Darío Enríquez

¿Cómo enfrentar la crisis de violencia urbana que nos abruma?

¿Cómo enfrentar la crisis de violencia urbana que nos abruma?
Darío Enríquez
01 de noviembre del 2017

Más allá de la escalada de violencia real y mediática que sufrimos

 

Enfrentar la escalada de violencia, y su correspondiente agitación mediática, ha marcado en las últimas semanas la agenda de los poderes estatales y su deber de proteger a la sociedad. Nuestro Estado se muestra incapaz de atender lo que le corresponde por definición. Ya es tema conocido su insaciable parasitismo, que consume cada vez más recursos extraídos con violencia a sus ciudadanos, sin brindar la contraprestación mínima necesaria y suficiente.

En medio del sesgo que pretendía reducir esa enorme escalada a la violencia “de género”, a partir de la execrable violación sexual de una empadronadora del censo por un hombre que era censado por ella, dos hechos cambiaron totalmente el panorama: 1) un taxista fue brutalmente golpeado por un hombre, luego de defender a una mujer que iba a ser violada sexualmente por ese hombre; 2) una joven mujer, en el lapso de 45 minutos, mató a balazos a dos hombres en dos lugares diferentes, casi por el gusto de hacerlo y mostrar poder.

Es evidente que el problema aquí no solo es la violencia “de género”. Hay un clima de violencia latente generalizada que brota con frecuencia, haciéndose dolorosa realidad. Esa crispación que mencionamos en un anterior artículo. Entonces, siguiendo el viejo y gastado camino de “necesitamos una ley para”, se ha retomado el tema de la pena de muerte para graves delitos, tales como: a) violación sexual de menores, b) terrorismo, c) sicariato.

Estamos en medio de una discusión de pocas luces, pero enorme despliegue mediático. Las cortinas de humo son muy convenientes para un Gobierno como el de PPK, que no es capaz de enfrentar los retos propios y encima se crea problemas artificiales día a día. Entre estas cortinas de humo y el opiáceo tema de la selección de fútbol, se pretende ocultar debajo de la alfombra la grave implicación directa del actual presidente Kuczynski como operador principal del aparato criminal para delinquir que montó el expresidente Alejandro Toledo entre 2001 y 2006, gracias al cual recibió al menos US$ 23.5 millones en coimas. Sin duda, Toledo no podía hacerlo todo él solo, necesitaba de ese aparato criminal.

Volvamos al tema. Se pide cadena perpetua para el delito de violación sexual, mientras el delito de terrorismo se castiga con penas que oscilan entre 15 y 25 años. Sin duda el delito de terrorismo es mucho peor. Por su lado, los sicarios menores de edad no son imputables, y los otros muy pocas veces son capturados. Si no se revisan estos temas de modo integral y racional, pues entonces llegaremos a tales absurdas incoherencias.

La llamada Ley del Talión o similares sentaron las bases de un sistema judicial civilizatorio. Antes de ellas, un crimen era pagado por una venganza aleccionadora muy superior al daño causado. Se ha recorrido un largo camino de idas y venidas, de avances y retrocesos, asignando penas con tendencia cada vez más proporcional al delito cometido. Al principio, el “ojo por ojo y diente por diente” fijó esa proporcionalidad en términos de igualdad y luego derivó a equivalencias o analogías diversas, pues no siempre era posible su aplicación igualitaria estricta.

 

Las ideas rousseaunianas de “el hombre nace bondadoso pero la sociedad lo corrompe”, abrieron las puertas a una perversión del sistema judicial. A veces no damos mayor importancia a las ideas y apostamos mas bien por los hechos. Sin embargo, las ideas tienen consecuencias y las ideas malas tienen pésimas consecuencias (Rallo, 2012). Así, se retorció y pervirtió la identificación objetiva de un delito y su perpetrador, victimizando al delincuente y criminalizando a la víctima; y luego al conjunto de la sociedad ,pues “el sistema tiene la culpa”. La causa fundamental de por qué sufrimos una grave crisis de delincuencia urbana es que las nuevas leyes y procedimientos “garantistas” dan incentivo al crimen y protegen a los delincuentes, castigando incluso a las víctimas que se atrevan a defenderse (Dellutri 2010). Este es un fenómeno que afecta a todas las sociedades. Y las que hoy tienen bajos índices de delincuencia es porque ya habían llegado a esa situación antes del “garantismo” (pensamos en Europa occidental), y entonces los incentivos a la delincuencia no afectaron tanto; como sí sucedió en nuestra sociedades, las del hemisferio sur.

A quienes pretenden enfrentar este fracaso del Estado con más Estado, levantando la bandera del enfoque de género u otros “constructos sociales”, les decimos que no. Se trata de personas agrediendo a otras personas, de antisociales perpetrando delitos contra ciudadanos inocentes y muchas veces indefensos. Primero, debemos tener menos Estado volviendo a las bases mismas de la lógica, la racionalidad y la responsabilidad que debe asumir quien cometa un delito. Nada de teorías absurdas que santifiquen a los delincuentes y criminalicen a las víctimas. Segundo, entender y asumir que gran parte de la crisis es porque hemos dejado al abandono y permitido que sea atacada, agredida y mermada una institución fundamental de nuestra civilización: la familia. Debemos recuperar y promover su rol en la forja de los valiosos ciudadanos del mañana. Nada mejor que el ambiente familiar tradicional, decantado, definido y cimentado en 50,000 años precivilizatorios y 5,000 de civilización humana. Su evolución cultural y adaptación dinámica a los nuevos tiempos es permanente y sobre todo espontánea.

 

Un proceso tan complejo no puede ser reemplazado ni desvirtuado por “genialidades” constructivistas ultraideologizadas, que con la complicidad de la violencia estatal, pretenden deconstruir la familia tradicional y reemplazarla por “enfoques heroicos” en nombre de una falsa modernidad. El complemento de la escuela primaria y secundaria —con apenas algo más de un siglo de vigencia— debe manejarse con sumo cuidado, sin desplazar ni distorsionar la esencia de la familia y su rol central. Ya pretendieron hacerlo antes con el sistema económico marxista que terminó en ruidoso fracaso. Ahora los gramscianos quieren “cargarse” la cultura y la familia. El equilibrio de la sociedad y un sano futuro en libertad, dependen de proteger, cautelar y promover la familia tradicional. El resto viene por sana consecuencia. Experimentos de ingeniería social han logrado algunos resultados materiales, pero al mismo tiempo vienen destruyendo el tejido social y comprometen su futuro. La vieja Europa lo sabe, pues en medio de una grave crisis moral no encuentran ni encontrarán una salida mientras persistan con esos experimentos.

Será entonces necesario aplicar un enfoque de dignidad humana, en el que la igualdad ante la ley se fundamente en esa dignidad intrínseca a todo ser humano y no se alimente falsos conflictos ideológicos entre razas, sexos, géneros o culturas. Debemos centrarnos en la defensa de la familia tradicional como institución espontánea, ideal e irremplazable en el tejido social. El Estado tiene la misión directa de acompañar a las familias y las comunidades, no la arrogancia fatal de pretender corregirlas. El falso igualitarismo debe dar paso al trato preferencial a niños, mujeres y ancianos en lo que resulte pertinente. Los principios de cooperación voluntaria y coexistencia pacífica serán entonces elementos claves en la recuperación de la paz social, llevando los niveles de violencia y delincuencia a mínimos históricos y perfectamente manejables.

Darío Enríquez

Darío Enríquez
01 de noviembre del 2017

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