Cecilia Bákula

El día que Maynas se incorporó al Perú

La real cédula de 15 de julio de 1802

El día que Maynas se incorporó al Perú
Cecilia Bákula
20 de julio del 2026

 

Hoy parecería de Perogrullo referir la peruanidad de Maynas como si siempre hubiera sido parte de nuestro territorio, identidad y gobierno; pero no no ha sido así. Por ello cabe recordar documentos y momentos sustantivos de nuestra historia que, a lo largo de los siglos, han sido determinantes para la construcción de nuestra esencia como Nación y como Estado. Es por ello que resulta muy importante conocer que el 15 de julio de 1802 –es decir, hace 224 años– se firmó el documento “fundante” de la eterna permanencia y pertenencia de Maynas a nuestro país.

Se trata pues de recordar la real cédula de 1802, firmada en Madrid por el rey Carlos IV. Este precioso documento tiene implicancias sustantivas en nuestra historia, no solo por lo que determinó a nivel de extensión de dominio territorial, sino porque en sí mismo, es un documento que, sin poder explicarse por qué, se había mantenido casi desaparecido y lejos de la lupa de los investigadores. Y no obstante que había sido conocido y determinante en la definición territorial republicana pues, de manera definitiva, los territorios de Maynas y Quijos dejaron de pertenecer al entonces virreinato de Nueva Granada. Ello no solo por eficiencia administrativa, sino para evitar el avance portugués y garantizar la custodia y defensa de quienes habitaban en esas lejanas zonas.

El documento, que fue firmado en lo que se denomina como “original múltiple” tuvo cuando menos seis copias originales y auténticas, enviadas a diversos destinatarios en América ya que, por la importancia del contenido, debía ser conocido por el virrey del Perú, el virrey de Nueva Granada, el presidente de la Audiencia de Quito, el arzobispo de Lima, al obispo de Quito y el obispo de Trujillo. Un original debió quedar en España y una copia adicional fue remitida al clero franciscano ya que ellos quedaban comprometidos e involucrados en el cumplimiento de la orden real. Es indispensable recordar que los franciscanos, asumieron la labor misionera que habían sido obligados a dejar los jesuitas, cuando en 1767, mediante una arbitraria orden de Carlos III, conocida como la “Pragmática sanción”, se les conminó a abandonar todos los territorios de dominio español en el mundo.

En Lima, el original remitido al Virrey desapareció en un incendio acaecido en 1822 y el que se ha difundido es el que ha custodiado el Instituto Riva Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú y que fue exhibido por primera vez, en 1996, año en que se editó un acucioso estudio de tipo histórico, encargado al embajador Juan Miguel Bákula Patiño, al historiador Hugo Pereyra Plasencia y a la archivera y paleógrafa Ada Arrieta Álvarez.

Y como bien se señala en el estudio previo de dicho documento: “La peripecia de la real cédula que hoy se presenta es, en cierta forma, un reflejo de la historia del Perú; y, al mismo tiempo, ese acto de voluntad de un monarca, no es un hecho aislado y caprichoso sino una resultante de la circunstancia. Por eso, repito, su conocimiento es una suerte de constante descubrimiento, constituye un punto de referencia para situar una suma de relaciones que, vista de un lado, resulta un capítulo de microhistoria; pero que, vuelta la otra cara de la medalla, es parte de la historia-mundo”. 

Es por ello que seguirle la huella a dicha real cédula nos lleva al trabajo siempre acucioso de Raúl Porras quien, en el año 1945, hace mención a ese texto. Se encontraba citado entre los documentos que forman la Memoria que, en 1905, presentaron a la Corona española los plenipotenciarios Mariano H. Cornejo y Felipe de Osma en el proceso de arbitraje.

El documento en cuestión nos permite conocer las circunstancias que lo fundamentan y justifican y recordar a quienes, como el gobernador de Maynas, don Francisco Requena, fueron los artífices de una definición que más allá del espacio territorial material, implicaba la preocupación por la defensa del bienestar de los naturales de esa región y el entendimiento claro de que para Maynas, su existencia y continuidad, solo tenían sentido y viabilidad en tanto y cuanto se vinculara al entonces virreinato del Perú y se estableciera un obispado en esas tierras. Y es que más allá de poner hitos, esa era la manera de preservar una frontera lejana de la capital y muy ansiada para los intereses lusitanos.

Los informes que elaboraba Requena, con pasión y precisión, si bien no fueron los únicos motivos de la Corona para suscribir la real cédula de 1802, sí debieron tener una influencia definitiva ya que pocos como él podían exhibir un conocimiento completo de la zona incluyendo lo que ahora señalaríamos como una visión del territorio y una concepción de la realidad amazónica. Revalorar la obra de Requena, emularla y superarla es una urgencia.

La motivación que por entonces tenía Requena y su vocación de servicio hacia la Corona y preocupación por los naturales, no dejan de ser un ejemplo ya que, en pleno siglo XXI, para una amplia zona de nuestra Amazonía, muchos servicios y atenciones que debe brindar el Estado, están aplazados y postergados para la gran mayoría de sus habitantes, por lo que pienso que está aún pendiente su inclusión plena al ser peruano, que no es solo un nombre que aparece en un mapa y tener autoridades republicanas; es menester la completa y respetuosa inclusión al Estado mismo, recibiendo pronta y urgentemente de éste lo que está rezagado, incluyendo una profunda comprensión de la cosmovisión amazónica.

Cecilia Bákula
20 de julio del 2026

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