que surgió de las reformas de los noventa.

Pero así como el socialismo lleva más temprano que tarde al desquiciamiento de las relaciones políticas, económicas y sociales en un país —desembocando en hambre, masacres y tiranía—, el libre mercado también tiene su tendencia nefasta y monstruosa: la hegemonía del mercantilismo. Aprovechando las grandes ventajas de la nueva economía de libre mercado que ha llevado al Perú a cotas inéditas de bienestar y crecimiento económico, esa red mediática social-fascista frágil y difusa se hizo mucho más poderosa, integrando diversas actividades económicas alrededor suyo, además de la industria de la comunicación y el entretenimiento. Hoy se ha convertido en un monstruo de mil pies pero muy pocas cabezas, lo que le da gran cobertura de acción rastrera y una unidad de mando cada vez más cerrada.

En los últimos 17 años, aprovechando la grave crisis de corrupción política que hizo caer el régimen de Fujimori, esa red mediática social-fascista ha copado casi todos los tiempos y casi todos los espacios de nuestra sociedad. La mafia de los noventa ha quedado reducida a una anécdota, comparada con el poder que despliega hoy esa red mediática. Se la han arreglado para mantenerse en el poder todo este tiempo, de gobierno a gobierno. Aunque su incidencia en el segundo gobierno de García fue menor, no dejaron de tener presencia; y con Humala llegaron a niveles extraordinarios de manipulación y control.

La red mediática social-fascista tiene operadores transversales en el espectro político. Como el “Mil amores” de la canción, le gusta tomar de todo en el jardín de la infamia. Desde iletrados operadores ciberflaúticos hasta “prestigiosos” líderes de opinión (véase las comillas), pasando por una amplia gama de aplicados lectores de teleprompter y sus coloridos reporteros. Si quisiéramos tener solo una lista de lo que hicieron en la última semana, igual sería demasiado larga. Veamos algunos hechos ligados entre sí y que muestran la forma en que sus diversos elementos funcionan de manera coordinada, como suele hacerlo una compleja pero eficaz organización criminal.

El Poder Judicial ordenó el allanamiento de dos locales partidarios de la oposición. Al mismo tiempo, como quien lanza una canción al viento, casi como expresión de humor inglés, el presidente PPK —posible rehén de la red mediática social-fascista— confesó, a través del espectro radioeléctrico, que había mentido respecto de su vinculación económico-profesional con la mafia socialista del Foro de Sao Paulo y sus brazos financieros mercantilistas de Odebrecht y cía.

No se permitió, en el allanamiento, que los medios de comunicación filmaran la operación, solo lo hizo oficial y minuciosamente un camarógrafo de la propia Fiscalía. Ese material es reservado, pero por arte de birlibirloque, apareció en manos de uno de los medios de comunicación de la red mediática social-fascista, especializado en sicariato televisivo. No se trata de un material fílmico que podría estar bajo control de muchas instancias, y una de tantas podría traficar con él, sino de una sola: la Fiscalía. Por si fuera poco, la confesión del presidente PPK fue presentada siguiendo los peores estándares de la complacencia y el sometimiento al poder, sin repreguntas complicadas, sin intención de buscar la verdad, menos de cumplir con informar correctamente a los ciudadanos. Quien personifica a la Nación tiene la obligación de explicarlo todo. Pero lo peor es haber cerrado este festival infame de manipulación mediática con la intervención de una ex conductora televisiva que alguna vez pareciera brillante, pero que hoy pasea su figura en forma penosa por los arrabales mediáticos del Perú. Nos ha querido vender su última creación heroica: “El presidente PPK no le mintió al Perú, solo ocultó información”, nos dice y viéndola recordamos al faite borgiano: “Ni se le movió la cara, su decencia sepultó, como si no le importara”.

Darío Enríquez
13 de diciembre del 2017

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