La presidente Keiko Fujimori ha designado un equipo de transferencia p...
Que en el Perú hubo una “república caviar” en la que, al margen de qué sector ganara las elecciones, las corrientes progresistas se las ingeniaban para controlar el poder es una verdad que solo una extrema ideologización puede ignorar. En las dos décadas después del fin del fujimorismo de los noventa en el país se confirmó la tesis neomarxista acerca de que el relato es la religión del presente.
Si consideramos, por ejemplo, que los militares que lucharon contra el terrorismo comunista de los ochenta fueron perseguidos de por vida (incluso ancianos agonizantes hoy padecen esa judicialización) y que los líderes anticomunistas de las últimas décadas (Alan García, Keiko Fujimori y Luis Castañeda Lossio) fueron sometidos a una de las persecuciones más brutales de la historia de la región es imposible negar la influencia de la izquierda intolerante. Y si le agregamos que la enorme riqueza que produce el sector privado (empresas mineras, agroexportadoras y empresas en general que pagan impuestos) no se ha convertido en agua potable, desagüe, carreteras, escuelas y postas médicas por la ineficiencia y el saqueo de la corrupción del Estado burocrático y la descentralización fallida, entonces tenemos el cóctel perfecto que explica por qué en las últimas seis elecciones nacionales hubo cuatro balotajes en que se enfrentaron sistema versus antisistema. Esa es la república caviar. ¿O no?
La república caviar y el modelo que impuso la izquierda en todas sus versiones cambia radicalmente con la llegada de Keiko Fujimori y Fuerza Popular al poder. No porque vaya a existir una reacción a la terrible acción progresista (las venganzas son para los hombres sin proyectos), sino porque, simplemente, se inicia una nueva lógica en la política y en las relaciones Estado y sociedad.
Por ejemplo, apenas asuma el nuevo gobierno contemplaremos a una jefe de Estado movilizándose todos los días con las fuerzas armadas, con la policía nacional y la sociedad para controlar la ola criminal. El impacto será evidente porque el Estado, el enorme poder estatal, se focalizará en combatir el mal. Algo más. El respaldo que el Legislativo acaba de extender a las fuerzas de seguridad mediante el cumplimiento del mandato constitucional que establece que los delitos de función de las fuerzas de seguridad deben ser juzgados en el fuero militar cambia las cosas para siempre. Hoy casi no hay policías en la calle por la persecución judicial de las izquierdas.
Por otro lado, el Perú, a diferencia de otras épocas, tiene una enorme riqueza para resolver todos los problemas de las regiones y sectores de la sociedad excluidos de los servicios básicos. Si el jefe de Estado tiene la voluntad, en menos de dos años a ningún peruano le debería faltar agua potable y desagüe, mientras los predios de los parceleros de la costa y de la sierra empiezan a producir con las grandes y pequeñas obras de irrigación.
Todas estas posibilidades cambian el curso de la política. La izquierda comunista y los influencers progresistas –inflados por los sondeos del poder– consideran que la política no ha sufrido un movimiento tectónico con la elección de Keiko Fujimori y tienen la creencia de que una nueva crisis y vacancia están a la vuelta de la esquina. De allí que Sánchez continúe con la prédica acerca de que no hay diálogo sin el indulto de Pedro Castillo y algunos influencers sigan contando mal y vaticinando una eventual vacancia.
La izquierda se ha equivocado en el análisis en los últimos años de principio a fin. Algunos incluso establecían comparaciones ofensivas con la actual jefe de Estado y le pedían que se retirara de la política. Algunos repetían estas fábulas por maña y consejo de la inteligencia cubana y otros porque se creyeron el relato progresista.
Ahora puede suceder lo mismo. Un jefe de Estado que se levante en las madrugadas para acompañar a las patrullas de soldados y policías que salen a recuperar los sectores de la sociedad controladas por el crimen organizado puede ser la gran diferencia con la última década perdida del Perú. No sería nada extraño que la aprobación presidencial sorprenda, incluso, a los observadores de la región.
















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