Carlos Adrianzén

Entre velascatos y fujimoratos

Dos periodos claramente diferenciados en política y economía

Entre velascatos y fujimoratos
Carlos Adrianzén
15 de julio del 2026

 

No nos engañemos. Económicamente, el Perú aspira a ubicarse entre Chile y Bolivia. Algunos añoran los años de mayor crecimiento y buscan reactivar las reformas de mercado —incompletas— iniciadas a comienzos de la década de 1990. Aspiran, en suma, a regresar al llamado Fujimorato, aunque con frecuencia confunden aquello que aún está pendiente de reformarse. Nótese que ellos no siempre distinguen con claridad entre las reformas necesarias para avanzar y las contrarreformas o retrocesos inspirados en viejas posiciones mercantilistas y socialistas.

Otros, en cambio, aun reconociendo el atraso, la corrupción burocrática, el empobrecimiento y la degradación institucional asociados al velascato, continúan viéndolo con nostalgia. Como algo justificado por la anodina idea de ser justiciero desde un escritorio. Una minoría que incluso sigue votando por propuestas que reivindican ese destructivo y corrupto legado.

La Figura A difícilmente podría ser más explícita. Muestra el contraste entre dos periodos claramente diferenciados. Entre 1968 y 1991 la economía peruana atravesó una etapa de deterioro sostenido, mientras que entre 1991 y 2012 experimentó una recuperación notable. El gráfico evidencia cómo, tras décadas de estancamiento y crisis, el país logró mejorar sustancialmente su desempeño económico y elevar sus niveles de bienestar.

La mejora no se limitó al crecimiento. También se reflejó en los niveles de vida, la estabilidad monetaria, la salud fiscal, la generación de empleo, la reducción de la pobreza e incluso en indicadores amplios de bienestar como los que hoy recoge la World Happiness Review. Sin embargo, aquella recuperación terminó siendo revertida parcialmente, conduciendo al prolongado estancamiento que caracteriza a la economía peruana contemporánea.

Lo más sugestivo y relevante de esta reversión es su trasfondo político.

 

El desprecio por lo democrático

Los siguientes gráficos no recurren a anestesias para tratar las sensibilidades pro-autoritarias de una proporción considerable del electorado peruano. Frases como “que robe, pero que haga obra” o “poder que no abusa no es poder” reflejan una idiosincrasia profundamente arraigada.

Desde los remotos tiempos del régimen totalitario incaico, pasando por los siglos de un virreinato mercantilista español y continuando con más de doscientos años de caudillismos y regímenes marcados por distintas variantes de mercantilismo y socialismo, el Perú ha tenido escasas experiencias de verdadera democracia y de prosperidad sostenida.

En ausencia de altos niveles de libertad —elemento que estas líneas consideran esencial para una democracia genuina— el progreso económico tiende a ser lento y limitado. Siglo tras siglo.

No resulta casual, por ello, que buena parte de las preferencias electorales actuales fluctúen entre simpatías por formas moderadas de autoritarismo y propuestas claramente más intervencionistas y opresivas. El debate político suele oscilar entre distintos grados de clientelismo, mercantilismo y estatismo, más que entre alternativas genuinamente orientadas hacia una ampliación de la libertad económica e institucional.

En ese contexto, lo fiscal termina percibiéndose como un botín. Quien accede al poder suele utilizar el gasto público como instrumento de consolidación política, dejando en segundo plano las restricciones económicas y los límites institucionales.

El velascato llevó esta lógica al extremo. Elevó la presión tributaria hasta sus límites políticos, recurrió masivamente a la emisión monetaria, impulsó expropiaciones de gran escala y expandió el endeudamiento público más allá de criterios prudenciales. Como muestra la Figura B, el resultado fue un deterioro acelerado de los principales indicadores macroeconómicos, colocando al país en niveles propios de economías altamente inestables y comprometiendo su desarrollo durante décadas.

Y aún hoy, como ocurre con todos los caminos aparentemente fáciles, esa experiencia conserva adeptos. Entre quienes creen que el Perú es un país rico cuyo único problema es la distribución de una riqueza supuestamente abundante; entre quienes siguen esperando que un nuevo líder providencial los saque rápidamente de la pobreza mediante más intervención estatal y más gasto público. El desenlace económico de esas experiencias ha sido repetidamente el fracaso. Sin embargo, sus electores nunca desaparecen.

Como sucede en sociedades con una formación cívica insuficiente, tras el fracaso velasquista llegaron correcciones incompletas. Ese fue el fujimorato, cuya evolución puede observarse en la Figura C.

A diferencia del periodo anterior, se moderaron las expropiaciones, se redujo el recurso al financiamiento inflacionario y se contuvo el crecimiento del endeudamiento. Sin embargo, la presión tributaria permaneció elevada. Ello permitió liberar recursos para la inversión privada y generar una fase de crecimiento económico significativa, aunque sin resolver plenamente los problemas estructurales heredados ni eliminar por completo los incentivos mercantilistas presentes en el sistema.

La propia Figura C sugiere precisamente esa realidad: una mejora sustancial respecto del periodo previo, pero también una corrección parcial que dejó abiertas diversas vulnerabilidades institucionales. Detrás de las reformas llegaron inevitablemente las contrarreformas y, con ellas, el retorno gradual del estancamiento.

Cualquier parecido entre esa dinámica y lo que viene ocurriendo en el Perú durante los últimos años no es casualidad.

 

El dilema de Keiko Sofía

La evolución reciente de la deuda pública y los compromisos asumidos tanto por el Ejecutivo como por el Congreso no son un asunto menor.

La Figura D muestra una trayectoria preocupante de los compromisos fiscales y de la deuda pública. El gráfico sugiere la formación de una creciente presión sobre las finanzas del Estado, una auténtica bomba fiscal cuya activación parece estar ya en marcha.

Frente a ella, la tentación de adoptar el camino fácil será enorme. Habrá quienes aconsejen no emprender reformas significativas, evitar conflictos políticos, recurrir al endeudamiento para enfrentar un eventual Mega Fenómeno de El Niño con una burocracia ineficiente y corrupta, o continuar financiando pérdidas permanentes en casas de perdición estatales como Petroperú.

También aparecerán quienes propongan la fórmula habitual de los llamados tecnócratas de izquierda que se presentan como hombres de derecha: más gasto, más intervención y más compromisos fiscales bajo distintos nombres. En suma, la recomendación será convertir un fujimorato light en una suerte de velascato híbrido.

Pero conviene recordar cómo terminan históricamente los regímenes socialistas-mercantilistas. El caso del velascato sigue siendo un ejemplo elocuente. Hoy la situación parece clara. La mayoría de los ciudadanos —incluidos muchos de quienes apoyaron opciones políticas inspiradas en el velasquismo— no desea un Estado abiertamente corrupto, depredador o desvergonzado. Sin embargo, una parte importante de ellos sí parece aceptar una versión atenuada de esos mismos comportamientos.

Y ese es un problema serio. No suele ser una buena idea intentar satisfacer preferencias que, en última instancia, resultan autodestructivas.

Cualquier observador mínimamente informado sabe que la fortaleza política de quienes reivindican el velascato se alimenta precisamente de las debilidades del fujimorato. Necesitan que este permanezca tímido, vacilante e incapaz de completar las reformas que dejó inconclusas. Ese es el dilema.

Carlos Adrianzén
15 de julio del 2026

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