Hugo Neira

Hugo Neira

Aramis

Aramis
Hugo Neira
24 de octubre del 2016

La libertad, el ocio, el juego y el afecto

Cuando volvía a casa me esperaba en la puerta Claire y más abajo, con sus ojos siempre de asombro, Aramis. «El comité de recepción» decía mi mujer, entre la ternura y la ironía. Se nos ha ido Aramis. Su partida estaba anunciada por sus médicos veterinarios aunque con un poco de suerte nos acompañaría hasta la Navidad, acaso un año más. Cronos, el feroz dios del tiempo y el ángel de la muerte no perdonan los límites de lo viviente. La pérdida de una mascota siempre nos apena. Un gato es un compañero. Aparte de mis clases, soy de esos que trabajan en casa. Escritor no de obras de ficción sino del género de las ideas: sociología, historia y otras yerbas. La soledad y la reflexión como goce y disciplina. Alivia mucho que al lado del enigma del Perú, se halla el otro enigma, la felinidad. «Mi gato tiene un viejo prejuicio de las cosas; / las araña, las veja, pone su garra al sol, / vive una vida muelle tras sus pieles lujosas, / y sus ojos redondos son dos llamas de alcohol» (César Atahualpa Rodríguez)

A Mati Caplansky le preguntamos: ¿qué se hace ante el duelo de un gato? Íbamos a ver una pieza de teatro y nuestra amiga permaneció en silencio, como a ochenta metros de Larcomar, y luego dijo: «No es como la pérdida de un amigo o un pariente», pero después de un tiempo, «se puede tener otro gato». «Y son muy distintos». Sí pues, vino del azar, no la elegimos, ella eligió. Un día se le aparece a Claire. Ocurría en un edificio de Papeete y probablemente habría tomado el ascensor. La adoptamos.

Aramis no era gato sino gata. Una muy amable y se me ocurrió el nombre de sopetón. Acaso guardo en mi fuero íntimo el niño que no ha olvidado sus lecturas infantiles, los mosqueteros de Dumas. Su personaje Aramis es el fraile espadachín y persona imprevisible. ¿Fue un buen nombre? Baudelaire decía que los gatos tienen tres. El que le ponemos y que por lo general no hacen caso. El que usamos para llamarlos, en nuestra lengua, «michi, michi». Y el verdadero nombre del gato que solo el gato sabe. Neruda ha escrito «todos debemos tener un gato en casa para recibir dos lecciones. La primera, la elegancia. La segunda, la autonomía». Neruda a su manera, era un poco gato. No era su nombre de cuna. Julio Cortázar era una suerte de gato bonaerense habituado a Bruselas y a París. Por eso sus cronopios.

A la interminable legión de escritores el gato le viene bien, sobre todo en nuestros días en que se escribe con ordenador y mouse. A veces Aramis, en medio de la noche limeña, comenzaba a golpear con sus patas el ratón electrónico, el del Mac con luz roja en medio de la panza. Y reparé en algo muy curioso. Levantaba de preferencia su brazo delantero izquierdo que el derecho. Y recordé. Aramis apareció en los años finales en que vivíamos en Tahití. Claire era directora de una empresa de logística y yo con menos clases, me quedaba en casa avanzando libros. Y Aramis, todavía pequeña, recibía mis lecciones de aprender a bufar y luchar contra gatos vecinos que se metían por los ventanales de la casa. Mi cuestión era, ¿por qué la gata era zurda? Y un día tuve la respuesta. Resulta que el zurdo soy yo. La gata me había observado. La imitación, los reflejos. Puro Pavlov.

Iba para los dieciséis años de vida. O sea, por los cien de un humano. Tuvo una vida buena, la cuidamos, pero no puedo esconder un cierto sentimiento de culpa. La trajimos de la Polinesia y desde entonces la llevamos en los viajes, no la dejábamos en hoteles para gatos —existen— de modo que cargábamos con Aramis. No era sencillo, trámites de aeropuerto, certificados de salud y vacunas, Claire se ocupaba. Y para viajar las compañías colombianas y otras que permiten mascotas. No crean, el número de gente que viaja con perros y gatos es enorme.

Los gatos no revelan sus secretos, y nos quedamos sin saber por qué cuando alguien llegaba a casa, ni se movía. Y en otros casos, salía disparada a esconderse. Por lo general acertaba, el visitante era un antifelinos. ¿Cómo lo sabía? Aramis está en los muchos libros que he escrito a mi retorno, su presencia. Y se ha ido. No era ET el extraterrestre, solo un gato, pero nos da pena que se haya ido. Las mascotas viven menos tiempo que nosotros.

El periodismo también puede ser una nota melancólica. No siempre la indignación o la crítica. Sé que hay cosas más serias que conviene comentar, rodeados de problemas y tragedias públicas. Pero es hora de que lo cuente. Del duelo por una mascota mucha gente entiende. Hoy cuando atravieso el parque Kennedy de Miraflores me pregunto qué pasó. Casi no hay gatos. Los niños y los paseantes se detenían para acariciarlos. En realidad no sirven para gran cosa, por eso los amamos. Son la libertad, el ocio, el juego, el afecto. Aramis se ha ido, tenemos la sensación de vivir en un palacio abandonado.

 

Hugo Neira

 
Hugo Neira
24 de octubre del 2016

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