Pedro Corzo
Criminalizar a las dictaduras
Actúan con impunidad en todo el continente

En las relaciones internacionales debería regir una especie de código penal que disponga que, al igual que un ciudadano es sancionado cuando infringe la ley, los gobiernos que cometen una transgresión deberían ser penados. Este debería ser uno de los primeros compromisos de los países democráticos y de entidades como la Organización de Estados Americanos. Estas corporaciones deberían asumir el papel de fiscal y juez contra cualquier régimen que violente los derechos de sus ciudadanos, y no dejar que las arbitrariedades se conviertan en una práctica sistemática y permanente.
La impunidad con la que actúan las dictaduras en general, sin importar su identidad, es un incentivo para que no cesen en su escalada criminal. La comunidad internacional debería acatar y ejecutar los patrones morales sobre los cuales afirman sostenerse, y desde la primera transgresión dictar sentencia condenatoria a los infractores.
Los dictadores y sus sabuesos no se detienen ante advertencias sino ante hechos. Los resultados de los acuerdos de Múnich, entre Adolfo Hitler y Neville Chamberlain, fueron una muestra de que los tiranos solo entienden con el garrote. La laxitud del presidente Franklin Delano Roosevelt en sus conversaciones con José Stalin casi permiten que el déspota soviético se echara a Europa entera sobre sus hombros.
Los opresores pueden estar locos, pero no son tontos. Ellos van experimentando con el pueblo que sojuzgan y con la comunidad internacional sus posibilidades de causar daños sin consecuencias. Está demostrado históricamente que Hitler no empezó su gobierno ordenando asesinatos en masa o ejecutando el Holocausto, Stalin tampoco inicio su dictadura con los espurios Procesos de Moscú ni Mao Tse Tung armó La Revolución Cultural en la primera semana de su mandato. Tantearon a sus súbditos y fueron catando como respondían sus iguales a sus agresiones.
Los tiranos, mientras más abusivos, más gustan encubrir sus inmundicias; de ahí la necesidad de que no cuenten con impunidad para cometer sus tropelías. La impunidad con la que actúan las dictaduras es consecuencia de la falta de cohesión de sus ciudadanos. El miedo que corroe a sus víctimas reales y potenciales tal parece que hace presa de muchas de las personas con capacidad para incriminarlo.
Estados Unidos y la Unión Europea son supuestamente las entidades más comprometidas con el respeto a la dignidad humana. Sin embargo, a ambos les cuesta mucho trabajo sancionar a los criminales internacionales, y actúan por lo regular largo tiempo después que estos han cometido sus crímenes más horrendos. Una situación que la mayoría de las veces responde a los compromisos de funcionarios electos y burócratas, o a intereses mezquinos de los sectores del poder.
En Nuestra América hay tres países que vienen padeciendo regímenes de oprobio desde hace décadas –Cuba, Venezuela y Nicaragua– y uno que incomprensiblemente enfrenta una crisis de gobernabilidad crónica, Haití, que azota a su sociedad como un sismo interminable. El pueblo haitiano merece la solidaridad hemisférica. Es preciso ayudarlo a salir de la devastación sistemática que sufre. Es fundamental que la proclamada solidaridad y hermandad del nuevo continente se haga efectiva, o van a esperar a que la inestabilidad existente se reproduzca en otros países.
En lo que respecta a los regímenes villanos por vocación y la ambición de sus caudillos, debemos recordar que son consecuencia de la alianza de tres déspotas: Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega. Una alianza entre caciques militares que, para perpetuarse en sus regímenes y extender su influencia a todo el continente, idearon una tramoya populista inspirada en el marxismo, cuya actuación se nutre del crimen organizado.
Es vital para estos cuatro países que el gobierno de Estados Unidos actúe con la firmeza que la conducta de cada uno de ellos demande. Es hora de imponer un manto de sanciones a todos los funcionarios de estos regímenes y disponer medidas que limiten la actuación de sus gobiernos: todos sus subalternos son cómplices de un poder estatuido sobre los abusos públicos, y no se les debe dejar espacios para sus depredaciones. Como dice un refrán colombiano, “es mejor ponerse colorado un ratico y no toda la vida”.
El presidente Joe Biden, los mandatarios democráticos de las Américas y la Unión Europea deben cortar la electricidad de las dictaduras del continente. De lo contrario, nos cortaran la luz a todos.
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