Silvana Pareja
Entre el griterío y la penumbra
Sobre los interminables debates en el Congreso de la República
Trece horas de sesión deberían ser suficientes para que un Parlamento discuta, negocie y tome una decisión. En el Congreso peruano, sin embargo, la reciente discusión sobre la delegación de facultades al Ejecutivo terminó mostrando algo distinto: cuánto puede perder la política cuando la confrontación deja de ser un instrumento y se convierte en un fin.
Hubo una diferencia especialmente reveladora. Mientras Cecilia Chacón fue descrita por su “soberbia estridente” y por un “desdén antes que argumentos”, el legislador Ernesto Zunini mostró aplomo, temple y disciplina para sostener una oposición frontal al Ejecutivo. Ambos podían discrepar con la misma intensidad. La diferencia estaba en la forma de hacerlo. Y esa diferencia importa.
La confrontación política no es irracional por sí misma. Lo irracional es confrontar sin una estrategia detrás. Un congresista puede elevar el tono para presionar, marcar una posición, cohesionar a su bancada, negociar mejores condiciones o aumentar el costo político de una decisión. La confrontación, en ese sentido, puede ser perfectamente racional. El problema aparece cuando el enfrentamiento deja de servir a un objetivo y empieza a convertirse en la identidad misma del político. Entonces ocurre algo peligroso: ya no se responde al adversario para conseguir algo, sino simplemente para atacarlo.
Graham Allison describe una dinámica semejante en Destined for War. La llamada “trampa de Tucídides” muestra cómo la desconfianza puede producir una escalada en la que cada actor interpreta las acciones del otro desde la sospecha. Lo peligroso no es solamente que exista conflicto, sino que los actores terminen reaccionando más a las intenciones que atribuyen al adversario que a la realidad que tienen delante. La política peruana conoce demasiado bien esa dinámica.
En un Parlamento, el conflicto debería tener una función distinta: convertir intereses enfrentados en decisiones. El debate existe precisamente porque existen posiciones incompatibles. Pero debatir no significa destruir la posibilidad de entender al adversario. Oponerse no significa perder la capacidad de negociar.
La reciente sesión terminó con 20 medidas centradas en seguridad ciudadana y contingencias vinculadas al fenómeno de El Niño, luego de trece horas de interrupciones, reproches y negociaciones. La propuesta fue aprobada con 66 votos a favor, 35 en contra y 24 abstenciones, y pasó al Senado. El resultado numérico, sin embargo, es apenas una parte de la historia. La otra es el método.
Bryan Caplan, en The Myth of the Rational Voter, recuerda una incomodidad propia de toda democracia: la democracia da la misma voz a los sabios y a los no tan sabios. Por eso las instituciones importan. Si los ciudadanos y sus representantes no son siempre racionales porque tienen emociones, prejuicios e intereses, el Parlamento debería ser precisamente el lugar donde esas pasiones encuentren reglas, argumentos y límites.
Churchill decía: “Cuanto más atrás podamos mirar, más lejos podremos ver hacia adelante”. La historia parlamentaria demuestra que los grandes debates políticos no fueron grandes porque sus protagonistas gritaran más fuerte, sino porque consiguieron convertir el conflicto en una idea, una causa o una decisión.
El Congreso no necesita menos confrontación. Necesita mejor confrontación. Porque la política es conflicto, sí; pero también es método. Y cuando el griterío reemplaza al método, el poder deja de ser estrategia y empieza a ser reacción.
Ahí comienza la penumbra.
















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