Francisco Swett
Los laberintos de las izquierdas
Burocracia, estatismo, control de precios y escasez

Las izquierdas reclaman para sí los motes de progresistas, soberanos y solidarios. Se acostumbraron a presumir de ser la tendencia ideológica correcta y, con el fariseísmo que caracteriza su discurso político, sentencian que cualquier acción que tienda a desembrollar el enredo de la mala práctica de gobernabilidad y manejo económico, provocado por ellos mismos las más de las veces, hace a un gobierno de derecha.
La buena política y la buena economía van normalmente de la mano, y se las juzga por los resultados: buenos o malos, mediocres o sustentables, deficientes o positivos. Hay dos posturas antagónicas en la concepción de la economía: el mercado y la burocracia. La filosofía del mercado cree en la capacidad del individuo para tomar sus decisiones y emprender. La economía burocrática, por su parte, se basa en el ejercicio del poder estatal para regimentar la vida de los ciudadanos, regular hasta la asfixia el emprendimiento y violar la individualidad con falsas prédicas de la causa colectiva.
No conozco socialista alguno cuyo primer acto volitivo al despertar no sea pensar en “¿qué nuevo impuesto debo poner hoy día?”. Cada conciliábulo tiene como propósito hallar la forma de extraerle más recursos al contribuyente. Los recursos así captados pasan a denominarlos “dineros públicos”; no obstante que un Estado, por definición, no genera valor agregado, pero sí tiene la responsabilidad de preservar y asegurar la generación de valor en la economía.
La escasez inducida, originada en regulaciones y normas es consubstancial al socialismo. Los controles de precios, el manejo del comercio exterior, la búsqueda de la utópica autarquía y la impuestomanía delirante son sus consecuencias. Muchos practicantes del socialismo se presentan como los enemigos declarados del “consumismo”, pero se convierten en los proverbiales consumidores conspicuos cuando se tornan en nuevos ricos.
Entretanto, en la mente planificadora, cualquier producto ajeno a la concepción del burócrata es considerado un lujo. La ingeniería social se impone por sobre los deseos de los consumidores, poniendo en evidencia la arrogancia propia de los autócratas. Y dejando de lado el hecho de que el consumo de los hogares constituye el mayor componente de cualquier economía, y que son los hogares los que sustentan a los gobiernos con sus impuestos.
Los gobiernos intervencionistas son, lamentablemente, la norma y no la excepción. Son extraños a la defensa del derecho de propiedad cuando proclaman la doctrina del uso social de esta, conculcando así lo que Locke, junto con la vida y la libertad, consideraba el derecho más básico para la convivencia civilizada. Por ser autoritarios desconocen el imperio de la ley y de la proba e independiente administración de la justicia. Son contrarios a limitar su acción dentro de la esfera del arbitraje político y social, y optan por ser juez, parte, jugador, árbitro y dueño de la pelota y de los espectadores. Debido a su falta de disciplina en el gasto no aprecian el hecho de que el equilibrio fiscal es un bien público, ignorando que este, antes de ser la causa, es la consecuencia del manejo económico. Son gobiernos que irremediablemente terminan sus días siendo percibidos como entes corruptos e ineficientes que les cargan sus fracasos a los ciudadanos.
La salida del laberinto intervencionista debe entonces pasar por la liberación del consumo y el emprendimiento, desmantelando la escasez inducida; incluyendo la práctica de administrar los precios, pues el mejor control lo ejerce la abundancia y diversificación de la oferta, dentro del marco de la libre competencia. Hay que ser libres para ser prósperos pues no hay nada nuevo que inventar, sino simplemente emular las mejores prácticas de las economías más libres del mundo.
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