Fernando Peña

En nombre de Jesús

En el aniversario de la muerte del líder campesino Jesús Oropeza

En nombre de Jesús
Fernando Peña
03 de agosto del 2018

 

La mañana del viernes 10 de agosto de 1984, se trasladó hasta la localidad de Puquio, al sur del departamento de Ayacucho, una delegación encabezada por el presidente de Izquierda Unida, Alfonso Barrantes, e integrada por los senadores Enrique Bernales, Jorge Del Prado y Edmundo Murrugarra; además de Diego García Sayán (Comisión Andina de Juristas) y José Burneo (Comisión Episcopal de Acción Social). Asimismo, la comisión estuvo compuesta por Fernando Olivera (Fiscalía de la Nación); Lidia Oropeza (hermana de Jesús), Víctor Vásquez y Marcibal Rojas (Confederación Nacional Agraria; entre otros. El propósito de aquella importante presencia no era otro que el demandar, en el propio lugar, la aparición con vida de Jesús Oropeza Chonta, vicepresidente de la Liga Agraria María Parado de Bellido, de la provincia de Lucanas.

Oropeza Chonta, quien era dirigente de la CNA y militante del Partido Socialista Revolucionario (PSR), había sido detenido doce días antes por personal de la entonces Guardia Civil de la localidad, a pocos kilómetros de su natal Utec, la remota comunidad campesina en la que había nacido treinta y tres años antes. Luego de las gestiones ante las autoridades y de realizar una nutrida manifestación, al mediodía la numerosa comitiva debía volver a la ciudad de Lima. Lidia, Víctor, Marcibal y yo, decidimos que nos quedaríamos a realizar algunas pesquisas.

Tras el retorno de la delegación capitalina se intensificaron los rumores que señalaban que desde las alturas traían el cadáver de Jesús. Nos resistimos a darle crédito al murmullo. No obstante, buscamos cruzar información con diversos personajes; las versiones convergían: a Jesús lo habían asesinado. Cumplidas varias reuniones decidimos trasladarnos a la morgue.

Después de una larga espera en las inmediaciones del nosocomio —confundidos entre la atemorizada población— minutos antes de las 5:40 de una fría y lluviosa tarde, ingresó a la morgue un paquete que los lugareños afirmaban contenía el cadáver de Jesús. Diez minutos más tarde llegó el médico director del hospital. Nos identificamos y se dispuso que pasáramos al reconocimiento del cuerpo. Entonces decidimos que entraríamos solo Marcibal y yo.

Ingresamos a un lugar sórdido, lúgubre, húmedo, sucio y descuidado: el depósito de cadáveres de aquel pequeño pueblo de nuestra serranía. La habitación estaba alumbrada por una mortecina luz amarilla, y las paredes aún conservaban rastros de la pintura verde de la que, quién sabe cuánto tiempo atrás, habían estado cubiertas.Al centro de la pequeña sala, sobre una mesa de cemento yacía un pequeño paquete, de no más de un metro de largo, cubierto por papel de bolsas de azúcar y unas raídas mantas. Nos negábamos a creer que aquello que teníamos ante nuestros ojos pudiera ser un cuerpo. Y si lo fuera, no sería el de Jesús, que medía aproximadamente 1.65 m de estatura.

En silencio y trémulos fuimos descubriendo aquel fardo. El corazón palpitante se negaba a admitir que fuera el compañero, se resistía a que aquello que minutos antes musitaban los lugareños fuera verdad, se oponía a aceptar que aquel bulto fuera Jesús. Estábamos jadeantes, nerviosos, pálidos y helados. Al retirar la cubierta hallamos una escena dantesca. No era el cadáver, sino literalmente los restos de Jesús, que mostraban las huellas de la ferocidad y ensañamiento con que fue mutilado; revelaban la barbarie y el sadismo del que un ser humano es capaz para con su prójimo. Eran el testimonio de los tiempos de incontrolada violencia que vivía el país.

Del pavoroso hallazgo debíamos entonces dar cuenta a nuestros dirigentes. A las 6:15 de la tarde, mientras en la plaza de Puquio los soldados corrían arma en ristre, emprendimos el retorno a Lima. El automóvil avanzaba y al fondo quedaba, cual marcha fúnebre, el sonido del paso ligero que nos recordaba que el terror acechaba cada día, al caer el sol.

El asesinato del líder campesino Jesús Oropeza Chonta constituye un hito de la historia del país. A partir del desvarío del criminal senderismo, la violencia se desbordó aun desde el Estado y sus fuerzas del orden. Una umbría etapa de la historia de la patria.

 

Fernando Peña
03 de agosto del 2018

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