El Socialismo del Siglo XXI está en una retirada general en la ...
Si el fujimorismo no se hubiese presentado en las elecciones del 12 de abril para ceder el espacio a Renovación Popular y Rafael López Aliaga, tal como lo planteaban algunos analistas, incluso desde la propia derecha, los resultados de la segunda vuelta serían absolutamente favorables para la izquierda. No sería nada extraño que la segunda vuelta se disputara entre un candidato de la izquierda progresista y caviar (Jorge Nieto, Alfonso López Chau y Marisol Pérez Tello), los principales responsables de la destrucción nacional, y un postulante del marxismo ortodoxo como Roberto Sánchez.
¿Por qué sostenemos semejante aproximación? Porque Rafael López Aliaga ha comenzado a convertirse en uno de los peores candidatos de las últimas elecciones nacionales, un candidato autodestructivo que ha perdido el sentido de las proporciones y que cabalga sobre el legítimo temor de los sectores altos de la sociedad con respecto a la posibilidad de perder el Perú a manos del eje bolivariano y el socialismo del siglo XXI.
En un reciente mitin López Aliaga emplazó a Keiko Fujimori, señalando que ella “sabe bien que no están robando las elecciones y que va a perder en una segunda vuelta con el izquierdista Roberto Sánchez”. Unas semanas atrás López Aliaga había repetido el argumento bufonesco acerca de que “hasta un panetón le gana a Keiko en la segunda ronda”. Un chiste que sirve para esconder la acumulación de ineficiencias e irregularidades de la ONPE en la última década, y el proceso plagado de errores en las elecciones del 2021.
El chiste es la anécdota de un relato que las izquierdas progresistas y comunistas pretendían construir con el objeto de consolidar la impresión de que el fujimorismo también había sucumbido ante una de las persecuciones políticas de líderes y movimientos anticomunistas más brutales que se desarrolló en la región (Alan García, Luis Castañeda Lossio y la propia Keiko Fujimori). Sin embargo, la resistencia y voluntad del fujimorismo y la juventud de sus líderes, al parecer, cambió el curso de los acontecimientos.
Lo cierto es que a la luz de los resultados electorales del domingo 12 de abril –en los que Fuerza Popular incrementa su votación en 35% con respecto a los resultados del 2021 y se consolida como una propuesta plebeya, popular, en los sectores C, D, E y también en los sectores A y B–, sin lugar a dudas, el movimiento fujimorista hoy es el único movimiento de resistencia al avance del comunismo en el Perú. Antes también lo fueron el Apra y Alan García, y Luis Castañeda Lossio, pero la vida y la brutal persecución política del progresismo los sacó del juego.
No es exagerado señalar que únicamente queda el fujimorismo porque Rafael López Aliaga solo reflejó un movimiento limeño con gran asentamiento en los sectores A y B. Si Keiko Fujimori no se hubiese presentado los votos del fujimorismo en las provincias del Oriente, del Norte, del Centro y los distritos populares de Lima se habrían repartido, según diversos estudios, la mitad para el antisistema y la mitad seguramente para López Aliaga. Y, por el contrario, la votación del candidato de Renovación, al parecer se dividiría una parte para Fuerza Popular y otra alimentaría el voto progresista y caviar como realmente ha sucedido.
¿Por qué sostenemos que López Aliaga es uno de los peores candidatos de las elecciones nacionales? Porque, simplemente, destruyó un escenario que estaba pintado, dispuesto, para una vuelta entre dos centro derechas. Un verdadero cisne negro. Desarrollando una campaña exitosa, liderando la crítica a la hipocresía caviar, al progresismo destructivo y presentándose como un gesto de obras, López Aliaga había llegado a encabezar las preferencias. Sin embargo, bastó que Keiko iniciara su campaña para que el hombre perdiera el control. Comenzó a atacar a Fuerza Popular y luego lideró la censura de José Jerí y, entonces, sucedió lo inimaginable en política: López Aliaga puso a José María Balcázar; es decir, a un jefe de Estado del eje bolivariano que también explica la acumulación de irregularidades e ineficiencias de la ONPE y el ausentismo artificial que se perpetró en contra López Aliaga en Lima. El candidato de Renovación es tan errático en política que colocó el propio cuchillo con que lo iban agredir.
Ahora López Aliaga pretende la nulidad de las elecciones porque considera que, en una nueva elección, sin la cuestionada ONPE actual ganaría la elección. Se equivoca de principio a fin. El fenómeno López Aliaga se ha licuado a favor de Nieto, López Chau o cualquier aventurero o advenedizo en política, tal como empezó a suceder en la primera luego de acumular errores inviables en política. Cualquier análisis o encuesta registraría que López Aliaga ya no es lo que era.
Por otro lado, vale levantar de una vez por todas una creencia en sectores de la derecha acerca de que una segunda vuelta entre Keiko y López Aliaga era favorable al candidato de Renovación Popular. ¿Cómo? Si López Aliaga no existe en las provincias, y el voto popular limeño se inclinaría por Fuerza Popular. En realidad, cualquier avezado analista en política señalaría que el orden de dificultades para Keiko en una segunda vuelta eran los siguientes: el más fácil de batir era López Aliaga. El segundo era Roberto Sánchez por su imposibilidad de desvincularse de la asamblea constituyente y el tercero, más difícil, era cualquiera de los aventureros del progresismo; es decir, Nieto o López Chau, porque detrás de ellos tendrían una convergencia de todas las izquierdas, incluso, el Movadef.
Es hora, pues, de sacudirse del relato caviar que utiliza imágenes de panificadores. En realidad, desde dos décadas atrás, luego de la partida del gigante Alan García, el fujimorismo es la resistencia anticomunista real que el relato caviar pretende ridiculizar. De lo contrario, hoy el Perú sería Venezuela.
VÍCTOR ANDRÉS PONCE
















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