Francisco Swett
Los límites de la integración
Del Pacto Andino a la Alianza del Pacífico

Hace cincuenta años escogí el Acuerdo de Cartagena como título para mi tesis de grado. Luego de enterarme de los detalles de ingeniería social contenidos en el denominado Pacto Andino, hube de concluir que la vinculación ahí contemplada no tenía futuro, pues se basaba en “programas sectoriales” que pretendían erigir áreas de especialización basándose en el proteccionismo y la substitución de importaciones. Con ello resultaba evidente que no se crearía valor agregado a través del comercio sino la distorsión de los flujos y de los recursos correspondientes. En el caso de Ecuador había propuestas que rayaban en lo ridículo, como que los relojes no deberían ser armados en Suiza, sino manufacturados en Cuenca (¡no se armó uno solo!).
Latinoamérica ha transitado por etapas de idiotismo político y económico que han sido superadas en la historia de otras latitudes. Los setenta fueron la época del nacionalismo revolucionario (Perú y Ecuador), comunismo y posterior represión (Chile), opulencia (Venezuela), revolución y emergencia del narcotráfico (Colombia), y caos político (Bolivia). En un medio tan variopinto como el descrito, pensar en racionalidad económica es tarea de quijotes. En cada caso, salvo la circunstancia de Chile, la política forjó una economía basada en gasto público, rentismo, distorsión del tipo de cambio, represión financiera, control de precios y la persecución de un “sueño de perro” (expresión pintoresca original de Ángel Duarte) construido sobre la idea de la integración. En momentos de bohemia se concibió el SELA (Sistema Económico Latinoamericano) como una escuela de pensamiento original que aspiraba a la autarquía de la región. Una fantasía que no pasaba más allá de los salones de reunión decorados con flores perfumadas y plenos de solemnidad, donde las discusiones daban paso a los conciliábulos de pasillo y a los brindis de la medianoche en la Caracas Saudita.
Si hacemos un fast forward en la máquina del tiempo llegamos a la Alianza del Pacífico. Ecuador toca hoy tardíamente la puerta de este exclusivo club, después de exhibir como su más grande mérito el haber dejado atrás a la ALBA y haberle cortado el cordón umbilical a la UNASUR. Son dos décadas de retraso que en los ciclos de la política pueden ser normales, pero en la economía representan (a una tasa de crecimiento del 3.5% anual) la duplicación del tamaño del valor agregado y la transformación social de un país. Los países que conforman la Alianza cambiaron su semblanza económica y descubrieron que presentarse como un sólido bloque de gestión, que entiende y juega con las reglas de la economía de mercado, produce importantes economías de escala y un mayor peso específico en el concierto de naciones.
Es una alianza comercial con consecuencias positivas. Sin embargo, América Latina se aferra al libreto de Plinio Apuleyo Mendoza y coautores cuando el socio mayor del grupo decide incursionar en el populismo como respuesta a la disfuncionalidad y corrupción de los partidos tradicionales que, de igual forma, le han fallado a la democracia liberal. El elemento aleatorio del populismo de izquierda está vigente, y su lógica, tal como hace cinco décadas, continúa idiotizando a las masas y subyugando a la racionalidad económica y a los preceptos de la inmediatez política.
Hay, en el tiempo, más promesa en la integración de los mercados de capital (mercantiles, de valores y de monedas) que en los elementos del comercio pensados en forma aislada. Son los mercados de capital los que sostienen la supremacía del dólar, no obstante ser la economía americana deficitaria en su balanza comercial; y son los mercados de servicios financieros los que explican los crecimientos siderales de Singapur y Dubái. Las monedas pueden ser diferentes, pero de lo que se trata es que los sectores reales de producción e intercambio se mantengan sanos y competitivos. Las economías más libres y prósperas del mundo (Suiza, Nueva Zelandia, Hong Kong, Noruega) lo prueban una y otra vez: el manejo endógeno apto y la integración efectiva con la economía internacional son los mecanismos determinantes del crecimiento, el desarrollo y el bienestar sustentable.
Hay cincuenta años de historia que han trastocado las realidades cual caleidoscopio que gira sobre su eje. En Venezuela giró al revés, en Bolivia se detuvo, en Ecuador ha dado vueltas erráticas y en México hoy baila un jarabe tapatío. Son Chile, Perú y Colombia los que marcan el paso, que esperamos no sea el paso del cangrejo como lo fue hace cincuenta años.
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