César Félix Sánchez
Primum cadit domum
La importancia fundamental de la familia

Hace cierto tiempo, conversando con algunos colegas profesores sobre las diversas amenazas ideológicas contra la familia en nuestros días, se llegó al tema del enamoramiento y sus aporías. Uno de los interlocutores manifestó su oposición a la idea de la llamada media naranja, pues hace que la persona se vea a sí misma como radicalmente incompleta y, por tanto, inestable en el ser hasta que no encuentre a otra, predestinada a afirmarla en su completitud.
La persona sería así un ser en otro, lo que la asimilaría, en el entendimiento clásico, a una suerte de accidente. Es evidente que jamás podría ocurrir tal anulación ontológica en la realidad, pero creerlo así, por obra del romanticismo y sentimentalismo imperantes, sería ruinoso para el agere de la víctima de tal intoxicación ideológica. Rápidamente, otro de los interlocutores sostuvo que, desde su perspectiva y consultando con el ámbito más inmediato de su propia experiencia vital, sin su esposa él no sería nada; es decir, estaría virtualmente anulado y, por tanto, consideraba que la idea de la media naranja tenía algún sustento.
En este momento la conversación, en la que intervenían otras personas más y que poseía ciertos rasgos de formalidad, amenazaba con llegar a ese punto muerto en que comienzan las matizaciones confusas y el uso de eslóganes vacíos, cuando no las disputas a ciegas, y que es común cuando académicos conversan olvidándose un poquito del viejo rigor dialéctico de tradiciones como la escolástica.
Quien escribe estas líneas intervino, a la sazón, sosteniendo que ambos tenían razón pero que todavía no se habían dado cuenta. Es absolutamente cierto que el hombre, aun si visto aisladamente, está completo, es un subsistere, una substancia individual de naturaleza racional. Pero esa naturaleza se encuentra en estado potencial y, por tanto, es, pero todavía no plenamente (recordemos el sugerente sentido de dynamis –potencia– que Aristóteles nos da en el libro V de la Metafísica: «principio del cambio o del movimiento», en todo semejante al entendimiento, también aristotélico, de naturaleza como principio de movimiento y ordenamiento a un fin). Para que las potencias específicamente humanas –significadas por la diferencia específica rationalis que nos particulariza de los demás animales– se pongan en acto, es decir, se hagan plenamente reales y se perfeccionen, se necesita de otros. De ahí que la condición de animal político/social del hombre está estrechamente relacionada con su condición de animal racional.
Las facultades o potencias, aunque presentes en el sujeto y poseídas por él, solo podrán desplegarse por la intervención de la sociedad, en este caso, la sociedad más inmediata y absolutamente necesaria para su supervivencia: la familia. Es por eso que en el hombre la sociabilidad es natural; porque ese vínculo es imprescindible para él: el lenguaje, signo y vehículo del conocimiento intelectual, el amor, el pensamiento abstracto, etc., lo exigen para su propia puesta en acto. Por eso se considera a la familia como célula básica de la sociedad, cuya importancia es más que fundamental para la especie, pues no solo proporciona el ambiente adecuado para la supervivencia y crecimiento materiales del humano incipiente sino las condiciones para su supervivencia y crecimiento espirituales, es decir, propiamente humanos, pues allí es donde se le educa in radice.
Si la familia es la célula básica de la sociedad ¿cuál sería entonces la célula básica de la familia? Pues el matrimonio entre el padre y la madre. Por tanto, el hombre, completo en su esencia y operaciones, necesita para ponerlas en acto de una media naranja, entendida, claro está, como la sociedad en un sentido lato y como la familia, en un sentido inmediato.
Y esta familia se fundamentó en un matrimonio, en una mater, que fue antes sponsa. Así, cuando el hombre, formado ya, proceda a reproducir su deber humano y social de formar a sus semejantes en lo material y lo espiritual (perfeccionándose de esa manera a sí mismo), necesitará del otro, con el cual pueda brindar un ambiente adecuado para esa tarea importantísima, tan urgente pero a la vez tan espontánea. Y mientras más virtuoso sea el cónyuge, mejor será ese ambiente. Entre cónyuges virtuosos habrá brotado y crecerá naturalmente la amistad, fundamento último del bien de la polis, que se irradiará a la familia extendida, a la comunidad más inmediata y a la patria.
Aristóteles había comprendido perfectamente este asunto y en el libro VIII de la Ética a Nicómaco nos dice: «La amistad entre marido y mujer parece existir por naturaleza, pues el hombre tiende más a formar parejas que a ser ciudadano, en cuanto la casa es anterior y más necesaria que la ciudad, y la procreación es más común a los animales. Ahora bien, las asociaciones entre animales existen sólo hasta cierto punto, pero los hombres viven juntos no sólo a causa de la procreación, sino también para los demás fines de la vida. En efecto, las funciones entre los hombres están divididas desde un principio, y las del hombre son diferentes a las de la mujer, y así suplen sus necesidades mutuas contribuyendo en lo que es propio de cada uno a la común provisión. Por esta razón, en esta amistad parece darse lo útil y lo agradable. Y si ambos son buenos, puede ser una amistad por causa de la virtud, porque cada uno tiene su virtud, y ambos pueden disfrutar en tal estado de cosas. Los hijos parecen ser un lazo de unión entre marido y mujer, y, por eso, los que no tienen hijos se separan más fácilmente: los hijos son un bien común a ambos y lo que es común une».
No solo la constatación espontánea, ordenada y profundizada por la recta razón y el recurso a los principios que nos otorga la filosofía clásica, como también, in nuce, el sentido común avalan estas aserciones.
Sin embargo, a partir de las revoluciones modernas, no han faltado quienes se han atrevido a negar esta verdad fundamental, como veremos en el artículo siguiente.
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