Globalización

Trump: desafío frontal a las élites

Trump: desafío frontal a las élites
  • 10 de noviembre del 2016

Un outsider en la Presidencia de Estados Unidos

Donald Trump alcanzó 276 votos del Colegio Electoral que elige al jefe de Estado más poderoso de la tierra derrotando a Hillary Clinton (218). Trump no solo le ganó a Clinton, al Partido Demócrata, a un sector muy importante del Partido Republicano, sino que humilló a los periódicos, a las élites intelectuales y académicas e, incluso, a todas las matemáticas y proyecciones de las encuestadoras. El análisis, por lo tanto, debe abandonar la histeria y reconocer que a la mayor democracia del planeta también ha llegado la crisis mundial en todas sus dimensiones.

En este contexto, Trump tiene mucho de los fenómenos de Fujimori y Chávez, y de los caudillos latinoamericanos que derribaron a los establishments de sus respectivos países. Ante el hecho existen dos actitudes: demonizar a Trump, subrayando sus errores; o convertir el resultado en un momento de profunda reflexión para perfeccionar la democracia y las instituciones republicanas que organizan la libertad en el planeta.

Todos coincidimos en que las propuestas de Trump acerca de levantar un muro en la frontera mexicana —financiado por el propio México—, de expulsar a millones de inmigrantes ilegales y de anular todos los tratados de libre comercio que Estados Unidos ha firmado en el siglo XX tienen el tono y el humor de las demagogias latinoamericanas. El propio Trump, ahora en el poder, debe saber que esas iniciativas son inviables en una democracia en donde las instituciones y contrapesos son más fuertes que los hombres.

Sin embargo, detrás del apoyo a Trump está la misma rabia en contra de las élites que se expresó en el Brexit del Reino Unido y los permanentes cuestionamientos de los nacionalismos a la unidad europea. ¿Qué hay detrás de este humor mundial anti establishment que empieza a configurarse?

A nuestro entender tiene que ver con los acelerados cambios de época que atraviesa el planeta. Si bien la desigualdad planetaria entre países desarrollados y emergentes se ha reducido significativamente por las reformas promercado que se implementaron en el mundo luego de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, es evidente que la llamada IV Revolución Industrial ha acrecentado la desigualdad —como todas las revoluciones industriales— dentro de las naciones desarrolladas. La distancia de los ingresos de los trabajadores calificados e instruidos del área urbana de Estados Unidos y los del área rural es cada vez mayor. El impresionante proceso de automatización de la industria explica la caída de salarios y el relegamiento de la fuerza de trabajo tradicional. Los nuevos ricos son los innovadores de Silicon Valley, y no las élites profesionales que egresan de Yale o Harvard.

Los cambios son extraordinarios y el establishment que construyó la república más sofisticada del planeta ha sido incapaz de hacer las lecturas correctas y actuar como siempre actuó, desde que las 13 colonias proclamaran el grito de independencia de la Corona. Pero la IV Revolución industrial no solo desata procesos innovadores en la producción y cambia los patrones de acumulación de riqueza, sino que convierte el espacio público en un lugar accesible para cualquier iphone. Hoy es imposible imaginar la política sin un mínimo de transparencia; y si bien Trump y Clinton tenían sus flancos débiles, al final los correos de Hillary y su relación con el statu quo pesaron más en la derrota.

No participamos de los catastrofismos fáciles que señalan que el caudillo enfrentado a republicanos y demócratas se devorará la democracia. Estados Unidos solo se puede explicar por sus instituciones. En ese contexto ninguna comparación vale. Los padres fundadores de Estados Unidos no solo fundaron una república para expresar la voluntad de la mayoría, sino que construyeron un sistema de contrapesos dentro del propio Ejecutivo y dentro del propio Parlamento, que hace extremadamente difícil que el caudillo, el populista, someta a las instituciones.

En todo caso, Trump ha expresado la rabia de la mayoría. Ahora le toca someterse a las instituciones para desarrollar las cosas buenas de su programa y convertirse en un jefe de Estado diferente. De lo contrario las instituciones harán sentir su peso.

  • 10 de noviembre del 2016

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