César Félix Sánchez
Sobre treguas y tumbas
¿Cómo saldremos de la actual crisis política?

Parece que la tregua entre el Congreso y el presidente de la república se ha resquebrajado. Como era de esperarse, el caso de Karelim López ha traído una gigantesca cola que, como siempre, termina por dejar a Pedro Castillo en offside. Parece, asimismo, evidente, que la profecía de Belmont se cumplirá a partir del 2026: el presidente acabará fugado o preso. Al menos ahora, la obstrucción a la justicia parece quedar clarísima.
¿Qué queda? Pues el camino rápido y más conveniente sería, como siempre, el mecanismo de resguardo para el país que es la vacancia presidencial. Sin embargo, es muy poco probable que se produzca. El caso de Vizcarra ocurrió por una extraordinaria coincidencia entre la izquierda, el centro y la derecha en el Congreso (menos el progresismo globalista minúsculo, representado por el Partido Morado y por las dos frenteamplistas feministas Vásquez y Silva Santisteban, junto con algunos acciopopulistas alelados). Para vacar a Castillo se necesitarían los votos de la izquierda, de manera indefectible. De alguna izquierda: la soberanista de Perú Libre, la globalista de Juntos por el Perú o la chanta de Perú Democrático. En resumen: si Cerrón no quiere, no habrá vacancia. Salvo, claro está, que suceda un deluge social y callejero, una bagarre caótica como la que precipitó la salida de Evo Morales. Y aun en ese caso, creo yo, sería más probable la renuncia de Castillo. De todas formas, ese escenario no está cercano.
El camino de las denuncias constitucionales es, para ojos ingenuos, más fácil: requiere menos votos en el Congreso. Pero, bien mirado, ni siquiera los hay ahora; y aun si los hubiera, se requiere tal empapelamiento y pluralidad de instancias –la Corte Suprema podría intervenir en algún punto– y tal frondosidad en los procedimientos que quizás el asunto recién se perfile, con resultado incierto, en varios meses, incluso a fines de año, sin contar con posibles acciones de amparo destinadas a aclarar los muchos puntos oscuros u oscurecibles que este procedimiento trae. Por otro lado, el solo dicho del presidente en la entrevista con Del Rincón, como siempre, es ambiguo y trunco y, sin un paper trial representado por documentos o al menos reuniones con otros actores donde se planee o siquiera contemple la cesión territorial a Bolivia, es demasiado endeble como para constituirse en un elemento sólido. Así que podríamos tener a Castillo volviendo luego de una suspensión, amparado por la Corte Suprema o por cualquier otra instancia luego de meses de empapelamiento y procedimientos leguleyos innumerables.
La República se preguntaba el viernes pasado sobre cómo podríamos salir de esta «terrible crisis». Y ofrece los puntos de vista de la élite de la reflexión nacional, de los oráculos infalibles de siempre: Alberto Vergara, Fernando Tuesta y demás «politólogos» que, como sabemos, se han manifestado siempre tan acertados e imparciales como la Pitia Délfica o la Sibila Tiburtina. ¡A buena hora mangas verdes!, como dicen los gallegos. ¿No creen que era inevitable que ocurra una crisis semejante debido a los dinamitazos vizcarrinos, saludados por ellos con tanta alegría, contra un Congreso como el del 2016 que, por ser controlado por fuerzas más grandes y tradicionales, podía ser más fácilmente apaciguado? ¿Y que la destrucción de esas fuerzas, autoras de la constitución del 93 y del posterior devenir político posfujimorista, podía representar abrirle el camino a extravagancias y extremismos? ¿No creen que la posibilidad de un cogobierno PPK-Fuerza Popular, abominado por los opinadores progresistas desde el primer momento, hubiera generado más estabilidad? ¿No creen que fue una gravísima imprudencia saludar una aberrante disolución «fáctica» del congreso para acabar teniendo otro congreso que abominaron más y luego otro que detestarían aún más intensamente? ¿No tienen todos estos exabruptos emocionales y pontificadas contradictorias con las que nos han regalado los últimos años cierto regusto a estulticia masiva, a perseverancia infernal y ciega en los mismos errores? Y, por último, ¿no llegó a extremos ya abiertamente inmorales el darle el beneficio de la duda a un «sindicalista primario», como lo calificaría después Bellido, famoso por sus compañías movadefistas, postulando por el partido del sentenciado Vladimir Cerrón, hijo del difunto doctor Jaime Cerrón, vicerrector filosenderista de la Universidad del Centro, amigo y admirador del ultratotalitario violentista José Lora Cam, y revelado en su absoluta ineptitud por Diego Acuña en una entrevista temprana? ¿Qué creían que iba a pasar si un personaje como este llegaba al poder? ¿La venida del Mesías en gloria y majestad?
Que disfruten lo votado, de preferencia con un poco de agua arracimada para los nervios. Que observen cómo sus cacareadas reformas se hunden aun con mayor rapidez que si Keiko hubiera ganado las elecciones. Que presencien cómo su gran complejo sicopolítico, el de una versión degenerada de la soberanía de la inteligencia pero que no es más que la «soberanía de la argolla limeña progresista no elegida nunca por nadie», es desdeñado en los ministerios que, según ellos les corresponden por derecho divino, en pro de algunos individuos, quizá no tan dañinos como ellos, pero que califican de «impresentables». Porque, hasta donde yo sé, Hernán Condori no se ha envanecido del uso masivo de pruebas ineficaces que incentivaron contagios masivos. Tampoco provocó el duopolio del oxígeno ni ha implementado una cuarentena absurda de género. Tampoco se ha negado, por razones de igualitarismo ideológico, a socorrer a médicos infectados de Covid en la selva. Menos aún ha estado involucrado en un escándalo de mentiras y ocultamientos en torno a una vacunación irregular con características coimeras. Todas estas joyas corresponden a ministros de salud anteriores realmente nefastos, pero vistos por estos mismos críticos como profesionales competentes.
¿Qué cabe esperar? Simplemente, la segura autodestrucción del gobierno y de sus aliados. Mientras tanto, más valdrá gastar la energía en redireccionamientos de sus políticas hacia posiciones menos aberrantes a partir de tregüitas, espadas de Damocles y abrazos misteriosos. No queda de otra.
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