Guillermo Vidalón
Superar la demagogia izquierdista
La izquierdas empobrece a los pueblos que gobierna

Durante 16 de los últimos veinte años hemos sido gobernados por la izquierda “tecnocrática”, que siempre abogó por el incremento de la recaudación tributaria para que el Estado tenga la posibilidad de “construir ciudadanía”. Sin embargo, cuando muchos de sus más conspicuos representantes ejercieron el poder se olvidaron de sus promesas y propiciaron una relación clientelar con los sectores menos favorecidos. También fueron partícipes de hechos de corrupción y se ofrecieron al mejor postor con tal de perpetuarse en el ejercicio del poder. Al fin de cuentas, las dirigencias de izquierda emplearon a los desposeídos como su justificación discursiva y su base social desde la cual negociar prebendas que solo favorecieron a sus cúpulas.
Revalorar la imagen del Gral. Juan Velasco Alvarado como un reformista implica olvidar que surgió para hacer frente a los movimientos insurreccionales que agitaron Latinoamérica tras la toma del poder por los hermanos Castro en Cuba. La Reforma Agraria sirvió para convertir en propietarios a millones de campesinos; pero, como de costumbre, dicha propuesta fue contraria al rumbo de la historia. No tuvo en cuenta que se necesitaba –y se necesitan– grandes extensiones de tierra para garantizar una administración vinculada a las demandas del mercado (nacional y extranjero), obtener ventajas del intercambio comercial y asegurar una rentabilidad adecuada que permita superar las condiciones de pobreza, marginación y exclusión en que se encontraba (y encuentra) un segmento importante de la población.
Curiosidades de la historia, este fin de semana miles de cubanos salieron a las calles para rechazar “al gobierno del pueblo y para el pueblo”, porque tras 62 años de “revolución comunista”, el pueblo se ha percatado de que el marxismo, leninismo, martinismo (José Martí) –en el Perú sería mariateguismo–- y demás ismos de izquierda ¡no los representan! La revolución de las izquierdas significó el empobrecimiento de los pueblos que gobernó y el enriquecimiento ilícito de sus dirigentes. Acaso no es lo sucedido con Evo Morales en Bolivia, con los Kirchner en Argentina, los Chávez y Maduro en Venezuela.
En la agricultura se debió transformar la hacienda tradicional en una unidad económica moderna, rentable y capitalista. El despojo indiscriminado de la tierra ha ocasionado que, tras varias generaciones, esta termine subdividida, y la actual extensión promedio no garantiza condiciones mínimas de bienestar a sus poseedores o actuales propietarios. Tras 52 años de Reforma Agraria el único logro es la superación del gamonalismo, porque la pobreza subsiste y se agudiza.
Cuando el candidato Castillo afirma que implementará una segunda Reforma Agraria debería detallar en qué consistirá. Si será el despojo de la tierra de las actuales unidades de producción que convirtieron a los campesinos en trabajadores, proporcionándoles un salario promedio superior al que se paga a un jornalero en los valles tradicionales; o si ha decidido promover la integración de la tierra para propiciar el desarrollo económico basado en la productividad.
Castillo debería ser consciente de que sin ingresos económicos generados autónomamente y en condiciones de libertad, hablar de ciudadanía no es más que otra quimera discursiva de la izquierda para capturar el poder. Los gobiernos regionales dominados por las izquierdas, empezando por el de Junín, ratifican que “del dicho al hecho hay mucho trecho. Lo cierto es que Los Dinámicos del Centro tienen émulos en muchos otros lugares.
Si la revolución propuesta se orienta a que más peruanos ejerzan ciudadanía, la fórmula que debe seguir es la que exhibe la historia de los pueblos para generar bienestar. ¿Corea del Sur o Corea del Norte? Obviamente la primera. O China, que busca convertirse en la primera potencia hegemónica del mundo, impulsando el capitalismo entre sus ciudadanos. Y no Cuba o Venezuela, hoy sumidas en la desesperación y en busca de libertad.
De llegar Castillo a ocupar el sillón de Pizarro su gobierno tendrá una cuestionada legitimidad, sobre todo gracias al poco discreto respaldo –que algunos califican de complicidad– que le han otorgado la Reniec, la ONPE, el Poder Judicial, la Fiscalía y el JNE. Y la abstención de un encargado de la presidencia que tan solo llamó al premio Nobel Mario Vargas Llosa para que persuada a la candidata Fujimori de desistir en su intento por develar la verdad electoral. Y, también que deje de insistir con su pedido de cotejar la autenticidad de las firmas registradas en los padrones electorales contra las consignadas en las actas de escrutinio. “Pequeña bicoca”, según las izquierdas encaramadas al poder.
Castillo debería tener presente lo ocurrido en el Perú en 1990: la inflación se empinó hasta 7,650% y Alberto Fujimori tuvo como opciones seguir con sus acompañantes de izquierda y agudizar la crisis o seguir los consejos que le alcanzó Michel Camdessus, por entonces mandamás del Fondo Monetario Internacional (gracias a la convocatoria de Javier Pérez de Cuéllar, quien ejercía la Secretaría General de las Naciones Unidas). Optó por lo segundo, y el resultado fue la recuperación de la economía, el incremento de la productividad y la caída de la inflación hasta alcanzar sus actuales niveles.
Ahora, el escenario es mejor que entonces. Los objetivos inmediatos de Keiko o Pedro deberían ser: 1) Incrementar la productividad mediante la atracción del capital nacional y extranjero, 2) Fortalecer las competencias del capital humano, 3) Continuar con el proceso acelerado de vacunación contra el COVID-19 y los refuerzos que resulten necesarios, 4) Implementar el mecanismo de la reinversión de utilidades para contar con más infraestructura productiva y generar más empleo, 5) Simplificar la administración estatal, fusionar ministerios –ministerios: i) Asuntos Sociales (Educación, Salud, Vivienda-Construcción y Saneamiento, Mujer y Poblaciones Vulnerables, Cultura, Justicia y Derechos Humanos, Desarrollo e Inclusión Social), ii) Producción (Trabajo y Promoción Social, Agricultura y Riego, Producción, Comercio Exterior y Turismo, Ambiente, Energía y Minas, Transportes y Comunicaciones), iii) Economía y Finanzas, iv) Seguridad Nacional (Defensa, Relaciones Exteriores, Interior), v) Presidencia del Consejo de Ministros– para generar ahorros e incrementar los presupuestos destinados a inversiones socio-productivas.
Por ejemplo, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) el 5.1% de la población representa a 1.65 millones de peruanos, quienes viven en situación de extrema pobreza y de ellos el 68% radica en zonas de frío intenso. Recientemente, el Ministerio de Vivienda y Construcción informó que invierte S/ 78 millones en la construcción de 2,766 viviendas climatizadas (costo por vivienda S/ 28,199). Por otro lado, el MIDIS gasta anualmente S/ 4,000 millones en ocho programas sociales. Si dicho presupuesto se invierte en ese tipo de viviendas, se podría beneficiar a 141,849 hogares (a razón de cuatro miembros por familia rural) y mejorar la calidad de vida de 567,396 personas en un año. Y en tres años, se acabaría con una condición social que indigna al país.
Una persona que vive en un ambiente cálido pierde menos kilocalorías; por lo tanto puede dedicar más tiempo a sus actividades habituales, incrementando su productividad y la provisión de sus alimentos. El siguiente paso tendría que ser el fortalecimiento de sus competencias para que supere la pobreza monetaria y se convierta en un abastecedor y consumidor en el mercado interno.
¡Sí es posible! Pero se requiere decisión política y dejar de lado el manido discurso social, porque resulta intrascendente.
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