Carlos Adrianzén

Todavía no han perdido

El nuevo Gobierno debe decidir si se deja arrastrar por la disipación de la izquierda local

Todavía no han perdido
Carlos Adrianzén
01 de julio del 2026

 

El espejo es una herramienta poderosa. Nos permite ver lo que queremos y, muchas veces, lo que preferiríamos no ver. 

Hoy invito al lector a observar dónde se encuentra el Perú pocas horas antes de que asuma la presidencia Keiko Fujimori Higuchi. Para hacerlo, y dado el clima de polarización ideológica que dejó una campaña breve y superficial —donde casi nada se discutió con rigor—, recurriremos a un espejo: la muestra transversal de 26 economías americanas en el periodo 2024-2025, que juntas representan cerca del 99% del PBI continental. Desde Alaska hasta Chile, pasando por Panamá.

 

Redescubriendo América  

El continente despliega un abanico de discursos ideológicos. Políticamente, encontramos democracias y dictaduras corruptas; económicamente, regímenes capitalistas —más ricos y menos corruptos— y gobiernos de corte marxista —más pobres y más corruptos—. 

El objetivo aquí no es repetir categorías filosóficas sofisticadas pero fatuas, sino evaluar si las orientaciones ideológicas se asocian con el desempeño económico. Para ello se emplean mediciones serias de libertad política y económica, en un rango que va desde la opresión extrema (marxismo) hasta la libertad plena (capitalismo).  

El marxismo, definido por Engels como la antítesis del capitalismo, se fundamenta en la teoría de la alienación y en un conjunto de postulados ad hoc. Su núcleo implica, abierta o discretamente, la abolición de los derechos de propiedad. La evidencia empírica es contundente: no existen casos de éxito. Sin embargo, su atractivo emocional y su arrogancia lo mantienen vigente, disfrazado bajo etiquetas como progresismo, justicia social o neohumanismo.  

Su opuesto, el capitalismo, se basa en la libertad natural smithiana y en la plena propiedad privada, donde la burocracia no puede abusar, ni oprimir. No resulta casualidad que las naciones más libres sean también las más ricas y menos corruptas.

 

América como laboratorio político  

El continente americano descubre un escenario excepcional para comparar política y economía. La muestra incluye desde la gran potencia global (Estados Unidos) hasta naciones fallidas (Venezuela, México, Cuba), países estancados (Uruguay, Chile, Costa Rica) y territorios abandonados (Haití, Nicaragua, Bolivia). Las estadísticas del Banco Mundial y oenegés globalmente respetadas, como Freedom House y Heritage Foundation, permiten contrastar el peso de la ideología en el desempeño económico.  

Pero tengámoslo claro: en América conviven el cielo, el purgatorio y el infierno. Los niveles de desarrollo económico, calidad institucional y grados de opresión reflejan las rutas políticas elegidas: desarrollo, estancamiento o retroceso. La evidencia histórica muestra que la libertad política y económica ha sido una rareza en el centro y sur del continente.  

Figura A: Evidencia desgarradora de las diferencias económicas en el continente. Cada pueblo es responsable de su suerte, aunque los relatos ideológicos intenten ocultarlo.  

Figura B: Ratifica que las orientaciones ideológicas determinan el desempeño económico. El marxismo, bajo diversas etiquetas, se asocia sistemáticamente con pobreza y deterioro institucional.  

Figura C: Sugiere cómo las libertades —propiedad privada, derechos civiles, libertades políticas— son el núcleo del desarrollo. Los marxismos, transversalmente, oprimen y dañan.  

Figura D: Descubre que incluso en naciones más ricas, como Canadá o Estados Unidos, el ideario marxista avanza, debilitando instituciones y prosperidad.  

 

Una religión que odia 

El marxismo, disfrazado de múltiples formas –incluso aplicado como una religión–, sigue vivo como opción política. Su fuerza radica en el atractivo emocional y en la capacidad de camuflarse bajo etiquetas cambiantes, y fundamentar dictaduras. 

En América, tanto al norte como al sur del Río Grande, con relativa facilidad, se cede libertad a cambio de comodidad.  Es previsible que en el Perú, el rol de los activistas marxistas en los meses venideros será camaleónico. Algo de oposición colaborante, una dosis adicional de involucramiento en protestas callejeras y, sobre todo, la inoculación de fracaso económico y político a través de su versátil participación en la burocracia que rodee a la señora Fujimori.  El espejo continental resulta diáfano: las ideologías importan. Las naciones más libres son las más prósperas; las más marxistas, las más pobres y corruptas. No caben medias tintas. 

 

Es el régimen keikista el que debe decidir si se deja arrastrar por la disipación de la izquierda local o si apuesta por la libertad. Ese conocido antídoto de la corrupción burocrática y el subdesarrollo. 

Carlos Adrianzén
01 de julio del 2026

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