Una vez más el Estado será la causa de problemas...
Luego de las celebraciones de la Batalla de Ayacucho, para cualquier peruano de buena voluntad siempre quedará un resto de amargura. ¿Por qué, luego de dos siglos de independencia, el Perú sigue siendo un país subdesarrollado, a pesar de sus enormes posibilidades? Quizá la explicación resida en el resentimiento que dejó la independencia entre los peruanos y la cultura de culpar a otros de nuestras desgracias como una manera de ocultar la brutal expropiación de las tierras indígenas que desataron los triunfadores en las batallas de la independencia.
Primero se culpó al imperio español, no obstante la prosperidad que alcanzaron las sociedades indígenas; luego al imperio de los Estados Unidos, después a “la colonización occidental bajo el predominio del hombre blanco y el patriarcado” y, finalmente, a “la inversión privada que expropia la riqueza que crean los trabajadores”. Todas estas fábulas que alimentan el odio en el mundo hispano, entre los peruanos, y los hispanoamericanos en contra de Occidente, de una u otra manera han ocultado adrede la grandeza que acompaña a la realidad del Perú.
Una grandeza que empieza a asomar luego de la inauguración del megapuerto de Chancay, que conectará las costas del Atlántico con las del Pacífico y convertirá al país en un hub del comercio con el Asia-Pacífico. Una grandeza que se confirma con el proyecto del Puerto Espacial en Piura, en alianza con la NASA de los Estados Unidos. De más está subrayar nuestras posibilidades en la explotación de los minerales (sobre todo cobre y oro), en las agroexportaciones, en la industria pesquera, el turismo y otras actividades.
El Perú por su geografía y su dotación de recursos naturales está llamado a ser un protagonista del mundo. Alguna vez lo fue durante tres siglos de virreinato; sin embargo, luego de la independencia de nada valió nuestra geografía y los recursos naturales. El Perú parecía condenado a la pobreza y el subdesarrollo. ¿Cómo explicar esta paradoja? ¿Cómo explicar que Japón, Corea del Sur y otras naciones sin mayores recursos naturales, hayan alcanzado el desarrollo?
La explicación, obviamente, está en la ausencia de un Estado de derecho y un sistema de gobierno de instituciones luego de la independencia. No hubo estabilidad ni sistema de derechos de propiedad porque el Perú se sumergió en la revolución permanente. Allí están las 12 constituciones que nos acompañan, la expropiación de las tierras indígenas luego de la independencia y la expropiación velasquista en el último tercio del siglo pasado, como testimonios de la convulsión ininterrumpida.
La exclusión de las mayorías indígenas determinó que la mayoría de los peruanos careciera de una buena educación. Y he allí otra de las claves del subdesarrollo. Corea del Sur y los llamados Tigres de Asia han abreviado el camino al desarrollo –que a Occidente le tomó dos siglos– en cuatro décadas, luego de audaces reformas en la educación. Hoy sus economías compiten en las grandes tendencias de la IV Revolución Industrial.
El Perú, pues, puede convertirse en una potencia mundial indiscutible si afirma y consolida su Estado de derecho, el sistema de gobierno de instituciones, y se desarrolla una reforma de la educación, la gran tarea pendiente luego de la fundación republicana. Avanzar en esos procesos nos permitirá convocar a los capitales y las tecnologías más avanzadas del planeta. Y con una fuerza laboral educada e innovadora estaremos en condiciones de convertir a la patria en una potencia mundial, tal como alguna vez lo fue durante el virreinato.
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