Darío Enríquez

Nuestro derecho al desarrollo frente al ecologismo ciego

La paradoja de un territorio pleno de recursos que no nos dejan aprovechar

Nuestro derecho al desarrollo frente al ecologismo ciego
Darío Enríquez
24 de abril del 2026

 

La geografía, a menudo, propone un destino que la política se niega a cumplir. Si observamos un mapa, la similitud en la extensión superficial de Alemania (357,600 km2), el departamento de Santa Cruz en Bolivia (370,621 km2) y el departamento de Loreto en Perú (368,852 km2) es asombrosa. Sin embargo, al superponer sus realidades socioeconómicas, la coincidencia cartográfica se convierte en una tragedia de gestión y mediocridad. Mientras el territorio germano es un engranaje de alta precisión productiva, con elevados niveles de vida para sus 83,6 millones de habitantes, Loreto (1,1 millones de habitantes) y Santa Cruz (3,8 millones de habitantes) corren el riesgo de quedar como reservas de potencial asfixiado, custodiadas por una burocracia global que confunde conservación con parálisis. Urge un cambio de paradigma.

 

El territorio: ¿activo productivo o santuario intocable?

La diferencia fundamental no radica en la dotación de recursos, sino en su puesta en valor. Alemania ha integrado cada metro cuadrado en una red de infraestructura, conexiones y propiedad definida. En contraste, si el Oriente boliviano y Loreto se rinden ante narrativas externas que imponen la "intangibilidad" como dogma, terminaremos validando un neocolonialismo verde. Este extremo se alcanza cuando se exige a las naciones en desarrollo mantener sus pulmones “intactos” para compensar las emisiones del mundo industrializado, sin ofrecer a cambio la capitalización necesaria para transformar los recursos naturales en bienestar material para su gente.

 

La eficacia del orden espontáneo y la ventaja tecnológica

Es una ironía perversa que las regiones más ricas en recursos —hidrocarburos, minerales y biodiversidad— presenten índices de desarrollo humano precarios. Para desatar este nudo gordiano, debemos confiar en la eficacia del orden espontáneo: esa capacidad vital de los ciudadanos, familias y comunidades para generar prosperidad cuando se permite el florecimiento de emprendimientos de todo tipo. Estos territorios están a la espera de ser puestos en valor, no mediante mandatos rígidos, sino liberando la energía creadora de individuos que, al buscar su propio progreso, tejen una red de beneficios para toda la comunidad.

Hoy, además, tenemos la ventaja de contar con tecnologías que atenúan y mitigan impactos ambientales sin paralizar nuestra acción humana transformadora. El uso de nuevas tecnologías permite que el emprendimiento local sea el motor de una intervención inteligente que genera riqueza sin renunciar a la responsabilidad ecológica ni detener la gestión para un desarrollo territorial exitoso.

 

Un nuevo pacto soberano para evitar el fracaso ético

¿A quién pertenece el derecho de decidir sobre el destino de estos 360,000 km², tanto en Santa Cruz como en Loreto y otros territorios similares? La respuesta debe emanar de sus propios habitantes y de una planeación estratégica que facilite, en lugar de obstaculizar, la iniciativa privada. Para evitar que nuestro futuro se dicte desde burocracias remotas sin mayor compromiso ni responsabilidad, el desarrollo exige:

  1. Seguridad jurídica sobre la propiedad para que el orden espontáneo de los mercados pueda operar con previsibilidad.
  2. Infraestructura de integración que convierta la geografía en una economía viva y conectada.
  3. Aprovechamiento soberano de recursos utilizando tecnología e innovación para generar capital interno y autonomía real.

El progreso no es un lujo reservado para quienes se industrializaron primero. Si no ejercemos nuestro derecho a transformar el espacio, estaremos aceptando un fracaso ético de dimensiones globales. Debemos ser enfáticos: un bosque intacto rodeado de niños desnutridos no es un éxito ambiental; es una derrota humana que no podemos permitirnos. La alternativa es recuperar la iniciativa política ciudadana y permitir que la acción humana convierta nuestros territorios en un sistema productivo, digno y con alta calidad de vida.

Darío Enríquez
24 de abril del 2026

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