Jorge Varela

La soberanía en sociedades frágiles

El apabullante auge del discurso soberanista

La soberanía en sociedades frágiles
Jorge Varela
06 de octubre del 2026

 

Una sociedad es reflejo y compendio de las personas que la integran en un espacio circunscrito, en un momento determinado del tiempo. No todas las sociedades son idénticas; aunque puedan parecerse, no son lo mismo. Su fisonomía es un espejo de los seres que la conforman y le dan sangre y energía a su existencia.

La dinámica  de una sociedad es producto de la acción e interacción entre diversos componentes. Puede ser que una mayoría de sus habitantes se encuentren fatigados, confundidos, asediados, aunque el espíritu social permanezca. La historia de la evolución humana es abundante en ocasos y atardeceres grises.

 

Reposo hormonal o fatiga moral

Son los individuos –con sus atributos y carencias, con sus fortalezas y debilidades, con sus éxitos y fracasos– quienes dan forma y proyección al destino de una sociedad avanzada, en desarrollo o situación mísera, próspera o fallida. La vitalidad orgánica y moral del sujeto activo es clave en este sentido. A propósito de la vitalidad moral, ¿qué ocurre con la actividad política y el reposo hormonal de sus diversos actores? ¿Qué acontece con el desempeño de dirigentes y gobernantes, cuando una sociedad comienza a zozobrar? 

Referirse de modo benevolente a los ‘fatigados morales’ o ‘en reposo hormonal’, pareciera un enfoque suave e insuficiente para describir su ausencia -o desidia- en situaciones de corrupción y abuso, como las que emanan del barro social y son conocidas a cada instante.

A la hora de exigir cumplimiento de tareas y resultados, no es admisible hacer distinción entre aquellos que adscriben a la izquierda, a la derecha o al centro del espectro ideológico. La vara de evaluación debe ser imparcial, las simpatías o afectos militantes no sirven.

 

Auge del discurso soberanista

En circunstancias como las expuestas, cuando las izquierdas y las derechas esmirriadas se encuentran en desventaja en su lucha por la hegemonía y los espacios de dominación se les escabullen, recurren al discurso de la soberanía, como si ésta fuese una cobija protectora. Hoy el planeta constata la difusión de un creciente soberanismo izquierdista.

En medio de la expansión de las controversias, de los conflictos, de las guerras entre Estados, en el planeta Tierra ha resurgido el viejo concepto de soberanía. ¿Qué significa esta expresión que parecía confinada al espacio académico, circunscrita al debate jurídico en organismos y tribunales internacionales, objeto de atención preferente por parte de las cancillerías de países que mantienen situaciones fronterizas sin resolver o de límites porosos con otros?

La soberanía está vinculada a la independencia, autodeterminación, al poder, mando o dominio; a lo supremo. Se distinguen varios tipos: popular, nacional, territorial (interna), hemisférica, internacional (externa). Según sus características puede ser: absoluta, inalienable, perpetua, indivisible. La soberanía es “el poder político supremo y la autoridad legítima que posee un Estado independiente para gobernarse a sí mismo” (Real Academia Española de la Lengua).

Sus límites se hallan en el imperio de la paz, la libertad, la seguridad, la convivencia y la buena voluntad, mientras el orden internacional, la ONU y el multilateralismo yacen en el suelo.

 

Una visión apabullante

Según el historiador inglés Francis H. Hinsley, ”los hombres no aceptan ni se someten a la soberanía: aceptan y se someten a la autoridad o al poder. La autoridad y el poder son hechos tan viejos y omnipresentes como la sociedad misma, pero no en todas partes ni en todas las épocas han disfrutado del apoyo o sufrido las limitaciones que la soberanía, una teoría o concepción del poder político, tratan de edificar para aquéllos”.

Aunque tratemos a la soberanía como algo concreto que se puede ganar o perder, la soberanía no es un hecho. “Es un concepto que en determinadas circunstancias el hombre ha aplicado, una cualidad que ha atribuido o una reivindicación que ha contrapuesto al poder político que él o los demás ejercen”.

Sea lo que fuere lo que se opine de él en las sociedades avanzadas, “el término soberanía originariamente y durante mucho tiempo expresó la idea de que hay una autoridad final y absoluta en la comunidad política”. A unos les habrá parecido, por ejemplo, necesaria; a otros, superflua, opinando que no existe una autoridad final y absoluta fuera de la comunidad. Si deseamos explicarnos por qué el hombre ha pensado el poder en forma de soberanía sólo debemos indagar por qué ha supuesto que había una autoridad final y absoluta en su sociedad y por qué no siempre lo supuso así.  

Se trata de un concepto que puede engendrar o devenir en abuso, en arbitrios, en casos bélicos. Todo es cuestión de poder, de tamaño, de fuerza. No existen Estados iguales. Los hay grandes, poderosos. Los hay pequeños, débiles. Una soberanía puede colisionar con otras soberanías. Precisamente los principios y fundamentos del orden mundial aún vigente han sido cuestionados por consideraciones geopolíticas, ideológicas, económicas, incluso civilizatorias ancestrales. Es nuestra real-realidad.

Jorge Varela
06 de octubre del 2026

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