Christian Luján
BTS y la decadencia de la masculinidad
Una industria cultural que está destruyendo lo que significa ser hombre
La llegada de la banda surcoreana BTS a nuestro país confirma que el denominado K-Pop posee una gran capacidad económica y cultural. La Cámara de Comercio de Lima (CCL) señala que los conciertos que realizarán en estos días reunirán aproximadamente a cerca de 118,000l personas y producirán un movimiento monetario de entre S/ 150 millones y S/ 200 millones en lo que respecta a venta de entradas, hotelería, transporte, gastronomía y comercio en general. Esta es una realidad innegable, y muchos la celebran. Pero para algunos que consideramos que en nuestro país deben promoverse principios adecuados, las preguntas que nos hacemos son las siguientes: ¿qué representa esta banda musical en nuestra sociedad?, ¿por qué su presencia despierta gran fascinación en poblaciones femeninas juveniles? y ¿qué revela sobre los modelos de masculinidad que existen en nuestro país?
Para empezar, esta banda musical encaja en lo que se denomina como “masculinidad suave”, que básicamente simboliza el desplazamiento del ideal masculino clásico protector, sacrificado y firme por el ya señalado. Prevalece en ellos una estética andrógina, expresividades emocionales exacerbadas y un rechazo por los códigos de virilidad tradicionales. Esta versión de masculinidad alicaída colisiona con los modelos de masculinidad clásica sana.
Una masculinidad clásica sana y responsable no está asociada a acciones como golpear, humillar o silenciar a las personas. Genuinamente, esta consiste en gobernarse antes de pretender dirigir; dominar la fuerza para emplearla en defensa del débil; soportar sacrificios sin abandonar las responsabilidades; proteger, proveer, liderar y ofrecer ejemplo. La firmeza sin templanza produce al abusador, pero la sensibilidad sin fortaleza produce al hombre incapaz de sostener a otros cuando llega la adversidad. Ni el déspota ni el eterno adolescente representan una masculinidad digna. Y es que claro, no se pretende aquí negar la existencia o defender versiones distorsionadas y desnaturalizadas como la de los hombre abusivos y violentos, pero no por despreciables ejemplos, podemos generalizar.
Esta tendencia contemporánea merece ser analizada con ojos críticos. Una sociedad que ridiculiza sistemáticamente la fortaleza masculina, pero normaliza la fragilidad como ideal superior, debilita virtudes indispensables para la defensa de la familia, la comunidad y la nación. Hoy en día, al hombre se le permite ser ornamental, vulnerable y complaciente, pero se le ve con temor o desconfianza cuando aspira a ejercer autoridad, cultivar su fortaleza física, proteger a los suyos o asumir liderazgos firmes. La susodicha “masculinidad suave” no representa una simple ampliación de las “posibilidades” o “maneras” de “ser hombre”, representan un peligro como señalamos antes. Esto ya que si este enfoque se sigue normalizando o incluso, si se convirtiera en un modelo dominante o hegemónico, desplazaría las virtudes específicamente masculinas y nuestros hombres ante alguna amenaza individual o colectiva real no tendrían las herramientas clave para ejercer una defensa propia o de un grupo, materializando así una muestra de su desnaturalización.
En este punto, como hombres, se deben reconocer responsabilidades. Si muchas mujeres encuentran más seguridad o atracción hacia una masculinidad suavizada, es probable que sea porque numerosos hombres han desnaturalizado su hombría y han convertido esta virilidad en una caricatura repulsiva. El violento se reclama como un “macho”; un padre que abandona a sus hijos se justifica en su “libertad” y el vulgar considera que imponer miedo es sinónimo de ganar respeto. Muchos hombres han desacreditado el ideal masculino al alejarlo del honor, el autocontrol y el servicio a los demás. Y después nos sorprende que se prefiera una imagen que, aunque debilitada, para ellas es inofensiva.
Obviamente, la solución ante esta situación no puede ser la promoción de un hombre sin fuerza. Las familias, las comunidades, la sociedad y la civilización en general requieren de varones presentes, responsables y capaces de asumir responsabilidades y de proporcionar soluciones. Una serie de estudios han encontrado efectos positivos de la participación paterna en la crianza de los hijos, entre ellos mejores resultados sociales, psicológicos, conductuales y cognitivos. Otra revisión de 44 investigaciones halló mejoras asociadas con intervenciones que fortalecen la paternidad responsable, la crianza positiva y la relación entre padres e hijos. La presencia masculina comprometida produce consecuencias sociales verificables y positivas.
La idea de estas líneas no es atacar a la banda surcoreana o a sus admiradoras. Lo que se busca aquí es cuestionar una industria cultural que transforma la fragilidad masculina en mercancía y una sociedad que ha perdido el lenguaje para elogiar la virilidad sin confundirla con machismo. Cuidar la apariencia y expresar sentimientos no destruye la masculinidad, para nada; no obstante, convertir la delicadeza, la complacencia y la vulnerabilidad permanente en su horizonte superior, sí la vacía completamente.
El Perú no necesita hombres agresivos, pero tampoco hombres débiles que se disculpen por ser fuertes o por su naturaleza. Necesitamos una auténtica masculinidad: disciplinada, protectora, valiente, responsable y gentil cuando corresponda. Si el antiguo modelo fue corrompido por el abuso, debemos rescatarlo de sus impostores y no entregarlo al olvido. La fuerza masculina no debe desaparecer, tiene que volver a estar al servicio del bien.
















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