César Félix Sánchez

Una propuesta imaginaria para un alcalde imaginario (I)

¿En qué sentido la política puede contribuir al bien común?

Una propuesta imaginaria para un alcalde imaginario (I)
César Félix Sánchez
15 de mayo del 2023


La ciudad de Arequipa parece estar acercándose a su colapso definitivo como estructura urbana viable. Luego de casi quince años de idas y venidas, el famoso Sistema Integrado de Transporte, que según decían algunos sicofantes ya estaría funcionando en estas fechas, no es más que una ficción risible, una broma de mal gusto, que incluso
amenaza con terminar desapareciendo. En amplias zonas de la ciudad y en algunos momentos específicos del día, parece que cualquier asomo de transporte privado de uso público (que eso son los microbuses y taxis aquí, tanto formales como informales) ha dejado de existir. Cosa bastante complicada, por decir lo menos, en una ciudad de casi un millón de habitantes. Las obras abandonadas por los alcaldes anteriores «adornan» las calles de la ciudad, esclerotizándola aún más junto con el tráfico caótico y desordenado. El comercio ambulatorio, la delincuencia organizada e incluso la prostitución callejera masiva, antes casi inexistentes, se han vuelto incontrolables en una ciudad que parece no tener gobierno. Circunstancia especialmente peligrosa, porque es en el municipio donde nace la democracia. Si el gobierno municipal carece de representatividad y acaba cayendo en el descrédito, todo el resto del cuerpo político seguirá, tarde o temprano, esa misma trayectoria de colapso absoluto.

Es por lo que, junto con maldecir la oscuridad, procuro encender también una luz imaginaria bajo la forma de una modesta propuesta para un político imaginario arequipeño que se anime en el futuro a postular a la alcaldía. El único requisito que deberá tener es la buena voluntad. Las escribí hace más de seis años y creo que todavía pueden tener alguna vigencia. 

Cualquier entendimiento de la política debe aspirar a ir más allá de las coyunturas y de los aspectos materiales –y más superficiales– del gobierno. Este entendimiento profundo permitirá alcanzar una gran flexibilidad –y a la vez profundidad – en la acción política: sea la directa, a través del ejercicio de funciones ejecutivas, sea en la indirecta, a través de la elevación del debate político a nivel regional y poder influir en la opinión pública, introduciendo diversos temas en la agenda cotidiana.

Este entendimiento profundo de la política no representa para nada un concepto abstruso o un eslógan vacío (a los que estamos tan habituados lamentablemente), sino todo lo contrario; significa considerar cuál es el verdadero fin de la política: la consecución del bien común.   El bien común, como vimos en la columna de la semana pasada, no es otro que el bien mismo del hombre, pero visto en común: el bonum communis, alcanzado por una comunidad basada naturalmente en la amistad política, que, en una relación de cooperación subsidiaria y jerárquica, permite el cultivo de la eudemonía: la felicidad en la virtud. «Pues esta es la felicidad contemplativa, a la que toda la vida política parece estar ordenada», en palabras de Tomás de Aquino en su Comentario a la Ética de Aristóteles

¿Y en qué sentido la política puede contribuir con este bien común, con este buen vivir, que según algunas perspectivas relativistas podría ser entendido como algo de «cada uno» sin que lo público intervenga en nada, más allá de asegurar condiciones mínimas? Pues de una manera profunda pero particularmente sencilla y que se demuestra con mayor claridad en el ejercicio de la política a nivel municipal: a través de la creación, conservación y desarrollo de ambientes que estimulen este buen vivir. 

Esta verdad filosófica –la importancia de los ambientes en el desarrollo de la virtud– ha sido largamente olvidada, siendo en verdad el centro de toda acción política. En el nivel municipal esta verdad está más inmediatamente encarnada. A partir de aquí es donde podemos desarrollar los dos ejes específicos en los que se fundamentará nuestra propuesta: 1) la defensa, promoción y desarrollo del espacio público en Arequipa como principio, medio y fin de la elevación general de la calidad de vida en nuestra ciudad; a partir de este eje todas las otras políticas municipales necesarias (infraestructura vial, seguridad ciudadana, planificación urbana, defensa del patrimonio, etc..) se estructurarán naturalmente, en un horizonte orgánico, y –last but not least – 2) el retorno de la autoridad moral en el gobierno municipal de Arequipa, entendida tanto como una autoridad municipal preparada intelectual y humanamente para el gobierno, en contraste con la improvisación y el bajo carrerismo de los usuales “operadores” municipales y, por sobre todo, como una autoridad que no esté comprometida con intereses subalternos al bien común de la sociedad política (intereses económicos e ideológicos: intereses particulares, en buena cuenta).

Estos dos ejes, sencillos pero fundamentados en la metafísica de la política, deben ser las dos señales distintivas de la propuesta. Si un candidato logra posicionarse ante la opinión pública como el alcalde del espacio público y el alcalde de la autoridad moral tendrá ganada la batalla de los espíritus. La batalla de los votos es ciertamente distinta, pero creo que, aunque no por mucho, una candidatura vista como técnica y moralmente preparada puede tener posibilidades serias de triunfo. Sociológicamente hablando, la situación no podría ser más interesante: el crecimiento económico sostenido en los últimos quince años ha generado nuevos sectores de opinión, alejados de los viejos mecanismos de la queja estéril, pero a la vez todavía nada conscientes, más allá de un vago malestar por el colapso patente y paradójico de la ciudad, de la necesidad de canalizar sus inquietudes superiores en una propuesta política que los represente.

Teniendo en cuenta estos dos ejes centrales elaboraremos nuestra propuesta imaginaria orientada a la formulación de las líneas maestras de un plan para Arequipa en un artículo siguiente.

César Félix Sánchez
15 de mayo del 2023

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