Juan Carlos Llosa

Conservadurismo: filosofía, evolución e influencia

Una de las ideologías más influyentes de los últimos 200 años

Conservadurismo: filosofía, evolución e influencia
Juan Carlos Llosa
21 de enero del 2020


El pasado 29 de noviembre se realizó en Lima el
Primer Encuentro de Cultura Política en el Perú, que trató el tema de la evolución histórica del conservadurismo político, también llamado “conservatismo” en el mundo anglosajón. En él participaron los distinguidos intelectuales Francisco Tudela, Fernán Altuve y Eduardo Hernando, que abordaron diversos temas inherentes a aquel pensamiento político, desde una perspectiva académica. 

En su obra Conservadurismo (1986), el sociólogo norteamericano Robert Nisbet sostiene que este, el liberalismo y el socialismo son las tres ideologías más influyentes de los últimos 200 años. Los principios del conservadurismo, empírico en esencia, se fundan en la defensa irreductible de la tradición, de la religión, del poder del Estado, de la experiencia, del orden creado por las instituciones que domestican y civilizan al hombre, y promueve valores como la prudencia y el escepticismo.

Con Edmund Burke en Reflexiones sobre la Revolución francesa, el conservatismo emprende sus primeras batallas contra la racionalidad de la modernidad –presentado como exclusivo intérprete de la realidad– y de la ilustración y sus utopías sobre el hombre y el mundo perfectos, que son antagónicas –y en muchos casos con ferocidad jacobina– a las instituciones del llamado Ancien régime (como la monarquía, la Iglesia católica y la familia) y a las relaciones comunitarias. Con la restauración borbónica en Francia, hacia el año 1814, el conservadurismo alcanza una de sus victorias políticas más memorables al volver al poder en una suerte de reivindicación de la sangrienta caída en 1792 de la milenaria corona de Carlomagno a manos de los radicales de la Convention nationale, antepasados de los bolcheviques. 

De alguna manera este pensamiento político nace en respuesta a las ideas que se materializan en el proceso revolucionario francés, como una suerte de hijo no deseado de la revolución de 1789. A poco de iniciado el siglo XX, el conservadurismo aún añora la monarquía absolutista, continúa ultramontano y sigue siendo enemigo obstinado del liberalismo. Más tarde enviaría sus dardos contra el socialismo marxista y cedería en parte a sus enconos al enemigo primigenio. Con el aburguesamiento del comunismo soviético estalinista, y disminuidos los efectos de su retórica tras el auge del estado bienestar en Europa occidental, pierde relevancia. Es a mediados de siglo que recibe una importante relanzamiento intelectual de la mano del filósofo político norteamericano Russell Kirk. 

Kirk, en su clásico Un programa para conservadores (Madrid, 1957), nos ayuda a comprender mejor la identidad de quien practica la filosofía política que nos ocupa: 

“El conservador cultivado cree en el Principio, es decir: en los valores perdurables descubiertos a través de la estimación y la sabiduría de las generaciones que han muerto, del estudio de la historia y de la conciliación de la autoridad con las circunstancias cambiantes de nuestra vida”; para luego sentenciar que “nuestro tiempo, casi enfermo hasta la muerte de utilitarismo y positivismo, clama por el mito y la parábola. (…….) Puede que el conservador fracase en su intento de redimir a la sociedad moderna de su peligroso estado; pero si fracasa ya no tenemos esperanza en este mundo”. 

Parece ser que las palabras de Kirk vislumbraron lo que habría de venir: las irreverencias y la agitación social del mayo francés del 68. Con las calles de París efervescentes e inundadas de rebeldía, la filosofía conservadora vuelve a la carga en rescate de la autoridad malherida y opone muros de titanio a la contracultura de 1968, que llama a prohibir el prohibir y a transformar la sociedad con tempranos estandartes verdes y multicolores. Fracasa de momento, pero el movimiento ya ha sembrado para un nuevo Mayo, y para el tercer milenio ha crecido orondo y protagoniza una de la guerra de las ideas más duras que se han dado en la historia de la civilización. 

En una suerte de Guerra Santa, personalidades tan admiradas como San Juan Pablo II, del lado del conservadurismo, se baten contra el marxismo cultural que suele asociarse a Antonio Gramsci –apellido tantas veces mal pronunciado y obra peor comprendida– y que se aúna al individualismo y utilitarismo benthamiano del liberalismo clásico. Los efectos de marxismo cultural o posmarxismo, como le llaman algunos, está muy bien desarrollado en una obra reciente de Nicolás Márquez y Agustín Laje (Buenos Aires, 2016) y en la acción política desafían partidos como Vox en España, a los que se les denosta con el mote de fascistas, cuando esa corriente política –más acción que idea– creada por Mussolini fue antirreligiosa y anticlerical, lo que la ubica en las antípodas de la filosofía conservadora.

Para el conservadurismo y para el liberalismo, antagonistas de nacimiento, la propiedad es un bien muy preciado y un elemento clave de sus credos, pero vista desde cristales diferentes. Para el primero la propiedad privada es símbolo de heredad, de ancestro, de orgullo de pertenencia, de las relaciones comunitarias anteriores al estado que luego se extenderán a la idea compartida de la Patria que encauza el corazón de los individuos, por lo tanto un espacio que no debe ser vulnerado por la sociedad política, es decir por el estado. Mientras tanto para el liberalismo, la propiedad es símbolo de libertad y relaciones económicas sólo enajenable a voluntad del individuo o por acción de la justicia, o por necesidad del desarrollo urbanístico con el respectivo justiprecio, todo esto bajo régimen democrático. Para uno el estado es una institución social con valores espirituales y virtudes como lo exalta el pensamiento hegeliano. Para el otro, en un sentido clásico, una institución onerosa con tendencia a la ineficiencia y al mal uso del poder, pero un mal necesario, por eso que mientras más pequeño mejor. 

En ese sentido, Mario Vargas Llosa en su obra La llamada de la Tribu (2018), sostiene que: “El conservadurismo y el liberalismo son cosas diferentes, como lo estableció Hayek en un ensayo célebre. Lo cual no quiere que no haya entre liberales y conservadores coincidencias y valores comunes, así como los hay también entre el socialismo democrático-la socialdemocracia-y el liberalismo”

Para fines de los setenta el conservadurismo acepta sin mucha convicción al liberalismo económico relanzado por las innovaciones de Milton Friedman y de la Escuela de Chicago que son llevadas con éxito a la política por Thatcher y Reagan, lo que suele confundirse con el neoliberalismo, corriente fundamentalmente centrada en la economía. Para ese entonces ya existe una nueva teoría política llamada neoconservadurismo que ha surgido de las ideas del antiguo trotskista Irving Kristol entre otros, que florece en EEUU y que incorpora el individualismo, el liberalismo económico y la geopolítica. A fines de los noventa y más aún después del Septiembre 11, los famosos neocons, (los halcones, los hard power), dominaron la política del Departamento de Estado.

Otro autor importante, en la línea de los neoconservadores, es Samuel Huntington quien en su clásico El soldado y el Estado (Buenos Aires, 1995) hace una interesante comparación entre la ética profesional militar y las ideologías políticas. En el caso del conservadurismo el también autor de Choque de civilizaciones hace este análisis:

“A diferencia del liberalismo, el marxismo y el fascismo, el conservadurismo es básicamente similar a la ética militar, por cierto, se consideró apropiado designar a la ética militar como una ética marcada por el realismo conservador. En sus teorías del hombre, la sociedad y la historia, su reconocimiento del papel del poder en las relaciones humanas, su aceptación de las instituciones existentes, sus metas limitadas y su desagrado ante los grandes designios, el conservadurismo es equivalente a la ética militar. Lo más importante de todo, el conservadurismo, a diferencia de las otras tres ideologías, no es monista ni universalista. No intenta aplicar las mismas ideas a todos los problemas y todas las instituciones humanas. Permite una variedad de metas y valores. En consecuencia, el conservadurismo es la única de las cuatro ideologías que no está llevada por su propia lógica a un conflicto inevitable con los valores militares que surgen de las exigencias de la función militar. Solo el conservador no tiene un modelo político-ideológico que imponerles a las instituciones militares. Si bien existe un contraste y un conflicto natural entre la ética militar y el liberalismo, el fascismo y el marxismo, existe una similitud y compatibilidad natural entre la ética militar y el conservadurismo”. 

En nuestro país, José María Pardo y a Bartolomé Herrera son las principales figuras conservadoras de las primeras décadas del Perú republicano. Con este último, según Gonzalo Portocarrero, el conservadurismo recupera nivel ideológico y capacidad de propuesta política. Para 1884 el abogado y teólogo Pedro José Calderón crea en Lima el primer -y único de ese nombre en nuestra historia política- Partido Conservador del Perú, que existe hasta la muerte de su fundador al año siguiente. Esencialmente ultramontano, el Partido Conservador; como sostiene el distinguido historiador Héctor López Martínez en un artículo publicó en El Comercio en 1984, al cumplirse el centenario de su creación:

“Exalta la lucha de la fe ortodoxa que había creado nacionalidad y la fe republicana con al cual el Perú había nacido a la vida independiente y arremete contra el liberalismo que desnaturaliza la libertad que la de medio en fin y desemboca en espantosos horrores del nihilismo”. La declaración de principios del Partido Conservador, dice López Martínez, considera: “La militancia católica practicante de los miembros del partido. La unidad social era la familia, que la autoridad era una necesidad esencial de la sociedad y única fuente de la ley, y que sin esta, la libertad no podía concebirse, que el equilibrio perfecto entre autoridad y libertad debía ser aspiración suprema de toda sociedad y el tanto la ciencia, la virtud, la sabiduría, el genio y todo lo que constituye el valor de cada individuo eran los únicos títulos de preeminencia, de honor y de premios”. 

En el siglo XX, José de la Riva Agüero y Osma sería su más ilustre profeta. Llegados los años treinta, los valores que pregona el conservadurismo nacional pasarán del discurso filosófico, del sermón del púlpito, de la columna de la edición matutina de El Comercio, o del salón del club de amigos decimonónico; al sentir de la masa con la creación del partido político Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro y de Luis A. Flores, que representa el llamado populismo conservador. Más tarde el urrismo se divide y para fines de los cuarenta ha desaparecido de la órbita electoral, sin embargo a la década siguiente –y en adelante- diferentes movimientos políticos – a los que suelen llamárseles generosamente en general partidos en nuestro país- de populismo conservador tendrán significativos resultados en los no tan frecuentes procesos electorales presidenciales del siglo XX. 

Con todo, y como reflexionara el politólogo Alcides Albente hace algunos años en un artículo sobre el populismo conservador, ese gran partido soñado por Calderón, Riva Agüero y otros; uno con muros antisísmicos capaces de resistir los embates de huracanes y tsunamis que arremeten, de cuando en cuando, a nuestra agitada vida nacional y sobrevivir, sigue estando pendiente de construcción.

Juan Carlos Llosa
21 de enero del 2020

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