Jorge Varela
Muerte y resurrección de la Unasur
La sintonía ideológica como trampa

Hoy en medio de la confusión y de los vuelcos que afectan a nuestra región, se han vuelto a oír llamados para resucitar a la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas). Una carta suscrita por siete expresidentes, –acompañados de exministros, parlamentarios e intelectuales–, dirigida a los presidentes en ejercicio, ha replanteado el tema, declarando que: “es la mejor plataforma para reconstituir un espacio de integración en América del Sur” y “que a partir de enero de 2023 tendremos en todos los países más grandes, sin ninguna excepción, gobiernos partidarios de retomar y fortalecer los procesos de integración”,
Según líderes del progresismo flácido dicho proyecto de integración fallida nunca ha muerto. La oportunidad resurge de la mano de Lula da Silva. Durante el transcurso de su asunción el próximo 1 de enero de 2023, –se comenta–, tendría lugar el anuncio de esta noticia. Los más entusiastas aseguran que el peso de Brasil, más la voluntad del propio Lula, son factores suficientes para que la Unasur se ponga de pie y reinicie su marcha.
Desde hace años el gigante Brasil ha desplegado acciones de liderazgo en el ámbito latinoamericano a través de Itamaraty, su cancillería. Así es como se impulsó el Mercosur, organismo que estimuló algunos logros económico-comerciales. Luego empujó la formación en 2008 de la citada Unasur y más tarde se jugó por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños: Celac, (entidad que sumó a México, América Central y el Caribe). Estas organizaciones han sido expresiones del influjo brasileño en el continente.
La historia no favorece a la Unasur
La Unasur creada como un espacio regional de integración cultural, económica, social y política, comenzó a alejarse de los objetivos contenidos en su tratado constitutivo, debido a la influencia dañina de Néstor Kirchner y Hugo Chávez, cuyas visiones ideológicas y políticas estaban reñidas precisamente con los objetivos fundantes del tratado, derivando en una burocracia ineficiente, abultada y demasiado cara.
No debió sorprender pues, que en 2018 Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, y hasta Argentina, anunciaran su retiro del bloque, y se abocaran a la conformación de otra entidad regional denominada Foro para el Progreso de América del Sur, (Prosur), que si bien buscó evitar vallas ideológicas en sus principios, en la práctica tampoco logró éxito, quedando relegada en el tiempo.
Como es sabido la Unasur fue incapaz de enfrentar el surgimiento de regímenes antidemocráticos o abiertamente autoritarios en la región. Su silencio cómplice frente a la crítica situación venezolana fue una de las principales razones que esgrimió el grupo de países mencionados para abandonar definitivamente dicha instancia. La Unasur había agregado en 2010 una cláusula democrática que establecía sanciones a los Estados infractores, la que al convertirse en letra muerta permitió consolidar la nefasta dictadura de Chávez.
La Unasur no logró la integración
La Unasur no pudo escapar de esa trayectoria sombría: un surtido de errores y obsesiones hegemónicas que comenzaron con el venezolano Hugo Chávez y quienes le secundaban, como fue el proyecto de gran gasoducto transamazónico. Los errores se plasmaron en ese edificio construido a costo faraónico, por el expresidente ecuatoriano Rafael Correa; sede que hasta hoy continúa vacía, como símbolo del delirio revolucionario.
En opinión del investigador Iván Witker, “a Unasur le ocurrió lo mismo que a otros experimentos previos y posteriores. Ningún bloque, de ninguna característica, puede subsistir mucho tiempo en base a espejismos”. “La manía de estar pegados al pasado, de sentirse dichosos recreando cuestiones pretéritas y evitando concentrarse en los desafíos del futuro, desemboca necesariamente en inacción”. “Mientras eso ocurra, los esfuerzos integracionistas continuarán, pero seguirán deambulando como lo que son, verdaderos zombies”. (Iván Witker, “Unasur: una integración zombie”, El Líbero, 5 de diciembre de 2022)
Con razón el analista argentino Andrés Oppenheimer suele hablar de la obsesión latinoamericana por el pasado. Y hasta ahora, aún no está equivocado.
¿Cuál es la idea? ¿Afinar la sintonía ideológica?
El esfuerzo por revivir una organización ideologizada, sin garantía de que ella rectifique de rumbo, es un intento claramente riesgoso, por lo que se hace imprescindible re-estudiar sus objetivos y procedimientos antes de redefinir su existencia. A la luz de lo expuesto lo que parece primar –como en el pasado– es la sintonía ideológica perversa de los gobiernos izquierdistas participantes y no el diálogo democrático genuino y abierto que esta instancia debería ofrecer a todos sus miembros.
Priorizar la articulación ideológica dogmática y hegemónica a nivel regional por sobre la eficacia democrática de los espacios multilaterales significará un inminente nuevo fracaso, porque cualquier plataforma de integración tramposa declinará cuando las corrientes ideológicas dominantes en ellos alteren sus estrategias circunstanciales.
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