Luis Hernández Patiño
La mentira en nuestra cultura
La “inflación verbal” hace que la palabra no valga nada

Judy Munro-Leighton, la mujer que acusó de violación al magistrado Brett Kavanaugh, ha terminado reconociendo que mintió para tratar de impedir la confirmación de él en el tribunal supremo de los Estados Unidos (1). Resulta más que indignante constatar cómo la mentira es usada como un medio, cuando se trata de alcanzar algún tipo de objetivo “políticamente correcto”. Pero tanto o más indignante que eso resulta ver cómo hay quienes aceptan aquel modo de proceder, como si fuese algo normal. Lamentablemente, de la mentira se ha hecho toda una cultura y hasta un modo ideologizado de vida.
Pero eso no pasa solamente en Los Estados Unidos. No se trata de algo que estamos viendo desde lejos. ¡En nuestro querido Perú también se miente! Sí, se miente y bien. ¿No es acaso cierto que aquí hay muy buenos mentirosos? ¡Claro, pues! ¡Los tenemos y de lujo!
De vuelta al barrio
Lo que ocurre entre nosotros es que la hipocresía nos lleva muertos. Nos llenamos la boca lanzando improperios contra la mentira. Sacando el pecho, pronunciamos aquel legado de los incas: «¡Ama Llulla!». Sin embargo, ensalzamos a los mentirosos, los convertimos en nuestros ídolos, somos capaces de disculparles cualquier cosa, ponemos nuestro futuro en sus manos y hasta votamos por ellos. O tal vez debería decir que votamos por sus mentiras.
Yo entiendo que nuestro país no es una isla. Definitivamente, lo que pasa entre nosotros ocurre a nivel global. ¡Mentirosos hay en todas partes! Sí, ya lo creo, pero ello no puede servirnos como consuelo, ni tiene por qué eximirnos de un examen autocrítico de nuestra forma de proceder.
En la práctica
La incorporación y tolerancia de la mentira en nuestra cultura tiene que ver con el signo mercantilista de nuestra sociedad. Su influencia nos ha generado múltiples trastornos. Haciendo un paralelismo con lo que ocurre en el organismo humano, la mentira ha producido una grave acidificación de nuestras relaciones sociales, económicas y políticas. Ha enviciado la atmósfera de nuestras emociones y afectos. Esto último bien podría explicar en parte nuestra pobreza sentimental, que tanto nos esforzamos por esconder o negar, recurriendo para ello a nuestro “decorativismo”.
El verbalismo que caracteriza nuestra forma de expresarnos, el hecho de andar con rodeos a la hora de hablar, no es otra cosa que la manifestación de nuestro intento por decorar con muchas palabras lo poco de cierto que pudiera haber en lo que decimos que decimos, sin decirlo. En este punto cabe un símil que me gustaría plantear: nosotros nos parecemos a la recordada maquinita con la que se puede producir dinero inorgánicamente emitido. En nuestro caso, somos emisores de palabras muchas veces huecas, sin contenido ni sustancia.
Un breve paralelo
En nuestro medio, la mentira ha hecho que la palabra se devalúe en una forma más que impresionante. El valor actual de esta me hace recordar al que alguna vez alcanzó el viejo inti. Hoy nos encontramos en medio de una tremenda inflación verbal, en la que la palabra ya casi no vale.
Frente a la mentira que se ha instalado en nuestra cultura, necesitamos un shock como en el año 1990; pero, en este caso el shock tiene que ser de tipo educativo y debe estar orientado fundamentalmente a las nuevas generaciones. Esto podrá sonar como algo lírico, producto de un sueño, pero parte de una necesidad fundamental: El Perú requiere de hombres y mujeres que se formen en la verdad, para liberarse de la mentira que tanto daño nos hace.
1https://www.elmundo.es/internacional/2018/11/03/5bdd46e2468aeb5f1c8b4629.html
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