Dante Bobadilla

Dante Bobadilla

El género y la degeneración

No basta con prohibir, penalizar o adoctrinar para cambiar a la sociedad

El género y la degeneración
Dante Bobadilla
07 de junio del 2018

 

La muerte de Eyvi Ágreda desató una ola de indignación que llevó a plantear medidas disparatadas, para variar. El Gobierno montó una “comisión especial” para ver el tema de los feminicidios, que sin duda será tan efectiva como la montada por Humala para enfrentar la delincuencia. La prensa también tuvo su papel en la oferta de soluciones, cuando destacados opinantes exigieron, con solemne pose moral y autoridad académica, la inclusión del “enfoque de género” en la escuela como necesidad urgente para dar “solución definitiva” a los feminicidios y otros males.

Estas posturas se sostienen en una serie de falsos supuestos ampliamente admitidos. Como por ejemplo: a) la creencia de que cualquier problema social puede solucionarse diseñando una política pública adecuada, b) la creencia de que la escuela puede ser utilizada para crear al “nuevo hombre” y solucionar aspectos negativos de nuestra cultura, c) la creencia de que los “valores” pueden enseñarse teóricamente en el aula, y d) la creencia de que los niños se forman como personas solo o básicamente en la escuela.

Todos estos supuestos son falsos, aunque ampliamente admitidos, y son el sustento del razonamiento de las mayorías. Se admiten porque suenan bien y a muchos les encanta oírlos o proponerlos, pues forman parte del sentido común. Cabe notar que se ha priorizado exageradamente la cuestión del “género” por sobre una gran cantidad de temas sociales importantes, debido a la injerencia de organismos internacionales y al activismo de moda. Igual que las naranjas, estamos hoy en la temporada del “género”.

Políticos y ciudadanos deberían entender que no toda la realidad es susceptible de transformarse por medio de la acción política. Por el contrario, la mayor parte está fuera de su alcance, por lo que no debemos esperar todo del Estado ni prometerle todo al pueblo. Pero los políticos, en su arrogancia y demagogia, creen que pueden controlar hasta el clima mundial con sus políticas públicas. Cual superhéroes, prometen “luchar” contra todos los males: crean ministerios, comisiones y dan leyes con ese propósito. Pero todo es ilusión, al final la realidad no se somete a la retórica y los males siguen allí. Lo cierto es que las políticas públicas tienen una efectividad bastante limitada en el mundo real. Y la charlatanería, aunque abundante, no tiene ninguna. No basta con prohibir, penalizar, apoyar, perseguir, promover, prevenir o adoctrinar para cambiar a la sociedad.

La mayoría de las políticas públicas están destinadas al fracaso por varias razones. Una de ellas es la distancia que separa a los teóricos de escritorio de quienes implementan esas políticas en los hechos. Esto está siempre fuera de control. Ocurre incluso con las teorías del aprendizaje y la implementación final de estas en la educación. La mayoría de maestros no comprende la teoría —o la ignora totalmente—, y aplican los nuevos modelos de aprendizaje sin mayor criterio. En los hechos es imposible diseñar y dirigir la transformación de una sociedad. Es como querer organizar un desfile de lombrices. Las sociedades se transforman solas, por su propia dinámica y discurrir histórico. Todo lo que se puede hacer es sembrar ideas en la población, pero sin ninguna seguridad de los efectos a futuro. No hay manera de prever el impacto de una medida.

Varios regímenes totalitarios utilizaron la escuela para formar al “nuevo hombre”, como la brutal revolución cultural de Mao y Pol Pot, y —en menor grado— la revolución cubana y la de Velasco. Todos ellos pervirtieron la educación con fines políticos e ideológicos. Incluyamos a la Iglesia católica, que hace mucho se aseguró de introducir en la escuela sus contenidos doctrinales. El resultado ha sido invariablemente el fracaso. Nunca prendieron esos famosos “valores” con que tanto soñaban los reformistas.

Una creencia muy extendida, que lleva a pervertir la educación, es la idea de que cualquier cosa es susceptible de ser enseñada. Entonces vemos cursos y talleres para enseñar de todo, incluso habilidades o caracteres humanos como liderazgo, creatividad o emprendimiento. Y hay quienes creen que la igualdad se puede enseñar, y que basta con eso para cambiar a la sociedad. Es ridículo. Los valores se practican, no se enseñan. Se incorporan en la personalidad desde la práctica cotidiana en un ambiente sociocultural donde existen realmente como parte de la vida. En el colmo del absurdo, se enseñan cuestiones que son producto de la propia experiencia vital de toda persona, como la sensibilidad corporal o el placer sexual. Todas estas creencias del mundo posmoderno hacen de la educación escolar un mamarracho.

Los niños no se forman exclusivamente en la escuela, por lo que es descabellado pensar que allí pueden crearse nuevos hombres, como si la escuela fuera una gran burbuja de laboratorio. Ciertamente, en países que lograron liderazgo mundial, como Inglaterra, las mejores escuelas son, en efecto, prácticamente burbujas donde los estudiantes viven aislados en una comunidad cerrada; pero si ese no es el modelo de nuestras escuelas, dejemos de pensar en esa posibilidad, más aún con el pobre nivel académico de nuestros docentes. Acá los niños se forman básicamente en el hogar y su entorno social. Y últimamente en la Internet. La escuela cumple una función complementaria, y su deber básico debe ser brindar conocimientos de dos clases: científicos y de su realidad comunitaria o social. Es decir, conocimientos reales. Lo ético y valorativo deben asimilarlo desde la propia vivencia o experiencia vital, con un refuerzo a nivel metacognitivo, pero no sin previa experiencia.

Por último está el manoseado concepto de “género”, un constructo de la psicología, la sociología y la antropología, usado para tratar de explicar conductas complejas. El enfoque de identidad de género ayuda a entender el comportamiento sexual diferenciado a través de culturas diversas. Surgió del estudio de tribus aisladas en la Polinesia a principios del siglo pasado, y existen aún diversas posturas en el mundo académico. Por ello resulta ridículo que se quiera usar el constructo “género” en la escuela, en una etapa en la que los niños ni siquiera están en condiciones de entender la sexualidad simple y llana en su propia comunidad. Sería como tratar de enseñarles electrodinámica cuántica cuando no conocen el átomo, por decir algo.

Estoy en contra de que el Estado manosee la educación para tratar de solucionar problemas socioculturales tan antiguos, complejos y profundos que ni siquiera han sido bien comprendidos. Introducir constructos con los que ni siquiera los docentes están familiarizados, solo puede conducir al caos educativo. Lo único que se logrará es deteriorar más la ya maltrecha calidad de la educación. Y eso sí que puede tener efectos muy negativos, incluso peores que los males que se intenta combatir.

 

Dante Bobadilla
07 de junio del 2018

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