Si se concreta el triunfo de Keiko Fujimori de Fuerza Popular sobre Ro...
En la hipótesis de que Keiko Fujimori sea proclamada presidente de la República la especulación sobre el curso de la gobernabilidad es previsible, más allá de las narrativas de la izquierda sobre un eventual gobierno de Fuerza Popular. Una administración naranja se desarrollaría dentro de los marcos constitucionales y, en la medida que carece de una mayoría parlamentaria, regresará la buena política en el sentido de buscar alianzas y acuerdos de cara a la gobernabilidad. Quizá el primer gabinete a convocarse sea la primera señal de que la política vuelve a recuperar sus fueros luego del terrible período que se inauguró con el gobierno de Pedro Castillo.
Sin embargo, en cualquier análisis de escenarios de gobernabilidad se debería considerar a un nuevo protagonista: el radicalismo extremista y comunista que representan Antauro Humala, el etnocacerismo y el Movimiento por la Amnistía de Derechos Fundamentales (Movadef), vinculado a Sendero Luminoso. El radicalismo ahora no solo promoverá invasiones y asaltos de la propiedad privada, sino que tiene bancada propia en ambas cámaras legislativas.
En la hipótesis de que Roberto Sánchez sea proclamado ganador de las elecciones el curso de la institucionalidad se convierte en un interrogante porque existen varios Sánchez para el consumo. El Sánchez de la segunda vuelta, respaldado de manera frívola e irresponsable por una mayoría caviar progresista, podría gobernar dentro de los marcos de la constitucionalidad. Sin embargo, Antauro Humala y los etnocaceristas y el Movadef, ambos movimientos con bancada propia en las cámaras, presionarán desde la calle con invasiones y asaltos de empresas, minas y fábricas –según el manual leninista– para conducir a Sánchez y confrontar al Congreso. En este contexto, la nueva narrativa será que la Constitución y el Legislativo son los escollos de las reivindicaciones populares y, por lo tanto, la urgencia de un referendo para convocar una constituyente debería ser una medida perentoria.
En cualquier escenario la gobernabilidad luego de la proclamación presidencial está comprometida por un ala radical extremista de la coalición de Sánchez que tiene bancada propia en la cámara de diputados y el Senado. Aquí vale recordar las recomendaciones de Lenin en su famoso texto táctico La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, en el que aconsejaba participar en las elecciones, formar bancadas parlamentarias para desarrollar la propaganda revolucionaria en el camino a la creación de una situación revolucionaria. El etnocacerismo y el Movadef, entonces, desarrollarán todas las formas de lucha: denuncia parlamentaria y toma de minas y fábricas, ante la eventualidad de un triunfo de Sánchez, con el objeto de inclinar a su favor la correlación en Juntos por el Perú.
En este contexto, en estos escenarios, personajes como Pedro Francke, Gustavo Guerra y Manuel Rodríguez Cuadros estarían pintados en la pared, a menos que Sánchez decida gobernar con el respaldo de la mayoría de centro derecha del Congreso y se anime a confrontar al radicalismo extremista. No parece posible.
La presencia y el protagonismo del radicalismo revolucionario también vale para un eventual gobierno de Keiko Fujimori, quien desde el primer día tendrá que enfrentar la estrategia del extremismo comunista que desarrollará todas las formas de lucha. Un eventual gobierno de Fuerza Popular debería recuperar el orden nacional, ante el estado de anarquía actual, desde el primer día de administración; sin embargo, la judicialización de ayer y de hoy de nuestros soldados y policías que promueve la izquierda en todas sus versiones será uno de los escollos a superar.
En cualquier caso, Juntos por el Perú y todos los progresistas que lo apoyaron son responsables directos del nuevo capítulo de polarización política que parece avecinarse.
















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