Silvana Pareja
La confianza como sistema
El nuevo algoritmo del poder político

En cada proceso electoral, los ciudadanos nos enfrentamos a una decisión que marcará el rumbo del país durante los próximos años. Más allá de la simpatía personal, de los colores partidarios o de los mensajes llamativos de campaña, lo que realmente importa es detenernos a pensar qué señales concretas debería ofrecernos un buen candidato. Hoy, más que nunca, el elector busca certezas, transparencia y la capacidad de cumplir lo que promete.
La historia puede darnos una lección. En la Edad Antigua, el poder se legitimaba a través del statu quo: faraones, reyes o emperadores sostenían su autoridad con la idea de que era incuestionable, porque provenía de los dioses. A cambio de obediencia, ofrecían protección, sustento y cierta estabilidad. Ese era el quid pro quo de la época: un intercambio entre gobernantes y gobernados que, aunque mantenía el orden, también perpetuaba desigualdades. Hoy, en democracia, este esquema ya no es suficiente. El ciudadano contemporáneo no se conforma con recibir favores o promesas generales; espera que el intercambio sea justo, transparente y verificable. Busca líderes que transformen el status quo en progreso real.
Por ello, resulta clave identificar lo que un votante debería valorar en un candidato. En primer lugar, se necesitan metas claras y específicas. Un simple “mejoraré la educación” o “garantizaré la seguridad” no basta. Lo que inspira confianza son propuestas con cifras, plazos y prioridades bien definidas. En segundo lugar, el elector debe esperar compromisos medibles. Así como en la vida cotidiana exigimos resultados en un trabajo o en un servicio, la política también debe ofrecer indicadores que permitan comprobar avances de manera objetiva.
Un tercer aspecto indispensable es la transparencia y la rendición de cuentas. Un buen candidato es aquel que se muestra dispuesto a ser evaluado, que propone tableros de seguimiento accesibles, reportes periódicos y canales de comunicación abiertos para explicar dificultades y soluciones. La confianza no se construye ocultando problemas, sino mostrando la disposición a resolverlos con claridad. Además, los ciudadanos buscan resultados parciales visibles. La confianza se fortalece con hechos concretos que pueden percibirse en la comunidad: un centro de salud equipado, una obra terminada, un servicio digital que funciona. No se trata de esperar milagros, sino de valorar avances que hagan tangible el progreso.
La tecnología también es un factor decisivo. La innovación dejó de ser un lujo para convertirse en una necesidad. Herramientas digitales, inteligencia artificial y plataformas abiertas pueden acercar la gestión pública al ciudadano, mejorar la eficiencia y reducir la burocracia. El elector actual espera que sus líderes comprendan el valor de estas herramientas y las usen como aliadas en la gestión, no como adornos de campaña.
Al final, lo que conviene preguntarse frente a cada candidatura es: ¿qué mecanismos ofrece este candidato para cumplir lo que promete? Si la respuesta está llena de incertidumbre, lo más probable es que la gestión carezca de solidez. Si, en cambio, encontramos claridad, metas medibles y voluntad de rendir cuentas, estaremos frente a una opción que entiende la política como servicio.
Las próximas elecciones representan una oportunidad para fortalecer la confianza en la democracia. Si los ciudadanos aprendemos a elegir con criterio, privilegiando la eficacia sobre la retórica y la evidencia sobre la emoción, el voto dejará de ser una apuesta incierta para convertirse en una inversión en futuro. En tiempos de desconfianza, elegir con responsabilidad es el mejor acto de ciudadanía.
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