Cecilia Bákula
José Santos Chocano: El cantor de América
Poeta peruano cuya calidad humana e intelectual marcó una época
José Santos Chocano es un personaje fundamental e interesante en el panorama cultural de los siglos XIX y XX. Dueño de una personalidad a veces extravagante y de posturas contestatarias, destacó siempre por su inmensa capacidad creadora y por la innovación con que dotó a su obra poética.
Nació en Lima el 14 de mayo de 1875; en un país que estaba a punto de enfrentar una de las mayores tragedias de su historia, como fue la Guerra del Pacífico, que obligó a todos los peruanos a tomar postura frente a la acción de los gobernantes de turno y la situación a la que se había llevado a nuestra Patria. Su familia estaba entroncada, por línea paterna, con Francisco de Zela a quien reconocemos una importante participación en la etapa precursora de la independencia nacional, pues tuvo arrojo y convicción como para dar en Tacna, el 20 de junio de 1811, el primer “grito de independencia” que fue sin duda el eslabón inicial de una cadena de actos valientes, asumidos a conciencia a fin de lograr la libertad del Perú del dominio español. Esta herencia heroica debió significar mucho para su nieto quien heredó la pasión del prócer y la vehemencia para llevar a cabo sus objetivos.
Chocano es parte de un universo de renovación crítica, y a su generación pertenecieron peruanos de la talla de Manuel González Prada, Ricardo Palma, César Vallejo, José María Eguren y el entonces joven Raúl Porras Barrenechea. Se trataba de personas cuya calidad humana e intelectual marcaron una época, como lo haría también la llamada generación del 900.
La formación académica la obtuvo en la Universidad de San Marcos, a la que ingresó para estudiar leyes. Pero suspendió los estudios para dedicarse en parte al periodismo, en parte a la labor pública y en mucho a la creación literaria, permitiéndose en un tiempo cumplir labores de agente diplomático en países de Centro América, en España y países de nuestro subcontinente.
Quizá la producción poética más conocida es la que se asocia a las décadas primeras del siglo XX, cuando Chocano conoce y cosecha los mayores éxitos y reconocimientos, llegándosele a designar como “Hijo predilecto de Lima”, y se le conocía como el “Poeta de América”.
Hoy su obra escrita ha merecido ser reconocida como patrimonio cultural de la Nación y en el 2022 se designaron aquellas que destacan sobremanera como “Iras santas” (1895), “En la aldea” (1895), “Azahares” (1896), “La epopeya del morro” (1899), “La selva virgen” (1901), “Fiat Lux” (1908), “Alma América” (1906), “Ayacucho y los Andes: canto IV de El hombre-sol” (1924).
Es imposible no emocionarse al leer unas líneas de Blasón, aparecido en “Alma América” y que a la letra dice:
Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal…
Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje,
parecen mis estrofas trompetas de cristal.
Mi fantasía viene de un abolengo moro;
los andes son de plata, pero el león, de oro;
y las dos castas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido;
y de no ser poeta, quizá yo hubiera sido
un blanco aventurero o un indio emperador.
Otra obra preciosa, en la que deja ver no solo sensibilidad literaria y capacidad creativa, sino también conocimiento de historia milenaria y de nuestra propia realidad es “Ayacucho y los Andes. Canto IV de El hombre sol”, que tiene como subtítulo “Trazo de una epopeya panteísta”. Es una composición larga, cargada de simbología telúrica en la que con versos de gran intensidad y de lenguaje profundo, narra, desde su perspectiva, la epopeya de Ayacucho de 1824 y dedica a cada uno de los generales victoriosos, líneas de singular belleza. Por ejemplo, al referirse a Antonio José de Sucre leemos:
Sucre, el magnánimo es el ¡Alma Grande!
Dice la cumbre más enhiesta y así diciéndolo
se inclina en una emocionada reverencia…
Lo he visto aparecer como un coloso, que
de un sueño de siglos se despierta,
en medio de un tumulto de volcanes.
Él es el pensamiento sosegado,
que predomina en la pelea,
porque sobre el fragor abre las alas
y sube a ver cada peligro desde la altura de una estrella...
Su personalidad le llevó a tener dificultades y enfrentamientos no solo con personajes de la política nacional, lo que le acarreó ser acusado de conspiración y cumplir carcelería efectiva. En un enfrentamiento de ese tipo llegó a disparar a boca de jarro al escritor Edwin Elmore en un caso muy sonado, asociado a opiniones de uno en contra del otro. No obstante haber sido acusado de asesinato, fue luego indultado y decidió salir del país y pasar en Chile sus últimos años.
Chocano no había querido ser indultado pues se sentía culpable de lo hecho y ello le significó una carga moral de por vida. Tanto es así que en una muy sentida carta a Joaquín García Monge escribe: “Cumplo con manifestarle que si un escritor de contraria ideología hubiera sabido invitarme a ello –como se lo dije a cierto penalista español–, yo no hubiera reparado en ofrecerle que mi primer acto, al recuperar mi libertad, sería el de irme a arrodillar ante la tumba de Elmore, cuya muerte lamento más sinceramente que los que la explotan, para pedirle perdón por lo que, sin embargo, Dios y él saben que no intenté hacerle”.
En su tiempo, su obra poética, asociada al modernismo imperante entonces, fue muy bien acogida, como lo era también la obra de Palma y Vallejo. Pero Chocano tenía un estilo tan especial que las palabras adquirían sonido y color, haciendo de la historia nacional y de la mitología clásica, así como de la fuerza de la naturaleza, los elementos propios de inspiración.
Murió en Santiago de Chile, el 3 de diciembre de 1934, donde fue asesinado. Sus restos fueron trasladados al Perú en 1965 y recibidos con honores. Tal como lo había pedido: “¡Yo no espero ya ahora más que un metro cuadrado donde tengan un día que enterrarme de pie!”. Fue sepultado en el cementerio Presbítero Maestro de Lima.
















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