Juan Claudio Lechín, narrador boliviano de larga trayec...
Juan Luis Cipriani cumple 25 años como cardenal y lo hace reafirmando una idea que ha marcado su vida pública: el servicio a la Iglesia y al Perú. En un reciente mensaje conmemorativo, recordó que su vocación ha estado guiada por el deseo de trabajar por el bien común y fortalecer la fe en tiempos complejos. Su aniversario no solo invita a celebrar una trayectoria personal, sino también a revisar el impacto que ha tenido en la Iglesia católica peruana desde finales del siglo XX.
Nacido en Lima el 28 de diciembre de 1943, Cipriani creció en una familia numerosa y vinculada al Opus Dei, institución a la que pediría incorporarse en 1962. Antes de su ordenación sacerdotal, su vida tuvo un perfil poco habitual para un futuro cardenal: estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional de Ingeniería y fue seleccionado nacional de básquetbol. Esa experiencia deportiva, que incluye campeonatos bolivarianos y sudamericanos, forjó en él una disciplina que luego trasladó a su labor pastoral.
Ordenado sacerdote en 1977, tras doctorarse en Teología en la Universidad de Navarra, ejerció como profesor, capellán y formador en Lima. Su carrera episcopal comenzó en 1988, cuando Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Ayacucho. Años después sería arzobispo de esa misma sede, en una etapa especialmente dura por la violencia que golpeaba la región. Cipriani ha señalado en más de una ocasión que aquellos años fueron decisivos para comprender la necesidad de promover la paz y reconstruir el tejido social desde la fe.
En Ayacucho impulsó la reapertura del seminario mayor, la recuperación de templos y el restablecimiento de la vida sacramental en comunidades afectadas por el terrorismo. También asumió un papel público como mediador en la crisis de la residencia del embajador japonés en 1996, durante el gobierno de Alberto Fujimori. Aunque la operación militar puso fin al secuestro, su participación evidenció la presencia de la Iglesia en momentos críticos de la vida nacional.
En 1999 fue nombrado arzobispo de Lima y primado del Perú, nuevamente por decisión de Juan Pablo II. Dos años más tarde, en 2001, fue designado cardenal, convirtiéndose en el primero proveniente del Opus Dei en alcanzar esa dignidad. Desde Lima ejerció una influencia notable en la vida eclesial y también en el debate público. Durante varios años fue considerado uno de los líderes religiosos más influyentes del país, con una presencia constante en temas morales y sociales.
Como arzobispo impulsó la formación sacerdotal, fortaleció el seminario y promovió la creación de capillas de adoración al Santísimo en distintos distritos de la capital. Asimismo, respaldó con firmeza las llamadas marchas por la vida, que congregaron a miles de personas en defensa de la vida desde la concepción. Para sus seguidores, estas iniciativas consolidaron una Iglesia visible y activa en el espacio público; para sus críticos, marcaron un estilo frontal y sin concesiones.
Al cumplir sus bodas de plata como cardenal, Cipriani ha subrayado que antes que nada se reconoce como peruano. Esa afirmación resume una trayectoria marcada por la convicción de que la fe debe dialogar con la realidad concreta del país. Tras dos décadas como arzobispo de Lima y un cuarto de siglo como cardenal, su figura sigue siendo referencia obligada para entender la evolución reciente de la Iglesia católica en el Perú, con sus luces, tensiones y desafíos.
















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