Berit Knudsen
Elecciones 2026: ¿Nuevo ciclo en América Latina?
Más que desplazamientos ideológicos, emerge un electorado decepcionado de los gobiernos de izquierda
La segunda vuelta presidencial en Colombia representó una de las elecciones más ajustadas de la historia reciente del país. Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura emergente de la oposición derrotó al oficialista Iván Cepeda por menos de un punto porcentual en una contienda que trascendió las fronteras colombianas como símbolo de la tensión política que atraviesa América Latina. El escrutinio oficial confirmó el triunfo con una estrecha diferencia de 250,000 votos, cuestionados por sectores del gobierno saliente.
La elección enfrentó dos proyectos claramente diferenciados. Cepeda representa la continuidad política del ciclo iniciado por Gustavo Petro, con énfasis en reformas estructurales, expansión del rol estatal y una visión crítica del modelo económico tradicional. De la Espriella construyó su candidatura alrededor de la seguridad, recuperación económica, fortalecimiento de la relación con Estados Unidos y agendas inspiradas en Javier Milei y Nayib Bukele.
La similitud con el proceso electoral peruano es evidente. Márgenes extremadamente estrechos. En ambos casos, millones de ciudadanos acudieron a las urnas sintiendo que no elegían entre dos candidatos, sino entre dos visiones del país.
Aparece un fenómeno recurrente en sociedades polarizadas: cuando una parte del electorado está convencida de una victoria inevitable, la derrota por un margen mínimo genera cuestionamientos sobre la legitimidad del resultado. Una "victoria psicológica". Ante resultados oficiales que contradicen las expectativas de victoria anticipada, la sensación de ser despojados del triunfo es más fuerte que la evidencia numérica. Ello traslada la disputa por votos a la legitimidad del proceso.
En Colombia, los cuestionamientos provienen del presidente Gustavo Petro, quien asumió un rol activo en la campaña de Iván Cepeda, expresando dudas sobre el resultado. En Perú, donde Roberto Sánchez buscó capitalizar la imagen de Pedro Castillo, adoptando su simbología, narrativa y agenda constituyente, desencadenó debates electorales sobre continuidad o rechazo del proyecto político.
La autoridad electoral colombiana confirmó prácticamente la totalidad de los resultados preliminares, pero el oficialismo impugnó 55,000 actas, más de diez millones de votos. En Perú, ante estrechos resultados, el debate se extiende por semanas con actas observadas, anulaciones y solicitudes de revisión.
El resultado final en Colombia y Perú, como sucede en democracias competitivas, es que alguien ganó por poco, pero ganó. Abelardo de la Espriella será presidente de Colombia. Keiko Fujimori será presidenta del Perú. Triunfaron por márgenes mínimos. Pero en democracia la legitimidad no depende del tamaño de la diferencia sino del respeto a las reglas que determinan quién obtuvo más votos.
Lo ocurrido forma parte de una tendencia regional más amplia. Argentina eligió a Javier Milei. Ecuador consolidó un gobierno con políticas firmes de seguridad. Paraguay mantiene una orientación favorable al mercado. Bolivia demuestra el desgaste del ciclo político del MAS. Chile desplaza el debate público hacia la seguridad, la inmigración y el crecimiento económico. Venezuela, tras años de aislamiento, enfrenta la realidad geopolítica de la influencia estadounidense en asuntos de reconstrucción institucional y económica.
La gran prueba será Brasil, donde las elecciones presidenciales de octubre enfrentarán al presidente Luiz Inácio Lula da Silva con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Contienda altamente competitiva según encuestas. Las mediciones reflejan un escenario prácticamente empatado.
Si Colombia confirmó el giro iniciado en otros países, Brasil podría convertirse en el próximo capítulo de una transformación política. Más que desplazamientos ideológicos, en América Latina emerge un electorado preocupado por la inseguridad, bajo crecimiento económico, pérdida de confianza institucional y promesas de transformación sin resultados.
Más que preguntar quién gana las elecciones, debemos examinar si estamos presenciando el nacimiento de un nuevo ciclo político continental.
















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