Berit Knudsen

La guerra en Ucrania llega a Moscú

La pregunta no es quién gana, sino quien se detiene antes

La guerra en Ucrania llega a Moscú
Berit Knudsen
16 de julio del 2026

 

El 24 de febrero de 2022, la inteligencia occidental calculó que Kiev caería en 72 horas. Esa operación de tres días hoy supera los 1,600. Puede parecer un empate congelado, pero la inmovilidad de los mapas no es quietud en la guerra: el conflicto se decide a miles de kilómetros del frente.

Rusia acumula cerca de 1.4 millones de bajas y hasta 450,000 muertos. Pierde más de 30.000 soldados al mes y recluta 27,000. En junio de 2026 avanzó unos 30 kilómetros cuadrados. Mientras tanto, el 13 de julio Ucrania liberó seis aldeas en Dnipropetrovsk y recuperó 126 km² con un avance de 25 kilómetros, revirtiendo las ganancias rusas desde 2025. Cuatro veces más de lo que Rusia conquistó en todo junio.

El cambio decisivo es que, por primera vez, la guerra le pasa factura al ruso de a pie. Ucrania ha golpeado instalaciones petroleras rusas más de 300 veces. La producción de gasolina corre 20% por debajo de la demanda interna y 25% de la capacidad de gasolina refinada está fuera de servicio: nivel “sin precedentes”, según la Agencia Internacional de Energía.

La crisis alcanza 78 de las 83 regiones rusas, afectando a 50 millones de personas, 35% de la población. El racionamiento es de 20 litros por coche. Rusia, tercer productor mundial de petróleo, importa gasolina por primera vez en años. El 6 de julio cayó Omsk: última gran refinería sin atacar. Reparar las unidades de hidrocraqueo llevará meses o años, complicado por las sanciones.

Crimea vive un asedio sin asalto. Ucrania fue cortando accesos: el ferrocarril, suspendido desde junio; el puente de Kerch, restringido a vehículos ligeros; los puentes de Chonhar y Henichesk y la carretera R-280, sembrada de cisternas calcinadas. El tráfico militar cayó 71%. La venta de gasolina a civiles está prohibida y la península vive con apagones.

La novedad es el mar de Azov, hasta ahora un lago ruso. En nueve días de julio, los drones ucranianos alcanzaron 116 buques de la “flota en la sombra” –cifra del mando ucraniano–. Efecto verificable: Rusia cerró el canal Don-Azov y el estrecho de Kerch. Las colas de barcos, visibles por satélite, incluyen buques con trigo. Moscú dejó de ser santuario: casi 450 drones en una noche obligaron a cerrar cuatro aeropuertos.

Pero nada protege a los civiles ucranianos. Rusia ha multiplicado los misiles balísticos que Ucrania apenas puede interceptar. El 6 de julio, 29 balísticos alcanzaron sus objetivos: ninguno fue derribado. Murieron 22 civiles. El 2 de julio, 31.

La causa es la escasez global agravada por la guerra en Oriente Medio. El ministro Fedorov lo resume: el mundo produce menos interceptores Patriot al mes de los que Rusia dispara contra Ucrania en el mismo periodo. Se calculan unos 140 Patriot para frenar un ataque de 70 balísticos. Han muerto más de 16.000 civiles, según la ONU, advirtiendo que las víctimas en 2026 superan las de 2025.

La guerra ha cambiado. Rusia conserva la iniciativa terrestre y probablemente tomará Kostyantynivka. Sus reservas económicas han mermado, pero no se han agotado. La asfixia económica no detiene a los misiles balísticos.

La pregunta no es quién gana, sino quien se detiene antes. El desgaste ruso, la paciencia occidental o la resistencia ucraniana. Putin quería ganar en una semana, pero ha logrado que la guerra se libre cada vez más dentro de Rusia.

Berit Knudsen
16 de julio del 2026

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