Darío Enríquez

El espejismo de las habilidades blandas

La tiranía de lo emocional y la urgencia del rigor técnico

El espejismo de las habilidades blandas
Darío Enríquez
27 de marzo del 2026

 

Las llamadas “habilidades blandas” gozan hoy de un prestigio casi incuestionable. Se presentan como virtudes indispensables para la convivencia, el liderazgo y el éxito profesional. Sin embargo, esta valoración entusiasta rara vez se somete a escrutinio. Cuando se examinan con cuidado, aparecen zonas ambivalentes que incomodan.

Tomemos la inteligencia emocional. En su mejor versión, alude a la capacidad de gestionar las propias emociones y comprender las ajenas. Pero en su versión degradada, puede convertirse en una forma refinada de manipulación. Quien domina los resortes afectivos ajenos sin integridad, puede influir o torcer decisiones, practicando un cinismo eficaz: donde la persuasión ventajista y la instrumentalización del otro importa más que la razón.

Algo similar ocurre con la empatía cuando se vuelve mandato. Se la exige con insistencia, pero esa exigencia encierra una paradoja: reclamar empatía, a menudo, implica no ejercerla; es decir, no comprender los límites o las razones del otro para no responder emocionalmente como uno espera. Cuando pierde su carácter genuino, la empatía se transforma en una forma ilegítima y perversa de presión moral.

Además, la conexión con los sentimientos ajenos puede desplazar a la objetividad. Decidir con base en cómo “se siente” algo puede sacrificar la evidencia. Un juez excesivamente empático puede fallar erróneamente; un médico que prioriza el consuelo sobre el diagnóstico riguroso puede ser negligente y causar mayores estragos en la salud del paciente; un líder que evita decisiones difíciles por no incomodar, termina perjudicando al colectivo. No todo lo sensible es deseable en todo momento.

Incluso la comunicación efectiva y el trabajo en equipo presentan riesgos estructurales. Comunicar "bien" no es necesariamente comunicar la verdad; a menudo, se reduce a una destreza persuasiva donde la forma desplaza al fondo, logrando que mentiras bien empaquetadas parezcan certezas. Por su parte, el trabajo en equipo sin criterio degenera en el pensamiento de grupo (groupthink): una dinámica donde nadie cuestiona nada para evitar el conflicto. Así, el error se vuelve colectivo por puro conformismo, conveniencia y pasividad.

Por eso conviene plantear una premisa incómoda: sin habilidades “duras”, las habilidades blandas son peligrosas. La empatía sin conocimiento valida el error; la comunicación sin contenido amplifica la falsedad; el liderazgo sin competencia técnica conduce al desastre pero proyectando un (inútil) carisma impecable.

Esto no implica negar el valor de lo “blando” sino rescatar su función original. No se trata de ser menos humanos para ser más técnicos, sino de usar nuestra humanidad para darle propósito al rigor. Las habilidades blandas son complementarias, no sustitutivas. Son formas, no fondos. La verdadera maestría profesional no reside en la "blandura" por sí misma, sino en la integración: un dominio técnico exigente acompañado de madurez emocional, pero nunca como reemplazo de lo esencial. Sin rigor, lo blando no es solo vacío; puede llegar a ser una riesgosa fachada para la incompetencia.

Darío Enríquez
27 de marzo del 2026

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