Editorial Economía

Majes Siguas II: el proyecto que puede cambiar el sur del país

Agua, inversión y reglas claras para no repetir los errores del pasado

Majes Siguas II: el proyecto que puede cambiar el sur del país
  • 27 de abril del 2026


En el debate público, Majes Siguas II debería entenderse por lo que realmente es: un proyecto capaz de reordenar el territorio y redefinir la economía del sur del Perú en las próximas décadas. No se trata únicamente de llevar agua a zonas áridas, sino de decidir cómo se poblarán, producirán y conectarán más de 40,000 nuevas hectáreas cultivables en Arequipa, que se sumarán a las 16,000 ya habilitadas en la primera etapa.

La clave, como siempre, está en el agua. El sistema permitirá trasladar hasta 34 metros cúbicos por segundo desde la cuenca del Colca hacia las pampas de Siguas y Majes. Pero su alcance va más allá. Con una inversión que supera los S/ 7,700 millones, el proyecto no solo contempla infraestructura hidráulica, sino también componentes energéticos, como centrales hidroeléctricas que aprovecharán la caída del recurso. Esta integración cambia la lógica tradicional: ya no se trata solo de irrigar, sino de articular un sistema productivo que combine agua, energía y territorio.

Si el cronograma se cumple, el 2026 marcará un punto de quiebre tras años de paralizaciones e incertidumbre. La conducción del Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego del Perú, junto con la cooperación internacional, apunta a asegurar estándares más exigentes en ejecución y gestión. Sin embargo, el verdadero desafío no es construir la obra, sino garantizar su operación eficiente y sostenible en el tiempo, algo que el Estado peruano no siempre ha logrado.

El impacto potencial es significativo. Se proyectan más de 160,000 empleos entre la fase de construcción y la operación agrícola. Una cifra de esa magnitud no solo dinamiza la economía regional, sino que obliga a pensar en capacitación laboral, formalización y planificación urbana. Sin esas condiciones, el crecimiento puede ser desordenado y, en el peor de los casos, insuficiente para cerrar brechas sociales.

La experiencia previa ofrece una advertencia que no se puede ignorar. Majes Siguas I habilitó 16,000 hectáreas, pero no logró consolidar un modelo productivo de alta eficiencia. La fragmentación en pequeñas parcelas limitó el acceso a financiamiento, tecnología y mercados. Repetir ese esquema con 40,000 hectáreas adicionales sería desperdiciar una oportunidad histórica. La discusión de fondo no es solo técnica, sino política: qué tipo de estructura agraria se quiere promover.

El contexto nacional refuerza esa urgencia. Apenas el 5% de la superficie agrícola explica el éxito agroexportador del país, pero ha sido suficiente para posicionar al Perú entre los principales exportadores de productos frescos. Proyectos como Majes Siguas II pueden ampliar significativamente esa base, siempre que se integren a cadenas logísticas eficientes y a mercados internacionales exigentes.

Esto exige mirar más allá de la obra principal. Carreteras, centros de acopio, plantas de procesamiento y cadenas de frío no son complementos, sino condiciones indispensables. Lo mismo ocurre con la estabilidad normativa. Sin reglas claras y previsibles, la inversión privada —clave para desarrollar cultivos de alto valor— simplemente no llegará o lo hará a menor escala.

En este escenario, las asociaciones público privadas (APP) se presentan como una herramienta clave para asegurar la sostenibilidad del proyecto. Bajo este esquema, el Estado conserva el rol de regulación y supervisión, mientras que el sector privado aporta experiencia técnica, capital y capacidad de gestión. La participación privada resulta especialmente relevante para garantizar el mantenimiento continuo de la infraestructura hidráulica, un aspecto que en experiencias anteriores demostró ser costoso y difícil de sostener únicamente con recursos públicos. 

En suma, Majes Siguas II no es solo una obra de infraestructura. Es una apuesta por redefinir el mapa productivo del sur, generar empleo formal y convertir a Arequipa en un polo de desarrollo agrario. Pero, como ha ocurrido tantas veces en el Perú, el éxito no dependerá únicamente del concreto, sino de las decisiones que se tomen sobre tierra, gestión y reglas de largo plazo. Porque cuando una oportunidad de esta magnitud se desaprovecha, no solo se pierde inversión. Se pierde tiempo. Y en desarrollo, el tiempo que se pierde rara vez se recupera.

  • 27 de abril del 2026

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