Giancarlo Peralta
La imprevisibilidad genera desconfianza
No se atraen inversiones ni se reduce la pobreza

Desde 2011, el Perú ha sido gobernado por mandatarios improvisados que vieron en la administración de los recursos del estado una oportunidad para enriquecerse de manera directa o indirecta. Por supuesto que en el pasado también se registraron actos de corrupción, pero, al menos, tenían mayor capacidad de gestión.
El clímax de la incapacidad lo personifica el presidente Pedro Castillo, quien en mi opinión, llega al poder por la intencional ceguera de Jorge Luis Salas Arenas, presidente del Jurado Nacional de Elecciones. Inclusive, la actual mandataria, Dina Boluarte, llega en la fórmula que eligió Vladimir Cerrón en un cónclave a puertas cerradas de su organización política “Perú Libre”.
Sin embargo, más allá de las “ayuditas” a Pedro Castillo, pasando por alto que tenía una plancha presidencial incompleta y la negación de la revisión de las actas electorales llenadas por un mismo puño y letra, sumado al demencial odio en contra del fujimorismo, está el hecho que un gran sector de la población se alineó bajo las banderas del humilde profesor de Chota. Estos ciudadanos también son responsables del desastre que se vive en la actualidad y que los miembros del gabinete más destacados están tratando de superar y promover la inversión, especialmente la minera, porque sin inversión no hay empleo de acuerdo con la ley, con todos los beneficios laborales y, por el contrario, se incrementa la informalidad, se profundiza la precariedad de los salarios y –como ha sucedido– se incrementa la pobreza en general y, en particular, la pobreza extrema.
Las inversiones de largo aliento, aquellas que toman varios años para ejecutarse y empezar a rendir frutos, se tardan dos o más períodos de gobierno; por lo tanto, se fijan en que haya continuidad en las políticas públicas, que los países donde arriesgan sus capitales cuenten con un sistema de justicia eficiente, competente y oportuno, que las normas ambientales, sociales y respeto a las concesiones que otorgue el estado se respeten y no se tolere la invasión de actividades ilegales y hasta delincuenciales.
Por eso es que los inversionistas tardan en analizar los comportamientos de los líderes de los países, sin son populistas, si un día ofrecen gas a doce soles, como lo hizo Ollanta Humala y consiguió cientos de miles de incautos, quienes votaron por él o por la demagógica frase que acuñó: “El agua o el oro”. Bueno, a la fecha, Cajamarca, la región perjudicada por el humalismo, no cuenta con agua regulada, tampoco aprovecha el oro que guarda en sus entrañas. Es decir, mentiras tras mentiras.
Posteriormente, llegó el humilde profesor de Chota y dirigente magisterial que abandonó a sus alumnos con la finalidad de lograr figuración política. De seguro que él no acuñó la frase, de “No más pobres en un país rico”, cuando lo que consiguió es “No más ricos en un país pobre”, porque los ahuyentó, sacaron la riqueza acumulada por sus familias en décadas y quedaron los pobres sin oportunidad de trabajo alguna.
Habiendo transcurrido otra década perdida en la historia de nuestro azaroso país, esperemos que, en las próximas elecciones generales del 2026, hayamos analizado qué pasó para no volver a incurrir en los mismos errores. Si queremos alcanzar el desarrollo, debemos transitar por el camino de la previsibilidad, porque solo así se genera confianza, se atraen inversiones, se generan puestos de trabajo, se reduce la pobreza y el país volverá a crecer.
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