Renatto Bautista
Arendt y los orígenes del totalitarismo
No se debe defender nunca a regímenes totalitarios

Hannah Arendt (1906-1975) fue una filósofa alemana de origen judío, quien sufrió en carne propia la perversidad de la Alemania nazi. Arrestada en 1933, le fue retirada la nacionalidad alemana en 1937. En 1951 publicó su obra más importante, "Los orígenes del totalitarismo", un análisis profundo de las dos ideologías más crueles y mortales del siglo XX: el nazismo y el estalinismo.
En este magistral libro, Arendt demuestra cómo el antisemitismo, lamentablemente vigente hasta nuestros días, está relacionado directamente con el nacionalismo más anacrónico. Esta reflexión se aplica a la realidad actual, donde en algunas universidades occidentales, decenas de alumnos piden la eliminación del Estado de Israel, apoyando a la organización terrorista Hamás. La autora compara el nazismo y el estalinismo; personalmente, considero que el término bolchevismo o socialismo soviético habría sido más adecuado para describir el régimen posterior a Stalin, ya que la Rusia soviética siguió siendo totalitaria. Sin embargo, esta discrepancia no resta importancia a la obra de Arendt, quien concluye acertadamente que en ambos regímenes la población, enferma de odio debido a una tremenda maquinaria de propaganda política, creía en una “política de admiración del crimen”.
Históricamente, en Occidente se ha demostrado que los psicópatas son aquellos que apoyan a un líder que comete públicamente el mal contra quienes discrepan de él. Ante esta constante histórica del siglo XX, me siento cuerdo al no haber defendido nunca a regímenes totalitarios que practican el mal como política central. Estas palabras me recuerdan lo que decía el Papa Juan Pablo II como catedrático de Ética en la Universidad de Lublin: “El nazismo fue derrotado, para dar paso a una ideología igualmente perversa, pero con otro nombre”. Sin duda, Juan Pablo II se refería al estalinismo, aunque yo lo hubiera llamado bolchevismo o socialismo soviético.
Volviendo a Arendt, coincido en su análisis sobre la alianza temporal entre la élite económica o política y las masas en apoyo al caudillo totalitario. Las tragedias en Occidente, en mi opinión, se deben a la permisividad o al silencio cómplice de las élites frente al accionar del dictador totalitario. Por ejemplo, a Hitler debieron detenerlo en la Conferencia de Múnich, pues era evidente que tras los Sudetes de Checoslovaquia, iría por Polonia, como sucedió el 1 de septiembre de 1939. Era evidente que Hitler, un psicópata, representaba un gran peligro para toda Europa.
Finalmente, Arendt determina que el terror es fundamental en todo régimen totalitario, y añadiría que se respalda en la censura y la mentira. Recordemos que la Alemania nazi se quejaba de una supuesta conspiración judía internacional (una tremenda mentira), mientras que la Rusia soviética alegaba que el “imperialismo” conspiraba contra ellos. Ambos regímenes actuaban basados en la mentira. Ante la vil censura de pigmeos éticos, debemos recordar que la verdad nos hará libres, como está escrito en el Evangelio de San Juan. ¿Acaso Juan Pablo II se quedó callado ante la Alemania nazi? ¿Se quedó callado ante el ateísmo totalitario de la Rusia soviética en Polonia? ¿Winston Churchill se quedó callado ante la amenaza nazi desde enero de 1933? ¿Charles de Gaulle se quedó callado ante la invasión nazi de Francia? Indudablemente, los cobardes callan por miedo, pero los hombres libres siempre han luchado contra el mal del totalitarismo.
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