Berit Knudsen

No al modelo que América Latina intenta abandonar

¿Volverá a caer el Perú en la improvisación populista?

No al modelo que América Latina intenta abandonar
Berit Knudsen
04 de junio del 2026

 

El Perú llega a esta segunda vuelta presidencial con cansancio, desconfianza y poca memoria. Si existiera memoria política, un candidato que reaparece utilizando símbolos del castillismo difícilmente habría alcanzado el segundo lugar. Pero el miedo, frustración y rechazo acumulado hacia la clase política empujan a parte del electorado hacia alternativas que prometen “cambios radicales” o aventuras políticas que el país ya experimentó recientemente.

La preocupación alrededor de Roberto Sánchez radica en el modelo político que representa. Más allá de los cambios discursivos u hojas de ruta moderadas, Sánchez defiende un espacio político latinoamericano que justificó procesos refundacionales que, erosionó instituciones, debilitó libertades, generando dependencia política del Estado.

La reciente modificación del plan de gobierno de Juntos por el Perú refuerza la incertidumbre. El programa original, inscrito con el partido, incluía procesos constituyentes, cuestionamientos al Banco Central de Reserva, afinidad con Cuba, Nicaragua y Venezuela, con referencias ideológicas del Socialismo del Siglo XXI. A pocos días de la elección, modera el discurso, incorpora propuestas de centro e incluso liberales. El problema no es el documento. La verdadera pregunta es: ¿qué proyecto político aplicaría si llegara al poder?

América Latina ya mostró demasiadas veces cómo funcionan estos procesos. Hugo Chávez no llegó anunciando el modelo que Venezuela sufriría años después. Esos gobiernos moderaron sus discursos iniciales, ampliando alianzas y presentando hojas de ruta tranquilizadoras para sectores económicos y políticos. Una vez consolidado el poder, el verdadero rumbo apareció.

Ecuador sigue atrapado en tensiones institucionales heredadas del correísmo. Bolivia enfrenta agotamiento económico y conflictividad tras años de hegemonía masista. Argentina intenta salir de décadas de inflación estructural y dependencia estatal. Chile retrocedió frente al proyecto constituyente. Colombia muestra desgaste frente a la confrontación política permanente. Venezuela y Nicaragua representan la versión extrema del modelo.

No se trata de izquierda o derecha. El problema es: debilitamiento de contrapesos, hiperpersonalización del poder, captura institucional, constituyente permanente, polarización, dependencia fiscal, erosión de libertades y destrucción de confianza.

En 2021 Pedro Castillo llegó prometiendo representar al “Perú profundo”, con discursos de transformación social y reivindicación popular. Pero el país terminó atrapado entre improvisación, pugnas internas, operadores políticos, crisis ministeriales y la captura del Estado por familiares, allegados y redes informales, hoy investigadas por corrupción. Las promesas de cambio radical paralizaron inversiones, deterioraron instituciones, con profunda incertidumbre.

Roberto Sánchez acompañó ese proceso durante todo el gobierno, sin tomar distancia frente a escándalos, crisis institucionales o deterioro económico. Se apartó cuando fracasó el golpe de Estado y el proyecto colapsó políticamente.

Hoy se muestra moderado, pero rodeado por personajes cuestionados: políticos reciclados del castillismo, Antauro Humala reivindicando discursos violentistas y confrontacionales; José Domingo Pérez, exfiscal anticorrupción hoy defensor político del castillismo y sectores constituyentes que ven en las instituciones democráticas obstáculos que deben desmontarse.

Sánchez critica a Keiko Fujimori asociándola al pasado más controvertido del fujimorismo. No obstante, omite esa parte de la historia que millones de peruanos recuerdan: Alberto Fujimori recibió un país devastado por hiperinflación, terrorismo y colapso económico, estabilizando un Perú que parecía inviable. Pero la política peruana, en momentos de miedo e incertidumbre, históricamente ha priorizado estabilidad y gobernabilidad frente a proyectos riesgosos o refundacionales.

Ocurrió en 2006. El temor frente a Ollanta Humala otorgó una segunda oportunidad a Alan García, quien entendió el mensaje político del país, corrigió errores, se rodeó de técnicos, encabezando uno de los periodos de mayor crecimiento económico del Perú contemporáneo. Ese antecedente muestra la diferencia entre aprender de los errores y negar el fracaso del proyecto que representan.

Durante el debate presidencial, Keiko Fujimori pidió disculpas por errores del pasado. No es un gesto menor. En política reconocer errores importa. Roberto Sánchez, en cambio, evita la autocrítica sobre el régimen de Castillo o frente al fracaso regional de los proyectos políticos con los que mantiene afinidad ideológica.

El Perú necesita cambios profundos. Existen regiones abandonadas, desigualdad territorial y una deuda social enorme. Pero esos cambios requieren fortalecer instituciones, no destruirlas nuevamente.

Después del castillismo, lo que todavía no terminan de dimensionar es cuánto cuesta reconstruir un país después.

Berit Knudsen
04 de junio del 2026

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