Francisco Swett

Pandemia, economía y política

China y las consecuencias de la crisis del coronavirus

Pandemia, economía y política
Francisco Swett
11 de febrero del 2020


El coronavirus posee las características patogénicas que podrían enfrentarnos a la primera pandemia del siglo XXI. Es de alto poder infecto-contagioso, pues cada individuo vector tiene la posibilidad de infectar entre tres y siete personas, lo que en progresión geométrica (tomando el límite bajo) se traduce en una resonancia de 80 personas infectadas en el quinto ciclo. Esto es diez veces mayor que la transmisión de la gripe común. Al día de hoy (9 de febrero de 2020), la cuenta de infectados sobrepasó 40,000 y el número de muertos novecientos. Son más de veinte los países que han reportado casos del virus, siendo la muerte más emblemática la del doctor que originalmente sonó la alarma sobre la existencia del nuevo virus, y fue apresado y obligado a declarar que había esparcido noticias falsas, para posteriormente mostrar los signos de la enfermedad y sucumbir. 

Es un episodio que, aparte de conmover la conciencia, muestra la fragilidad e interconexión del ecosistema planetario del cual consuetudinariamente abusamos. Debió pasar un mes antes de que el Gobierno chino admitiese que había un problema de salud pública, para luego tomar medidas draconianas, como lo son el encierro literal de una ciudad de once millones de habitantes, con el consecuente riesgo de empeorar el problema toda vez que el hacinamiento y deterioro ambiental puede empeorar y no resolver la situación. Aún subsiste la ignorancia respecto del origen del virus, del “paciente cero” y el “lugar cero”. Se ha especulado acerca de las culebras (no es posible), de los murciélagos (sí es posible), y del laboratorio de virología de seguridad Nivel 4 (la más alta) que existe en Wuhan (es posible, pero puede ser una especulación más, dentro de las teorías de conspiración que acompañan a los eventos fuera de lo común). 

China ha tenido un año annus horribilis: bajó el crecimiento de la economía, se rebeló Hong Kong, tuvo que enfrentar la guerra comercial con Estados Unidos y ahora enfrenta una posible pandemia que golpeará la actividad económica, ya afectada –según Oxford Economics– conservadoramente en medio punto de crecimiento (de 6.1% a 5.6%). Esto a su vez impacta a la economía global en un 0.2%, bajando la tasa de crecimiento a 2.3%. La economía china es un dínamo que genera una tercera parte del crecimiento de la economía global, más que Estados Unidos, Europa y Japón combinados.

La economía global de hoy es caracterizada por las cadenas de valor (insumo/producto) totalmente interconectadas: los productos de Apple se hacen en China, General Motors vende más vehículos en China que en Estados Unidos, China es el mayor consumidor de materias primas y ha bajado sus importaciones de petróleo en un 10% y más aún las de GLP, de cobre y alimentos. El cierre del país para el Año Nuevo Chino es el equivalente de haber suspendido la Navidad en nuestra parte del mundo. 

Todas estas proyecciones y datos se basan en las condiciones presentes y dejan de lado el efecto exponencial de desastres que acompañan a una pandemia. Tomemos para ello como referente que hace cien años la gripe española mató más gente que la Primera Guerra Mundial, dato que da una idea más cabal de las magnitudes cataclísmicas que se incurren en lo humano, lo social y lo económico.

¿Y en lo político? El PCC tiene el control total del poder en China y su legitimidad se deriva de la capacidad de asegurar el bienestar y el orden. Todo gobierno depende, para su aceptación y legitimidad, de la condición de la economía y China aspira a su sitial como super potencia. El presidente Xi es un líder fuerte, al punto de haber hecho cambiar la constitución para reelegirse más allá de los dos períodos a los que estuvieron limitados sus predecesores.

La acumulación de poder tiene la contraparte de posicionar al líder en calidad de pararrayos, por lo que el triunfo contra el virus es de importancia crítica para Xi, quien ha decido asumir un rol pasivo y poner a su número dos como escudo y portaestandarte del gobierno en la “guerra del pueblo” contra el enemigo patogénico. Debe, explica él, atender el aislamiento cada vez más creciente que sufre su país, las ansias apocalípticas de sus ciudadanos y los roces geopolíticos que se empiezan a sentir de los confines de la Tierra por ser el vector del colapso presente. La suerte de su gobierno es hoy contingente en un triunfo claro, preciso y pronto contra la epidemia, y luego de ello la recuperación de los escombros. Es, en definitiva, el capítulo de cómo el contrincante invisible y mortífero pone en jaque a un país poderoso y, más aún, al planeta entero.

Francisco Swett
11 de febrero del 2020

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