César Félix Sánchez

2020: el año que vivimos en peligro

El mayor problema, como siempre, fueron los políticos

2020: el año que vivimos en peligro
César Félix Sánchez
27 de diciembre del 2020


Este año misterioso concluye dejando una estela aún más misteriosa de consecuencias. La muy segura reelección de Trump acabó complicándose hasta un nivel inaudito. Y según dicen algunos, la emergencia sanitaria –y las universales protestas violentas, desde Chile hasta Polonia y Francia, con el mismo rollo antipolicial– hicieron entrar en sus cabales a un electorado díscolo para que vuelva a optar por los viejos amos globalistas. La sorpresa es que los opinadores internacionales nos vendían la especie de que la ola soberanista obedecía al miedo irracional al cambio. Pero ahora, ante la agresión mediática, el
cerebro reptiliano parece inclinarse a besar la fusta que lo azota.

Lo más importante de los tiempos tumultuosos en la historia son las lecciones que se aprenden. En el caso de mi familia, ante la pregunta que amigos y conocidos nos hacen acerca de cómo hemos podido no solo sobrevivir sino prosperar económica, física, psíquica y espiritualmente durante la hecatombe, la respuesta es sencilla: “Confiar mucho en Dios y nada en las autoridades”. Ni en las mediáticas, ni en las políticas ni mucho menos en las eclesiásticas. 

Los virus van y vienen. Quizá el año 6000 antes de Cristo, cuando apareció la gripe en China por primera vez, fue bastante complicado. Pero, a la larga, ganamos inmunidad y ahora nos da cada año sin mayor desmadre. 

El problema, como siempre, son los políticos, que acaban haciendo más daño que las pandemias. La prueba viviente es nuestro país, cuya gestión de la emergencia ha sido incluso mucho peor que la de países que no hicieron nada. Más allá de la ineficiencia, negligencia y probable corrupción del gobierno, algún día se sabrá cuáles fueron las razones subyacentes de lo que ocurrió en el Perú. Hay algunos indicios alarmantes de que hubo un cierto designio experimental. Al final, la verdad se abrirá paso. Pero estando clara desde el inicio la verdadera índole de Vizcarra, confiar en sus mensajitos de mediodía y sus promesas vanas de cuarentenas quincenales, mesetas, pruebas rápidas y cuarentenas de género era, a la larga, un golpe seguro a nuestro sistema inmunológico. 

Por otro lado, conocí casos de gente sobreinformada, ávida de consumir la última contradicción de la OMS, el penúltimo debate científico-político sobre algún medicamento declarado “maldito” por los dueños de la narrativa, así como las miles de ociosas versiones y disputas respecto del COVID. Muchos acabaron enfermándose. Eran personas que jamás en su vida habían estado expuestas a tal grado de información y que carecían –incluso siendo profesionales formados- de las herramientas filosóficas más básicas para afrontar situaciones semejantes. Empezando por el hecho de que en coyunturas de confusión irresoluble en materias contingentes, se debe suspender el juicio y continuar actuando guiado por premisas filosóficas indudables, como el principio de la dignidad de la persona humana y su fin como contemplador de la verdad y practicante de la virtud. Todos los demás valores, especialmente los materiales (como la salud física), están orientados hacia esto. Olvidarlo puede ser peligroso, como lo muestran estos meses recientes.

César Félix Sánchez
27 de diciembre del 2020

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