La ley que incrementa las funciones de la Agencia de Cooperació...
Una de las características de complejos arqueológicos como Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo; Caral, la ciudad más antigua de América y las Líneas de Nazca, es que están emplazados en regiones en donde existen muchas poblaciones y comunidades en situación de pobreza. En el valle del Colca, en Arequipa, en donde los turistas buscan contemplar el vuelo de los cóndores, en la práctica gran parte de los servicios están provistos por poblaciones y comunidades.
No estamos sosteniendo que los servicios deben estar a cargo de las localidades aledañas porque, finalmente, se requiere hoteles y servicios de talla mundial para atraer lo mejor del turismo internacional. Sin embargo, la provisión de servicios para el turista joven o el comúnmente conocido como “mochilero” podría ser atendida por las poblaciones aledañas y las comunidades si el Estado implementa una política y capacita en estas actividades.
¿Qué pretendemos señalar? Que el desarrollo de nuestro potencial turístico puede convertirse en un poderoso motor en contra de la pobreza, sobre todo porque una gran parte de los distritos y provincias adyacentes a estos complejos turísticos están sumidos en pobreza. Hoy en día el turismo representa menos del 3% del PBI y, a pesar de todas las limitaciones de la industria, genera alrededor de 1.3 millones de empleos, entre directos e indirectos.
Para nadie es un secreto que desarrollar el potencial turístico del Perú podría multiplicar por cuatro veces estas cifras y, sorprendentemente, sería una de las mayores fuentes de creación de clases medias en las zonas rurales en pobreza. Es cierto que los problemas de educación y salud dificultan que en estas poblaciones exista el capital humano ideal para este proceso; sin embargo, una política de Estado en el turismo y la promoción de esta actividad pueden agilizar la superación de estas debilidades.
Diversas investigaciones y diagnósticos consideran que el Perú está llamado a ser una potencia turística planetaria y a disputar los primeros lugares en esta industria mundial, sobre todo si le agregamos que el Perú puede convertirse en la capital gastronómica del mundo, considerando que su comida fusiona gran parte de las grandes culturas planetarias (china, japonesa, italiana) con las tradiciones y sofisticaciones de la comida criolla nacional. Sin embargo, el Perú se convierte en una pequeñez frente a los logros de la industria turística mundial. Por ejemplo Francia, la primera en la industria del turismo mundial, convoca más de 100 millones de turistas anuales, España 95 millones, Estados Unidos supera los 72 millones y México 46 millones. El Perú está en el orden de los cuatro millones de turistas y no puede superar los números que alcanzaba antes de la pandemia.
¿Cuáles son las causas de nuestro evidente subdesarrollo en turismo? En primer lugar, la fragilidad de nuestro Estado de derecho ha permitido el desborde de una ola criminal que afecta la llegada de turistas al país. Los asaltos de delincuentes y los robos son verdaderas bombas nucleares contra la posibilidad de desarrollo de la industria. Un país sin ley ni orden nunca podrá atraer al turismo del planeta.
Por otro lado, la ausencia de infraestructuras –ya sea aeropuertos en provincias, trenes que conecten el territorio, hoteles y servicios–, igualmente, es enemiga de la posibilidad de desarrollar nuestro potencial turístico. Y si a esta realidad le agregamos la burocratización del Estado y las irregularidades y corruptelas que se generan –tal como sucedió con los boletos de Machu Picchu– en las entidades del Estado encargadas de administrar los servicios turísticos, entonces tenemos el cóctel perfecto que atenta con el desarrollo de esta industria.
Planteadas las cosas así, el Perú, así como necesita una política de Estado para la minería, la agricultura, la pesca, también requiere una para desarrollar plenamente su potencial turístico.
















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